Las manos manchadas de tinta



A las seis en punto de la mañana, las señales horarias asesinan la madrugada y alumbramos la mañana desgranando la habitual letanía de malas noticias y peores presagios. Cuando se enciende la luz del directo y los micros se abren hacia las ondas, es complicado que no se te note en la voz el que tus jefes tengan cara de ERE, o que las pagas ya no lleguen tan religiosamente como acostumbraban o que el panorama fuera sea tan deprimente como el que ves en tu redacción cada jornada. Si a ello le sumamos seis horas previas preparando un contenido digno y veraz con la única recompensa del deber cumplido, el humor se aleja del heroismo para dejarte en el callejón de los agotados y los perplejos. 

Qué difícil es hacer una profesión con tantos enemigos, tan alejada de la productividad que exigen los mercados, tan compleja de monetizar y de la que es tremendamente sencillo caerse sin esperanza alguna de reenganchar otro empleo. Vivimos semanas, meses, años nefastos, con constante cierre de cabeceras y alarma de despidos masivos en El País, El Mundo, Onda Cero, la Ser y muchos más. Ya nos echarán de menos, me repito para consolarme, están matando al mensajero y nadie les podrá avisar cuando vuelva el lobo. Me equivoco, el lobo llega cada día y cada vez son menos los compañeros que pueden cubrir la noticia.

Atribúyanlo a la falta de anunciantes, a la pésima gestión de las directivas o a la nula conversión hacia un modelo que responda a las necesidades, gustos y hábitos de la sociedad actual. En la mayoría de medios, el periodismo del siglo XXI consiste en contenidos más centrados en el entretenimiento que en la información, en menos profesionales abarcando más trabajo, en becarios cada vez más adultos cubriendo puestos de redactor por la mitad de salario y en un número creciente de altos cargos sin oficio ni beneficio. Y, lo que es peor, en un enorme caudal humano de periodistas formados hasta la excelencia que malviven en el paro, el subempleo o la inevitable emigración. Calla la radio, para la imprenta, funde a negro la pantalla y se quedan sin trabajo las manos acostumbradas a mancharse de tinta.

La prensa, la radio y la televisión necesitan un examen exhaustivo, de conciencia, de cuentas y, por encima de todo, de principios. En un mundo en crisis, sometido a recortes y ataques especulativos, necesitamos más que nunca informar y estar bien informados. Los que tienen el poder desearían que sus paisanos no supiesen nada de las medidas impopulares que aprueban día tras día, que no trascendiese su derroche y su responsabilidad criminal en la precariedad ajena. Si muere el mensajero, los medios serán sólo las correas de transmisión de un sistema corrupto y desigual, meros repetidores de medias verdades corporativas y gubernamentales. No podemos abandonar el periodismo, ahora que está a nuestro alcance conocer todo lo que sucede, comunicarlo, dialogarlo y reaccionar casi al instante. Si la era de la comunicación silencia al informador, todos habremos fracasado y todos pagaremos por ello. Aunque nosotros primero, como siempre.

Dobles lecturas del domingo francés


Tras conocerse los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, salta a la vista una doble lectura. En los titulares, se muestra la derrota de un Sarkozy menguante, consumido por su propio papel mediático y por los escasos resultados de su alianza con Angela Merkel en la lucha contra la crisis de la zona euro. No se apresuren a firmar la necrológica del presidente saliente. Esta derrota puede resultar engañosa de cara a la segunda ronda, en la que el presidente saliente debe verse las caras con el socialista François Hollande, un candidato impensable hace apenas un año. Debajo de los titulares, destaca el enorme respaldo recibido por la heredera de Le Pen, que consigue la cota más alta del Frente Nacional, superando incluso las cifras que marcó su padre hace una década para colarse en la segunda vuelta con Chirac. Algunos medios y analistas definen el voto hacia el partido xenófobo como una apuesta antisistema, radicalmente distinta del electorado gaullista de la UMP. 

Más allá del folklore, los resultados de estas elecciones arrojan una victoria de la derecha frente a la izquierda que rondaría los diez puntos. Este hecho, aunque no sitúe necesariamente a Sarkozy en posición de favorito para repetir la presidencia en el mano a mano con Hollande, puede influir de manera decisiva en los resultados de la segunda vuelta y también en los de las legislativas que tienen que celebrarse este año. Desde el inicio de la recesión, el factor crisis ha hecho reaccionar a los votantes europeos de maneras muy diversas, aunque siempre siguiendo el patrón de despojar del poder al gobierno para entregárselo a una oposición sin ideas nuevas para frenar el frenazo económico. Sucedió en Reino Unido, en Grecia, en Portugal, en el estado español y todo apunta a que puede suceder en Francia. Mientras, en la segunda línea de la política, la ultraderecha ha aprovechado un período de incertidumbre y desempleo para resurgir con fuerza, ofreciendo poco músculo ideológico y una vía de escape a la rabia de una clase media que ve peligrar su día a día. Hoy, en Francia, cosechan cifras de récord, como antes lo hicieron en Holanda, donde ayer mismo abandonaron la coalición de gobierno al negarse a aceptar las exigencias presupuestarias de la UE. Por eso, la capacidad de mimetizaje de los discursos de Sarkozy con el lenguaje intransigente y duro del Frente Nacional puede darle un nuevo mandato en la jefatura de Estado gala.

El ascenso de la derecha radical es alarmante, aunque entra dentro de lo predecible en este escenario. Lo realmente sorprendente son los magros resultados de la izquierda en un tiempo en el que la contestación y el desencanto parecían dar a entender un renacer reivindicativo. Hace sólo unas horas, los medios predecían que el candidato del Front de Gauche Jean-Luc Mélenchon sería la sorpresa de estos comicios. Había conseguido movilizar un electorado consistente para presentar una respuesta contundente de la izquierda ajena a la oposición blanda del PS y los sondeos parecían responder a sus proclamas anticapitalistas. Sin embargo, las estimaciones de primera hora le otorgan un escaso 10%, muy por debajo de sus aspiraciones pero superando con creces los anteriores resultados de la izquierda no socialdemócrata. Por cruda que se ponga la situación, por mucho que se apriete la soga de los recortes, los partidos que se oponen desde la izquierda a la senda marcada por Bruselas no logran aglutinar el descontento social. Líderes sin carisma como Merkel, Hollande o Cameron prosperan mientras los problemas se acumulan. Dirigentes sin el refrendo de las urnas como Mario Monti o Lukas Papademos recogen el testigo cuando sus políticas se demuestran inútiles. El camino hacia la precaridad parece dibujado de antemano y las urnas dan una y otra vez su consentimiento. 

Presas del desencanto, nos arrojamos en brazos del primer cambio que se nos ofrezca, siempre que ese cambio sea lo suficientemente sutil para no producir ningún resultado sustancial. Mientras tanto, las predicciones económicas siguen empeorando, el crecimiento se pospone otros tres años y las soluciones siguen sin aparecer. Y la izquierda, tampoco. En Francia, los dos candidatos que se disputarán la presidencia del país tienen programas casi calcados en los temas realmente importantes. No es nada singular, pasa en la mayoría de los países avanzados. No hay cambio posible, sencillamente porque las alternativas que se ofrecen no calan, no tienen la repercusión necesaria y no activan a un electorado dormido, atónito ante sus pantallas mientras la vida pasa y se encarece a un ritmo que no podemos permitirnos. El cambio, la necesidad de emprenderlo y el beneficio de alcanzarlo deben estar en primera plana, más allá de las tediosas campañas de imagen que sólo engordan el desencanto. Entre tanto, seguiremos viendo pasar los trenes mientras nos vacían los bolsillos.

Dimitris Christoulas



Esta pasada noche, Atenas ardió en rabia por la muerte de Dimitris Christoulas. Su historia, la de un jubilado que se pegó un tiro en la cabeza ante el Parlamento tras ser reducido a la miseria económica, es una triste muestra de hasta dónde puede llegar esa violencia silenciosa que el sstema nos aplica todos los días en aras de una recuperación quimérica, de la competitividad o del mero culto a la riqueza. A su riqueza, claro está. Lo explica el propio Christoulas en su nota de suicidio:


“El Gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría), no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro cogerán algún días las armas y colgarán a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussolini en 1945″




Antes de apretar el gatillo, gritó: "No quiero dejar deudas a mis hijos".



Su historia puede parecernos lejana, aunque las estadísticas demuestren lo contrario. Antes del inicio de la crisis, Grecia era el país europeo con menor tasa de suicidios, por debajo del 3%. En 2011, esta cifra se incrementó un 40% debido a los recortes draconianos que sufre la sociedad helena. En España, según el INE, diez personas se suicidan cada día, aunque, de momento, esta estadística no ha variado demasiado respecto a los tiempos de supuesta bonanza económica. Sin embargo, todos recordamos los más de cincuenta suicidios en France Telecom por el acoso laboral o, más recientemente, los casos del padre de familia catalán que se ahorcó en plena calle antes de ser desahuciado o el del trabajador valenciano que se quemó a lo bonzo tras ser despedido el pasado febrero.



Si miramos a nuestro alrededor, veremos como la desesperación y la carencia absoluta de oportunidades afectan cada vez a más gente. La violencia de un sistema que expolia sistemáticamente a sus trabajadores comienza a ser evidente, aunque los medios se empeñen en taparla, poniendo el acento en las algaradas callejeras provocadas por las políticas de austeridad y la desvergüenza de políticos, banqueros y demás saqueadores. El futuro dirá si nos atreveremos a colgarles en las plazas antes de terminar rebuscando nuestra dignidad en los cubos de basura. En las altas instancias del capitalismo seguirán hablando de recortes necesarios y de sacrificios en honor a los mercados, sin darse cuenta de que tienen sangre en las manos. Mientras, en la calle, cada vez hacen falta más policías para acallar a los que reclamamos el futuro que nos están robando. Ayer, en Atenas, murió un hombre digno que se negó a acatar una vida miserable. ¿Cuántos de nosotros podremos decir mañana que somos hombres libres?

El Gran Norte

Cuando llegas al Gran Norte, la luz puede cegarte por un instante. Una vez que tus pupilas se han acostumbrado al cielo abierto, hace mucho menos frío de lo que parece. Copenhague está en ese punto en el mapa que marca la frontera hacia el norte indómito y desconocido. El escenario está a la altura de tal título. Encaramada entre las islas de Selandia, Christianshavn y Amager, a medio camino entre el Mar del Norte y el Báltico y a pocas millas de Suecia cruzando el estrecho del Sund, la ciudad ejerce de puente flotante entre Centro Europa y Escandinavia. Todo esto puede verse a pie de calle. Los furiosos vikingos de antaño viajan en viejas bicicletas y un número inesperado de bares acogen, probablemente, el mejor jazz a este lado del Atlántico. Sólo hay que calzarse las zapatillas adecuadas y dejarse llevar por la corriente de los tres canales.


Sólo una ciudad así escondería una fortaleza amurallada en su interior y no presumiría de ella. Como un London Tower con puente levadizo, cañones, molino de viento, barracones de cuento infantil y trincheras de cesped. Al igual que tres islas y tres canales, hay también tres palacios; Christianborg, hogar del parlamento; Amaliemborg, sede de los Schleswig-Holstein; y Rosenborg, custodia de las joyas de la corona. Buscando un poco, uno puede ver sorprendentes colecciones de pintura europea de los treinta primeros año del siglo XX. Más allá del lujo, Copenhague escribe sus mejores historias en las casas ocres de Nyboder, en los bares escondidos de Verstebro, en el sunny side que hace rielar el puerto de Nyhavn y más allá de las fronteras de la ciudad libre de Christiania.

Copenhague, KBH para los locales y CPH para los turistas como tú y como yo, tiene muchas caras y casi todas son amables y hablan mejor inglés que tú. Todo está al alcance de unas zapatillas tercas y un bolsillo sufrido, que echa el resto para devorar smørrebrød y festejar estos dos años juntos con delicias thai y pintas de cerveza en los bajos fondos de Istedgade. Es otra vida, nenos. Un modelo de convivencia que se prueba a sí mismo cada día, sin dejar de permitirse abismos como los mostradores de Pusher Street y el arte salvaje de Loppen, más al estilo punk de Tacheles que al de Chapitô. Días que no volverán, pero que hacen tu vida mucho más interesante. Algo de ti y de mí nunca se irá de allí, jugando con el objetivo macro a las orillas del lago de Ørstedsparken. 8-1-5-0-1, ¿recuerdas? Algún día, puede ser, habrá que refugiarse en una cabaña con parabólica y leña en el patio. Quién sabe, hay mucho Norte por delante para seguir explorando.

Visado de turista


A veces no os echo nada de menos, voy y vengo y, al poco, cambio disimuladamente de tema. Me dejo llevar por el trajín de las maletas y desaparezco de la circulación unos días, aunque sólo sea por no seguir otro camino que el que yo elija. Llamadlo turismo, a mí me sabe a libertad. Llamadme simple, pero es cierto me gustan los aviones y tachar ciudades del mapa. Colecciono puñados de tierra de todo el mundo y en mi pared hay planos usados de las calles donde quemé zapatilla. Me gasto los cuatro cuartos que gano en ir y venir para perderme y perderos un rato de vista. Puede que sea común, pero también es un placer amargo. Sabes que, por mucho que corras, nunca podrás estar en todos los lugares que quieres conocer, una vida no es suficiente, aunque, pensándolo bien, es mejor que sea así.


Cierras los ojos y, de pronto, estás en otra parte y todo parece nuevo a estrenar, todo está por vivir. En parte es la luz y en parte es el olor. Cada ciudad tiene su proporción única de estos dos elementos y uno no puede descubrirla solo. Por eso, hay que dejar que los pies vaguen a sus anchas, saber demorarse donde lo merezca, atreverse a cruzar otra calle, mezclarse, distanciarse y observar. Y, sobre todo, saber irse, saber volver. Por eso, la clave no sólo es el dónde, sino que casi siempre reside en el con quién. Cada ciudad es una historia que necesita personajes, trama y metraje, por fugaz que sea. Copenhague, tú y yo, dos años detrás y mucho guión por delante.

Those were the days



Escuchar tararear a Mary Hopkin este hit olvidado de finales de los sesenta me devuelve a un pasado tan lejano que no consigo recordarlo con claridad. Me trae imágenes difuminadas, de un niño muy pequeño que juega a apilar cubos sentado en una tabla de madera, mientras su abuela cose a máquina y su madre trajina por la casa. El resto, son flashes inconexos de mi infancia y demás parafernalia de los ochenta. Hoy he vuelto a escuchar esa canción, por mera casualidad. Leyendo el periódico, he acabado buceando en la historia de Guinea Ecuatorial, el país más rico del mundo con mayor población viviendo en la miseria.


El clan del dictador Teodoro Obiang mantiene el poder aboluto gracias a las vastas reservas petrolíferas del país y la complicidad de socios tan recomendables como Mohamed VI, Condoleeza Rice o El Pocero. Poco bueno se puede decir de un sátrapa que acumula riquezas insultantes al igual que denuncias por vulnerar los derechos humanos. La oposición denuncia en voz baja sus atropellos, que incluye ejecuciones sumarias, torturas e incluso canibalismo, obviados por los medios occidentales. Su amistad sonroja y enriquece a partes iguales a socialistas como Bono y conservadores como Trillo, mientras sus herederos dilapidan su riqueza entre París, Las Palmas y Venice Beach.


Pero no es del cleptócrata Obiang de quien quiero hablar. Uno de los pocos actos acertados de este tirano guineano fue el de derrocar a su tío Francisco Macías Ngema, que pasará a la historia en el capítulo de los más infames. Ngema, megalómano al estilo norcoreano, fue el líder local en quien el ministro franquista Manuel Fraga depositó el poder tras la apresurada descolonización española y éste no tardó en ofrecer pruebas de su "valía". Entre otras ocurrencias, prohibió el uso de zapatos y medicinas, algo que el dictador consideraba antiafricano, al tiempo que hundió todos los barcos y botes del país para evitar que sus ciudadanos huyeran al extranjero. En su delirio, llegó a proclamarse único dios, se declaró seguidor de Hitler y obligó a sus súbditos a llamarle "gran maestro de la educación, las ciencias y la cultura". Todo ello poco después de haber prohibido la enseñanza y perseguido a todos aquellos que hubiesen recibido educación, que llevasen gafas o tuviesen en su poder cualquier libro.


Entre 1968 y 1979, Macías convirtió Guinea en lo que los historiadores han llamado el Auschwitz de África, asesinando brutalmente a un 15% de la población de su país y precipitando el exilio de muchos más. En el colmo de su locura, ordenó ejecutar a 150 opositores el dia de navidad de 1975. Ese día, en el estadio nacional de Malabo, una banda interpretaba sin descanso Those were the days, mientras los soldados asesinaban uno a uno a los condenados. Cuatro años después, él también acabaría frente a otro pelotón de fusilamiento, en este caso de mercenarios marroquíes a sueldo de su sobrino Teodoro Obiang. Sin embargo, esa escena de música mezclada con el repiqueteo sordo de las ametralladoras, pervivirá en la memoria universal de lo infame. Esa imagen, chocante y patética, es un reflejo de lo más mezquino y sonrojante de la condición humana. En mi cabeza, paradójicamente, esa melodía irá siempre acompañada por uno de los recuerdos más felices de mi niñez.

Enemigos del Estado


Hoy, los estudiantes volverán a manifestarse contra los recortes a la educación pública y contra la violencia policial que se ha empleado para silenciar cualquier protesta. Algunos todavía se preguntarán por qué la gente sale a la calle a quejarse de que los gobernantes esquilmen el estado del bienestar para tapar las deudas que ha provocado su incompetencia. Los más graciosos de todos son aquellos que defienden que se emplee la fuerza contra menores de edad desarmados a los que se les niega una educación digna. A esa gente no se les revuelven las entrañas cuando el jefe superior de policía de Valencia, Antonio Moreno Piquer, justifica los desmanes de sus antidisturbios asegurando que los niños que pasan penurias en un instituto sin calefacción son "el enemigo".

Pero, ¿por qué unos chavales que se manifiestan pacíficamente son el enemigo? Está muy claro, cenutrios, porque esos estudiantes reclaman que el dinero público, el de nuestros impuestos, financie gastos públicos, como institutos o ambulatorios, en lugar de engrosar los bolsillos de nuestros mandamases y, claro, los gobernantes no quieren quedarse sin su fajo para que unos bachilleres puedan estudiar. Somos el enemigo de la policía, que tapa su número de serie de manera ilegal antes de agredir a los manifestantes. También de la delegada de gobierno de Valencia y del ministro de Interior, que han avalado una actuación policial que calificarían de nazi si hubiese sucedido en Venezuela.


Qué vergüenza de país, en el que ejercer tu derecho a estar en desacuerdo te convierte en blanco perfecto de un terrorismo de estado de bajo rendimiento. La prensa extranjera, tras los sucesos de Valencia, mira hacia el Estado Español con miedo y asco, preguntándose porqué la oposición y los sindicatos no se suman a trabajadores, estudiantes, parados y jubilados en la lucha contra los recortes. Y es que puede que no hayan escuchado nada al respecto, pero hoy la Confederación Europea de Sindicatos ha convocado una jornada de protesta en toda la UE para denunciar el saqueo de las arcas de los estados comunitarios. Pese a que esa organización la dirige el secretario general de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, los sindicatos españoles han decidido mantener hoy un perfil bajo para evitar que el PP les recorte aún más las subvenciones.

Para esos sindicatos dóciles, nosotros, los que nos manifestamos, también somos el enemigo. Les dejamos en evidencia cuando se negaron a hacer huelga general contra la reforma laboral del PSOE y volvemos a hacerlo ahora bajo la bota de los consevadores. Y lo seguiremos haciendo, por mucho que intenten amedrentarnos con perros de presa. Hoy, volverán a agitar las porras sobre y contra nuestras cabezas porque están muertos de miedo, porque se han dado cuenta de cuántos somos el enemigo y de lo hartos que estamos de su dictadura de todo a cien. Si quieren saquear nuestros bolsillos como a los griegos, como griegos responderemos en las calles. Porque este enemigo, además de pobre, resabiado y rebelde, puede llegar a ser muy cabrón cuando le tocan demasiado lo que es suyo.

Ultramar

Una semana al otro lado del charco. Ése era el trato, y se ha cumplido con creces. Todo comenzó en un caos de maletas, escalas, colas de seguridad y kilómetros de carretera. Casi veinte horas para saltar de Barajas a Philadelphia, de Atlanta a Montgomery, Alabama, hogar de la primera Casa Blanca de los confederados. Y al día siguiente, el destino deseado, Nueva Orleans. Todavía no se ha disipado el jetlag y aún puedo sentir cómo era estar allí, con mis cuatro compadres, vagando por desfiles y conciertos y siempre de bar en bar. Resuena en mi cabeza la banda sonora de todas las bandas y charangas que desparraman swing por las calles y garitos de la Big Easy.


Junto a ese sonido vibrante y divertido, guardo memoria de la amabilidad incondicional de cientos de extraños que se cruzaron en nuestro camino. Como Lucy, la cincuentona neoyorkina que vino a la ciudad de vacaciones hace más de dos décadas y ya no quiso marcharse. Sus recomendaciones nos llevaron a probar los po'boys de carne de aligator y el jambalaya de Coop's. Su cerveza Naw'leans convirtió el Johnny White en un centro de gravedad en plena calle del pecado, la mismísima Bourbon Street.


También recuerdo a Jerome, nuestro colega en el Mardi Gras más castizo. Nunca olvidaré su cara de asombro y orgullo cuando se enteró de que aquellos cinco blanquitos con los que compartía cervezas venían desde más de cinco mil millas al este para ver su barrio, el emblemático Treme en el que fuimos los únicos rostos pálidos aquel martes de carnaval. Disfrazados de presidiarios, deambulamos por los desfiles de Saint Charles hasta Canal Street, detenidos cada cien metros por espontáneos que nos pedían entre carcajadas hacerse una foto con nosotros. Debíamos de ser una imagen pintoresca, cinco europeos sonrientes siguiendo a las charangas y pidiendo collares a las carrozas.


Más allá de la pobreza extrema, del drama humano constante, de las cicatrices visibles del huracán en el Ninth Ward, aquella gente nos recibió como a hijos pródigos, nos ofreció orientación en el tumulto, conversación franca y música hasta altas horas. Los trajes imponentes de los jefes indios y su alegría subversiva son una lección de dignidad en ese escenario de tragedia constante. En Frenchmen Street, aprendimos que no hay mejor auditorio que el cruce de dos calles y creímos codearnos con Antoine Baptiste en el Spotted Cat. Sólo los predicadores oportunistas y los fanáticos del dios del odio pudieron cortarnos el rollo, profanando la fiesta de Nueva Orleans con sus rezos y proclamas sobre el infierno. Los sin dios nunca irrumpiremos en vuestras misas para echaros en cara vuestros millares de defectos. Preferimos mecernos al calor de un saxo, mientras chirrían las tablas de lavar y atruenan bombos y contrabajos.


Después, tras el Mardi Gras, llegó Atlanta, de la que sólo cabe rescatar el Sweet Auburn, el barrio donde Martin Luther King inició la insurrección de los hombres libres. Ahora, ya de vuelta, la realidad reclama atención constante y avecinan cambios en el horizonte. Terminado este paréntesis de libertad en Ultramar, toca remangarse para bregar aún más duro. Mientras picamos piedra y abrimos veta, tararearemos Carnival Time, de Al Johnson, y soñaremos con el atardecer en Louisiana. Laissez les bons temps ruler, mes amis.

Vendredi avant Mardi Gras


Mañana, a estas horas, estaré sobrevolando el Atlántico Norte, a pocas horas de una escala, otro avión, un coche de alquiler, un motel de carretera y varios cientos de kilómetros en la autopista 86. Todo este maratón tiene un único sentido, coronar el Mardi Gras en las callejuelas de la Crescent City, la vetusta Nueva Orleans mártir de huracanes y campeona de mil madrugadas. De vez en cuando, uno necesita desaparecer, desvincularse por un momento de sus rutinas y sus más cercanos para sacar la cabeza de la pecera y mirar más allá, aunque sólo sea para poder darse la vuelta y poder decir "éste es el punto más al oeste al que he llegado". Acaba mi invierno con dos huidas, una con cuatro gambiteros al Carnaval criollo de Louisiana y la señorial Atlanta, otra con ella a ver despuntar la primavera en Copenhague. Maletas, mapas, cambios de divisa, terminales, callejuelas y miles de fotos. Ingredientes de un año que se ha empeñado en contradecir la corriente general y no deja de premiarme con sorpresas, planes y descubrimientos. Hay tanto por hacer que asusta. Nos dejaremos llevar por las calles que resistieron al Katrina, guiados por las brass band e intentando no parecer demasiado pintorescos en una second line. Verde, amarillo y violeta son los colores de guerra, hay una decena de bares míticos en una chuleta y unas zapatillas viejas para dejarse llevar allí donde suene el blues. A veces, merece la pena desaparecer, aunque sólo sea para decir, "llegué hasta allí, y os eché de menos". En una semana, sabreis de mi. No os preocupeis, volveré.

Viejos tiempos


Ayer, la policía envió un mensaje: ahora que no hay elecciones a la vista, tienen carta blanca para ensañarse con quien quieran. Ayer, los antidisturbios irrumpieron violentamente en una protesta pacífica, sin previo aviso. Agredieron indiscriminadamente a jóvenes, ancianos y a la prensa, provocaron estampidas y ataques de pánico, nos cercaron en calles estrechas y se llevaron detenido a todo el que pudieron. "Volvemos a los viejos tiempos", decían los más mayores. Hemos recibido su mensaje. El problema es que, por mucho que intenten imponer el miedo en la calle, seguiremos saliendo a manifestarnos contra sus reformas opresivas que nos llevan a la miseria. No nos queda más remedio. Nos espera una primavera difícil. Nosotros seguiremos sacando a la calle nuestros argumentos y ellos contestarán una y otra vez con violencia.

Saboreando lo inminente


Entran y salen de plano las olas de frío y, con la broma, vino febrero y yo con la maleta a medio hacer. Pocos días, buena compañía y billetes del Bayou al Øresund. El horizonte es apetecible y hay ganas de recorrer el camino. Mientras tanto, voy viviendo de fin de semana en fin de semana, apurando los minutos en el aire y elevando los listones más allá de lo que debería. Si no, no funciona como a mí me gusta. Hay algo vicioso en la sensación de mantenerse en vilo, mientras fluyen los segundos y hago malabares para que no me falte el aire entre titulares. Ya rebajaremos las tensiones de la tediosa vida diaria en aquella planta 29 al crepitar de las burbujas y que se rinda Madrid a nuestros pies. Quiero lo que tengo, quiero lo que viene. Capeando las oleadas de la recesión, uno aprende a soplar los vientos a su favor. Requiere su trabajo saber apreciar lo que se tiene y lo que se consigue y, por encima de todo, cómo se consigue. Ahí está la gracia de todo este asunto. No quedan más cojones que ser feliz aunque todo a tu alrededor se esté yendo rápida e imparablemente a la mierda. Afuera, hace mal tiempo. Salgan a la calle y sonrían, aunque sólo sea por llevar la contraria.

O vello caimán

Morreu onte pola noite o patriarca da direita española e os meios de comunicación non agardaron moito para comezar a rolda de louvanzas que todo persoeiro recén falecido, aínda que sexa máis malo ca peste, recibe nas esquelas dos xornais. Xa sabedes que o finado non era do meu agrado, coma vos contei nesta, naquela e nestroutra entrada. Non hai moito, morreu o intelectual Isaac Díaz Pardo, defensor da identidade e a cultura de Galiza, e tódolos vellos inimigos pasaron un por un pola prensa para botarlle un responso falso. Co vello patriarca, estas louvanzas xornalísticas pasan moitas veces por esquecer no obituario os méritos e logros que acumulou en tempos da ditadura.


Algúns diarios e telexornais prefiren esquecer a súa defensa prepotente da sentencia a morte de Julián Grimau, tanto en 1963 coma en 2006, cando non dubidou en emporcar a memoria do militante comunista morto no garrote vil chamandoo "sanguinario asasino", aínda que non constase ningún delito de sangue no seu expediente. Tampouco se dí moito de declaracións coma "Franco foi un dos maiores governantes do século XX" ou "a legalización do partido comunista é un golpe de estado", nin tampouco "ser nacionalista é ser un traidor". Para que falar dos seus ataques verbais contra os homosexuais ou o uso do preservativo. Outros meios agochan o papel do Fraga vicepresidente do derradeiro governo do franquismo. En Montejurra e en Vitoria, Fraga esixiu á policía que reprimise calquer manifestación para facer bo o seu dito de que a rúa era súa. Sete traballadores, entre eles un mozo de dezasete anos, foron asasinados por axentes que cumplían ordes dadas por Fraga. E aínda menos se fala da defensa acérrima que o finado fixo do seu amigo Pinochet cando foi xulgado en Londres polos seus crimes.


Vendo os xornais estranxeiros, decatámonos de que a santificación dos persoeiros mortos non só é cousa nosa. Na mesmísima Cuba, o oficial Granma branquea tanto a imaxe de Fraga que nen sequera menciona a ditadura no obituario e falan del só a partires da súa paternidade constitucional. Seica a amizade dos Castro co vello cacique non caducou aínda. Hai que buscar na Arxentina, en Clarín, para ler que os maiores méritos da súa carreira política tiveron lugar nos tempos do franquismo, cando acadou o posto de ministro de Información e Turismo e a vicepresidencia baixo a dirección de Arias Navarro. Trala transición, non volveu a un governo estatal máis que coma xefe da oposición entre 1982 e 1989 e logo tivo que replegar o seu poder á Galiza, onde acadou o posto de terceiro presidente autonómico e defendeuno con azos thacherianos durante tres lustros. Lembro, sendo cativo, as movilizacións nos estaleiros de Vigo e Ferrol, as tractoradas que espallaban esterco no pazo de Raxoi e a dobre voladura do seu refuxio en Perbes. Mais, por riba de todo, lembro a súa derrota nas autonómicas de 2005.


Foise o vello caimán que soubo cambiar de pel tantas veces e non podo dicir que me alede da súa morte. A diferencia de moitos dos esbirros do réxime que Fraga tanto defendeu, non necesito ver morto o meu adversario para vencelo. Ser testemuña da súa derrota ante socialistas e nacionalistas foi o momento da queda definitiva de Fraga. Agora, cando os herdeiros do patriarca mandan na Galiza e en caseque todo o estado, non hai nada que festexar. Unha xeración de caciques vaise, só para seren reemplazada por outra máis nova e cobizosa. Cómpre exercitala memoria e non esquecer quen era o que agora se vai e quen puxo aí os que agora mandan.


Mañá de reis


Traballar en Madrid na noite de reis non ten moitas satisfaccións, de non ser polo intre impagable da saída. Voltar á casa polas rúas baleiras, fai que un se sintao dono de toda a cidade, despois de bregar todo o nadal con beirarrúas ateigadas e megáfonos que berran panxoliñas tétricas. Nesta hora, a miña hora, o ceo regálame o primeiro agasallo desta mañá e saúdame misturando nas nubes cores de lume e xeo. Os demáis agasallos chegarán despois, tren mediante, na capital da crúa Castela que agocha para mín o reencontro máis agardado da miña vida. Agora, mentres se apagan as farolas ó meu paso, vou de camiño á churrería do barrio a mercar o almorzo para as feras que durmen no fogar ou, se cadra, agardan espertas para acompañarme mentras fecho as maletas. Para mín, comezará o novo ano en cando chegue o teu carón e poñamos en hora os nosos reloxos.

Solaina de inverno


Solpor a carón do mar. Abraia ver como os mesmos espazos que se enchen no verán do balbordo dos bañistas semellan fóra de lugar ó pasar setembro. Agochan en sí unha beleza desolada, coma se unha catástrofe nos empurrase fóra de circulación mais deixase intacta a paisaxe, os recunchos que fixemos nosos tantas e tantas veces. Os mesmos edificios, o mesmo océano infindo e os areais que o cinguen semellan moito máis bonitos sen nós. Unha praia en inverno e o lugar perfecto para desfrutar da soidade desexada, do intre de reflexión de quen precisa do silencio para escoitarse a sí mesmo, aínda que só sexa por unha tarde. Morre o serán a beira do mar, esgótase o ano na terra nai, a man relaxa os músculos para volverse a tensar de novo nun puño fechado ó desacougo. Que teñades un aninovo ledo e, se tedes un intre que sexa só para vós, regaládevos un paseíño pola praia antes de que remate o inverno. Paga a pena atoparse cun mesmo, aínda que só sexa por botarvos un chisco máis a faltar.

Cambio de guardia en Pyongyang



Hace pocas horas, una enlutada presentadora de la única televisión de Corea del Norte, anunció al mundo entre sollozos la muerte del Bienamado Líder, Kim Jong-il. El busto parlante aseguró que el estrafalario tirano estalinista falleció el pasado sábado durante un viaje en tren por el país. El motivo, "la fatiga mental y física que supone liderar una nación como la nuestra". Posteriormente, los hagiógrafos del régimen le han atribuído un infarto de miocardio como causa de fallecimiento, la misma dolencia de la que murió su padre, en un nuevo intento por igualar los mitos del Padre Fundador del país y del diligente hijo que le sucedió. Hasta el final de su vida, el inclasificable Kim no dejó de preocuparse por aderezar su biografía con datos inventados que alimentaran su leyenda personal y justificaran su presencia en lo más alto de la República "Democrática" y Popular de Corea. El recuerdo de su padre, héroe de dos guerras contra dos grandes imperios, Japón primero y EEUU después, ensombreció permanentemente la trayectoria de su hijo que, como nunca pudo ser nombrado Gran Líder como su padre, tuvo que conformarse con ser bienamado. Tras este eufemismo totalitario se esconde la incapacidad de un dirigente más preocupado por vicios y excentricidades que por gobernar. Más allá de su cinefilia, sus cardados imposibles y sus alzas, al recién fallecido Kim Jong-il hay que considerarlo responsable de la gran hambruna de los años noventa, en la que murieron cerca de 3 millones de personas debido a su desmedido afán de retirar fondos a la agricultura para reforzar su ejército. En el país que ha dejado a su heredero, Kim Jong-un, uno de cada cuatro ciudadanos engrosa las filas del cuarto ejército más grande del mundo, uno de cada tres ha sido arrestado, uno de cada cuarenta está en la cárcel y uno de cada cinco reconoce que al menos uno de sus familiares directos ha muerto de hambre. Todo un currículum como para ser considerado uno de los peores líderes que ha visto el mundo desde Nerón a Videla, pasando por Fernando VII.


Del próximo líder de Corea del Norte ya os he hablado hace un tiempo. Se supone que aún no ha cumplido los treinta y que en sus manos estará el botón que activa un puñado de cabezas nucleares, que ahora mismo apuntan a Seúl, Tokio y Los Ángeles. Nadie sabe nada de él y lo único que le avala es el hecho de que su propio padre le eligiera para heredar su puesto por delante de sus dos hermanos mayores. Podemos poner en duda la capacidad mental de su padre, la dudosa herencia genética que le transmite o la dureza que el propio delfín ha manifestado en sus escasas declaraciones públicas. Hace dos años lo pensé y se me puso la carne de gallina. El primer chico de mi generación ha tomado el poder en su país. La incógnita ahora es si Kim Jong-un dejará Corea en disolución, cataclismo o ruina. Por el momento, la vecina Corea del Sur ha puesto a su ejército en alerta máxima en previsión de que al heredero al trono estalinista le dé por comenzar su mandato con fuegos artificiales de plutonio sobre Seúl. Mientras tanto, sigamos echando cuentas: Gaddafi ejecutado, Mubarak vegetal, Ben Alí exiliado y Kim Jong-il en pompas fúnebres. No es mal saldo para un año, el 2011, en el que la chispa revolucionaria ha llegado a prender en la mismísima China, en el pueblo de Wukan, donde los lugareños han expulsado a la policía tras la muerte de uno de sus líderes en una carga de antidisturbios durante una protesta contra las expropiaciones agrarias. La censura de Pekín ha intentado silenciarlo, pero el clamor de la revuelta es audible más allá de sus muros. En estos momentos, los militares rodean la localidad. Si el plante acaba en masacre, como antes sucedió en Túnez, Egipto, Libia o Siria, ya nadie podrá detener la rabia de los hombres hartos de ser considerados peones en manos de reyezuelos, tiranos e iluminados. Y si no vence la rabia, volverá a reinar la barbarie.

Luz


Mientras se abren las persianas y se desahucian los edredones, es hora de que las criaturas que habitamos la noche nos retiremos bajo la roca de la que provenimos. A esta hora de la mañana, cuando el día comienza a atreverse a amanecer, las primeras luces me recuerdan a ti. Supongo que te preguntarás qué tendrás que ver tú con estos desvaríos trasnochados del que vuelve a su cueva mientras el resto se deja ir de mala gana en la dirección contraria. Me explicaré. Mientras me encamino a casa, el nacimiento del día va venciendo el negro fundido. En este mismo instante, esa oscuridad profunda se resquebraja poco a poco, aunque todavía conserva un brillo característico, como si una luz intensa intentase atravesar un telón tupido. Ese cielo a medio amanecer me recuerda a ti, que te desperezas en este mismo instante en la otra punta de la ciudad. Recién levantada, tu piel se viste de mármol y tus ojos oscuros lanzan destellos que incendian las sábanas. Como el último resplandor de una llama antes de apagarse o el color indescriptible de este cielo sobre el que cuelgo el cartel de fin de la jornada. Blanco y negro, día y noche, abrazo y mordisco. Tendrás que perdonarme si te parece una cursilería, pero no es que lo diga yo, es que cada mañana está escrito en el cielo. A esta hora de la mañana, me agarro a lo que hace brillar este día a día manchado de tonos grises y malas noticias. Y reluce tan fuerte que, al despertarme, ya entrada la noche, nunca me faltan los ánimos para salir a encender de nuevo las farolas. Nada vale más que quien arroja un poco de luz a este mundo en permanente fundido a negro.

Reencuentros en mi cocina


De un tiempo a esta parte, vivimos una época severa, de ceño fruncido y músculos en tensión. Te agarra por el cuello y te obliga a mirar sólo por tu subsistencia, olvidando cualquier aspiración creativa. Conseguir o conservar un trabajo, mantenerse al tanto del mundo y de los tuyos, defender una postura, hacer frente a facturas y demás atracos y sacar diez minutos para dejar la mente en blanco. Así se van los días sin apenas darnos cuenta. Demasiado preocupados por tener en este tiempo de escasez, que no dudamos en sacrificar placeres por meras promesas de futuro. Por eso, de vez en cuando, uno tiene que clavar los dos pies en el suelo y poner todo su empeño en frenar el ritmo vertiginoso que te aleja de ti. Todo va tan rápido que, a veces, podemos desconocernos a nosotros mismos. Me ha pasado hace cinco minutos. Redescubirir un sonido, un espacio, una cualidad. Yo soy capaz de hacer eso, no voy a decir el qué porque cada cual tiene lo suyo. Mientras allá afuera encienden presidentes como si fuesen cerillas esperando que se haga de día, aquí dentro hay que sacar partido a lo mucho que podemos hacer para no hundirnos en el barrizal. Avisados quedan. No, señores, yo no estoy en crisis. Si lo estuviera, jamás habría llegado hasta aquí por mi cuenta y riesgo.

La tiranía de los burócratas

En estos tiempos oscuros en los que vivimos, vemos cumplirse los malos presagios día tras día. Cuánta más gente sale a la calle a defender los valores democráticos y a protestar contra el desmantelamiento del estado social, más se empeñan los gobiernos en mutilar la democracia. Esta semana, dos de nuestros socios comunitarios han visto como su soberanía popular ha sido relegada por la voluntad de los mercados, derrocando dos gobiernos elegidos en las urnas para sustituirlos por juntas de tecnócratas militarizados. Vale que uno de esos líderes elegidos por sufragio popular era Berlusconi, pero al menos contaba con el mínimo aval de las urnas. ¿Recuerdan la última vez que nos gobernaron los tecnócratas? En aquella España en blanco y negro sometida por la fuerza de las armas, esos concienzudos burócratas del Opus Dei experimentaron con los límites del capitalismo en medio de una dictadura represiva, convirtiendo la aldea ignota que éramos en un enorme chiringuito para deleite de suecas, alemanes y demás guiris.
Ahora, parece que haya vuelto esa época en la que se nos aseguraba que hombres bien preparados habían sido seleccionados para dirigir nuestros destinos. El problema es el de siempre. ¿Quién selecciona a estos hombres de estado puestos a dedo? Al capitalismo en crisis no le sienta bien la democracia, no hay más que ver el revuelo que se armó en todo el mundo cuando el anterior gobierno griego sugirió someter sus recortes presupuestarios a referéndum popular. Tampoco aquí hubo consulta a la ciudadanía a la hora de fijar topes al gasto estatal en la constitución, no fuera a ser que los ciudadanos no eligiéramos aquello que los todopoderosos mercados creen que es mejor para ellos, perdón, para nosotros. Se nos dice que Mario Monti y Lukas Papademos son la solución para Italia y Grecia, respectivamente, aunque las bolsas caigan estrepitosamente el mismo día de su investidura. Sacrificada la voluntad popular que da sentido a la democracia, ¿qué otras ofrendas de sangre nos exigirán los mercados tras obligarnos a renunciar a nuestra pensión, nuestro sueldo y cualquier esperanza de prosperidad?

En el estado español, a pocos días de unas elecciones anticipadas con tufillo a más de lo mismo, la situación es ligeramente distinta. Hay urnas, es cierto, pero su resultado está adulterado por un sistema electoral que sólo reconoce dos opciones válidas de gobierno: la que nos ha traído hasta este caos y la que nos llevará a otros peores. Sólo un voto masivo de protesta contra este turnismo moderno podría cambiar la situación. La única duda que queda es cómo reaccionarán los mercados si el 21 de noviembre el partido más votado no es PP o PSOE. Puede que, en ese caso, los mercados decidiesen por su cuenta que no somos lo suficientemente solventes para merecer una democracia real. En estos tiempos de tecnocracia sin soberanía, el día menos pensado nos despertaremos y los burócratas nos habrán privatizado el Congreso y el Senado mediante ese tipo de secuestro de masas que llaman rescate. ¿Notaremos la diferencia?





Progreso y retroceso


Cuando éramos niños, a todos nos enseñaron en la escuela que la humanidad avanzaba siempre hacia adelante y que llegaría un día en el que viviríamos en un mundo pacífico y justo en el que la ciencia habría abierto cada vez más posibilidades para nuestra civilización. En el mundo del futuro, nos decían, habrá coches voladores, vacunas contra cada epidemia, pan para todos y felicidad a raudales. Crecimos confiando en la idea de que el paso de la historia iba mejorando nuestra existencia, de nómadas a sedentarios, de esclavos a siervos, de súbditos a ciudadanos. De ese modo, nos dejamos adormecer con la idea de que, hiciéramos lo que hiciéramos, la inercia nos llevaría hacia un mañana mejor. Ahora, en los inicios del prometido siglo XXI, las cosas no sólo siguen estando igual, sino que empeoran cada día a ojos vista. Si no me creéis, comprobadlo.

Como está muy visto hablar del hambre en el mundo, de la tiranía como gobierno en Asia y África, de la manipulación informativa o del desequilibrio entre ricos y pobres, vayamos a ejemplos más cercanos. El derecho de huelga y la jornada laboral de 40 horas son dos logros sociales conseguidos hace menos de un siglo, durante la revolución rusa de 1917. Desde que la mayoría tenemos memoria, el estado de bienestar prometía ir mejorando progresivamente nuestras vidas, persiguiendo la intolerancia y el odio, ampliando las libertades civiles, reconociendo los derechos de las minorías, mejorando la situación del trabajador y evitando que sufriéramos la miseria, la guerra o la injusticia. Todo eso se hace pedazos cada día por culpa de la avaricia financiera y política. En el estado español, la patronal exige al partido que gane las próximas elecciones que limite el derecho a huelga y privatice el derecho a la salud. En Portugal, la coalición conservadora negocia ampliar la jornada laboral de 40 a 48 horas semanales, es decir, casi dos horas más al día más que tu padre y que tu abuelo. Todo ello justificado por las pérdidas de la banca y el derroche de los gobiernos, fundidos ambos en un poder represivo y opaco, gobernado por la tiranía de los mercados, es decir, de ellos mismos y sus múltiples intereses.

De un plumazo, retrocedemos a 1916, como si la lucha obrera nunca hubiese existido y ninguno de nuestros derechos fuese realmente nuestro, sino una mera concesión temporal de la que pueden desahuciarnos sin previo aviso. Seamos rebeldes y frenemos esta marcha atrás hacia el feudalismo o, al menos, reclamemos un pasado menos oscuro que el que se nos viene encima. Si no hay derecho a un mañana mejor, sólo nos espera la barbarie.

El precio de decir lo que piensas

En estos tiempos de monetización, déficit y demás penurias, ya no nos resulta extraño darnos cuenta del precio que se le pone a la libertad de expresión. Dos ejemplos cogidos al vuelo en la prensa de hoy: Ocho años después del cierre judicial del periódico vasco Egunkaria, los trabajadores afectados siguen esperando una indemnización y una disculpa. En febrero de 2003, el juez Juan del Olmo ordenó el cierre temporal del único períodico en euskera, autorizó a la Guardia Civil registros y detenciones e inmovilizó sus cuentas. La acusación se cimentaba en unos informes policiales en los que se insinuaba que ETA financiaba al diario con dinero procedente del impuesto revolucionario. Meses después, ante la falta de pruebas, del Olmo intentó defender su cierre agarrándose al clavo ardiendo de que Egunkaria era un instrumento al servicio de la banda por defender tesis independentistas. Mientras, el juicio provocó la quiebra de la empresa, que fue finalmente devuelta a sus dueños para que la liquidaran. Dado que no fue posible hallar indicios de culpabilidad en ninguno de los ocho periodistas detenidos, el proceso se dilató hasta siete años, hasta abril de 2010. Entonces, tuvo que ser la propia Audiencia Nacional la que confirmase la libre absolución de todos los encausados, al tiempo que criticaba el cierre sin pruebas de un medio de comunicación y pedía entregar indemnizaciones a todos sus trabajadores. Textualmente, reconocía que el "trabajo" de del Olmo sólo sirvió para hacer quebrar el periódico y acallar una voz crítica, todo ello sin habilitación constitucional y sin leyes que lo autorizaran.


Hoy, Martxelo Otamendi y los otros periodistas detenidos por el juez murciano exigen 17 millones de euros por los daños causados, dinero que irá a parar a su diario sucesor, Berria, y seguirá sirviendo a la prensa libre. Recuerdo haber escuchado a Otamendi en 2005 en una conferencia en Madrid, poco antes de terminar mi carrera. Ponía los pelos de punta escuchar a un compañero de profesión narrando cómo fue detenido, golpeado y vejado sin que ningún juez pusiera el grito en el cielo. Recuerdo su rabia al hablar de tantos años de trabajo a favor de su lengua y su país tirados a la basura por la intransigencia de un letrado que luego se haría aún más famoso por ordenar el secuestro de El Jueves por reírse de los príncipes y por revocar condenas a maltratadores de mujeres. Ocho años después, muchos considerarán a Egunkaria otro eslabón de ETA y se indignarán por su indemnización. El daño ya está hecho y la ignorancia, como el agua, siempre se abre camino.


Otro ejemplo del precio de la libertad de expresión es el cierre de Wikileaks. Tras filtrar muchas de las miserias del imperialismo menguante, el boicot de los bancos a las donaciones que recibía el grupo ciberactivista han conseguido frenar su actividad. Visa, MasterCard, PayPal, Western Union y Bank of America han conseguido ya lo que querían, silenciar a los díscolos y que nadie les espante el rebaño mientras manejan a los políticos y despluman a los currantes. Mientras, Julian Assange sigue a la espera de un proceso judicial tramposo e interesado. Nos queda, eso sí, el fruto de su labor de divulgación de la barbarie. En todo el mundo, en cada ciudad, hay un parque o una plaza donde cada vez más gente acude a decir basta. Gracias a Martxelo Otamendi, yo supe que no quería ser otra cosa que periodista. Gracias a Wikileaks, muchos comprendieron que era necesario regenerar la democracia desde abajo. La libertad de expresión es cara, pero una vez que prendes la mecha, es un material explosivo que corre de boca en boca y revientan el cerco de la censura.

Apuntes al azar del mundo en crisis


En estos tiempos que corren nos hemos acostumbrado a lo inesperado. Declaraciones que hace unos años supondrían el fin de la carrera de quien las pronuncia, decisiones empresariales inhumanas o recortes antisociales han entrado de lleno en el menú del día que nos sirven los medios de comunicación. Para muestra, cuatro sencillos ejemplos encontrados al azar en la prensa de hoy. Comencemos hablando de bancos. Hace unos días, los exdirectivos de NovaCaixaGalicia y la Caja de Ahorros del Mediterráneo saltaron a la palestra por sus indemnizaciones millonarias y sus jubilaciones de lujo, todo ello después de haber llevado a la quiebra a las entidades que dirigían. Hoy, en El País nos encontramos con que las cajas, tras haber recibido miles de millones de euros de fondos del estado para evitar la bancarrota, proponen congelar dos años los salarios de sus empleados. De los directivos, ni hablamos. Para rematar el despropósito, ABC nos cuenta que la banca española deberá refinanciar 120.000 millones de euros de sus deudas el año próximo. ¿Se imaginan quién va a poner esos fondos? Premio para usted si al leer esta frase se ha llevado la mano automáticamente al bolsillo. Además del sector financiero, la gran empresa también protagoniza titulares llamativos esta mañana. En las páginas de economía leemos que la fabricante holandesa de electrodomésticos Phillips ha decidido despedir a cuatro mil quinientos trabajadores tras anunciar que sus ganancias se han reducido en más de mil millones de euros. Una vez más, se repite la fórmula cruel del capitalismo, que dicta que los culpables de errores de gestión que cuestan la ruina a una empresa terminan firmando despidos en lugar de protagonizarlos.

Por último, cómo no, los políticos. En Portugal, Jornal de Noticias publica el siguiente titular: "Las pensiones vitalicias de los políticos escapan a los ajustes". La misma semana en la que el parlamento debate elevar los impuestos sobre alimentos básicos, vivienda y salarios y recortar al máximo cualquier atisbo de estado del bienestar, el diario lisboeta publica que la clase política lusa ha blindado sus jubilaciones, mientras que los que tendrán que pagar son los trabajadores retirados que reciben pensiones de 426 euros. ¿Les suena de algo? Al otro lado de la raia, en Catalunya, el cada vez menos correcto Duran i Lleida nos sorprende con unas declaraciones de una sinceridad escalofriante. El portavoz de CiU en el Congreso ha exigido más medidas impopulares para parar la crisis, aunque se ha negado a detallar cuáles son, porque asegura que si lo hiciera "perdería las elecciones". Visto lo visto, queda claro que los auténticos antisistema no somos los que salimos a las calles a reclamar dignidad, justicia y democracia, sino los que esconden la navaja trapera bajo el traje y la corbata.

Veinticuatro horas despierto


Son las ocho de la mañana y acabo de volver del trabajo. Hace veinticuatro horas, cuando abrí los ojos, estaba en Bruselas. En una habitación de hotel a pocos metros por encima de las terrazas cerveceras de la place de l'Agora, dos cuerpos desperezan la última mañana de su escapada a Brujas, Gante, Amberes y la supuesta capital europea. Tras el envoltorio, este regalo de cumpleaños escondía mejillones, miles de paseos, cuadros de Magritte, kissing-points, fachadas góticas, bares de blues en directo y todo tipo de cervezas desconocidas. La última mañana tuvo un poco de todo eso, escudriñando los mapas en busca de puntos estratégicos que conquistar a medias. Desayuno, vagabundeo monumental, una bière que todavía no habíamos probado y una mesa para dos sobre la que devorar el último hallazgo gastronómico. El escenario y los personajes -benditos personajes bizarros- nos mostraron un país desconocido, que sobrevive con mucha dignidad a año y medio sin gobierno. Bélgica vive en la anarquía y le va mejor que nunca. La economía ha remontado y, por primera vez en décadas, valones y flamencos unen sus voces bilingües para denunciar la impunidad de la crisis y reírse de sus políticos. Una muestra más de lo bien que se gobierna la gente cuando el estado se limita a garantizar la sanidad, la educación y el asfalto sobre las calles.

Con la excepción de una pequeña siesta sobre su hombro suave antes de subir al avión, todavía sigo despierto. A la vuelta, tras una despedida con sabor a reencuentro y una parada en casa con la familia al completo, trabajo. El reloj empieza a hacerse cuesta arriba y te invade una sensación de irrealidad. De camino a la radio, juro que me topé un monte de hielo de un palmo de alto junto a la acera y, dos calles más allá, con una enana bailando con un barbudo. Con la costumbre de gastar zapatilla bien aprendida en los campanarios de Flandes, los pies me llevaron solos hasta mi mesa. Ocho horas descifrando teletipos, discursos y fuentes, intentando esconder al micro el precio del desvelo en la garganta. Pasado el umbral del sueño, la espalda se entumece y la capacidad de improvisación se embota, pero surge de la nada una energía inexplicable y primitiva que mantiene el cuerpo en pie. Y si no, se tira de oficio. Al volver a casa, ordenador encendido, fruta, cereales y algo de ejercicio para regresar a la vida real. Veinticuatro horas más tarde, ato los cabos de este día en dos países completamente distintos, el de las vacaciones compartidas y el de la rutina de informativo. Me viene a la mente la Delirium Tremens. Pero ya es hora de apagar las velas de este cumpleaños. Superado el reto de la vigilia, es otra vez de día y me toca volver a soñar con una ciudad nueva, dos maletas en el portaequipaje y sus palabras en el idioma que me pone los pelos de punta.

Palestina espera a las puertas de la ONU


Hay pueblos, como el palestino, el saharahui o el kurdo, que han aprendido por las malas a esperar y, como no podía ser menos, a esperar poca cosa. Este viernes, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbas, solicitará al Consejo de Seguridad de la ONU que acepte su entrada en Naciones Unidas como nación independiente de pleno derecho. Rotas las negociaciones con Israel, que ha realizado todo tipo de maniobras indignas para evitar perder el control sobre lo que considera sus colonias, el gobierno árabe busca una salida internacional para alcanzar la plena soberanía. Para conseguirlo, necesita el apoyo de al menos nueve de los miembros del Consejo y que ninguno de los demás vote en contra. Demasiados obstáculos para creer que esta vez se escuchará la voz de Palestina en los foros internacionales. Si repasamos la composición del Consejo de Seguridad, veremos en primer lugar que no se trata de un órgano democrático, debido a que EEUU, Francia, China, Rusia y Reino Unido no sólo tienen asiento permanente, sino que además cuentan con derecho a veto. Entre los diez miembros rotatorios, hay muchos que pueden apoyar la propuesta de Abbas, como Brasil, Sudáfrica o Gabón, a los que se sumarían países musulmanes como Bosnia, Líbano o Nigeria. El problema fundamental son los cinco miembros permanentes, principalmente EEUU, que vetará cualquier propuesta que no respalde su aliado Israel.

Éste es el contexto en el que hoy se reunirán Mahmud Abbas y Barack Obama. Mientras que el palestino intentará a la desesperada evitar el bloqueo yanki, el mandatario estadounidense busca, una vez más, mantener su imagen de líder pacifista al que concedieron un Premio Nóbel de la Paz mientras sigue mandando soldados a la guerra y presos a Guantánamo. La estrella de Obama no ha dejado de declinar en los últimos meses, mermado por la situación económica de su país, el aumento de la pobreza interna y los sucesivos fracasos en Irak, Afganistán y Pakistán. Si Obama cumpliese sus promesas electorales, Palestina sería independiente en menos de 48 horas. El problema es que nadie había previsto que el primer presidente negro de EEUU desteñiría tan rápido. El año próximo habrá elecciones a la Casa Blanca y la baja popularidad de Obama hace presagiar que ahí puede terminar su único mandato. Tras traicionar su propio programa de cambio y esperanza, también tendremos que agradecerle que le deje el mando de la primera potencia nuclear al Tea Party.

Mientras, la situación en Oriente Medio continúa agravándose. La propia propuesta de Abbas es criticada por parte de los palestinos, que aseguran que no se puede pedir la independencia mientras su capital, Jerusalén, y la mayoría de su territorio esté ocupado, colonizado o cercado por Israel. La Franja de Gaza cumple este mismo mes su cuarto año bajo el bloqueo por tierra, mar y aire de las fuerzas hebreas, que no sólo no ha servido para frenar el terrorismo contra Israel ni para derrocar al gobierno de Hamás, sino que ha exaltado aún más a los radicales y ha empobrecido a la población hasta límites inhumanos. En Cisjordania, la situación no es mejor. El gobierno de la Autoridad Nacional Palestina no controla su propio territorio, infiltrado por colonos fundamentalistas judíos que cuentan con el beneplácito de Tel Aviv y el respaldo de sus misiles teledirigidos. Al otro lado del muro vergonzoso, Israel pierde terreno diplomático. El asesinato de nueve turcos en el abordaje pirata a la Flotilla de Apoyo a Gaza le ha granjeado la enemistad de Ankara, que hasta ahora era su único aliado en la región. Las revueltas árabes han hecho el resto del trabajo. El gobierno hebreo está aislado y es incapaz de adaptarse al nuevo contexto de Oriente Medio. Y aún así, no tiene mejor idea que seguir atizando el avispero.

Hablen lo que hablen hoy Obama y Abbas, es de esperar que Palestina seguirá esperando que llegue el momento de unirse a la comunidad internacional como nación libre e independiente. Nadie cree que este encuentro pueda cambiar ni un ápice el statu quo. De hecho, el estadounidense se reunirá con previamente con el primer ministro de Israel, el patibulario Bibi Netanyahu. Netanyahu, como acostumbra a hacer, dictará su postura a Obama y éste se limitará a repetirla ante Abbas y el resto de la ONU. Y, mientras tanto, Israel sigue enriqueciéndose gracias al expolio de Palestina y esa riqueza continúa engordando los bolsillos de sus aliados. Pero, si algo nos demuestran los derrocamientos de Ben Alí, Mubarak y Gaddafi, es que ningún opresor está libre de caer a manos de sus víctimas. Y, hasta que llegue ese momento, Palestina espera mientras la rabia sigue acumulándose.

Recompensa al estilo Flandes


Veinticinco madrugadas después, toca volver a las trincheras. Tras mes y pico en primera línea de seis a ocho -o de seis a siete, depende del día-, me toca asumir de nuevo el papel de suplente y abandonar el desafío autodestructivo de dirigir y presentar un cotarro informativo que sale adelante con la elegancia justa y muchas dosis de heroísmo colectivo. Ahora, volver a ocupar la segunda voz y a rellenar madrugadas puede saber amargo, pero sigue mereciendo la pena el esfuerzo. Nadie podrá decir que se faltó una sola vez a la verdad, que cada dato no fue verificado con varias fuentes independientes y que no se separó convenientemente la información de la opinión. Lo justo para sentirnos orgullosos del trabajo que exponemos cada mañana a la oreja pública. Imponerse este código espartano de la objetividad no te ayuda a hacer amigos en la dirección, pero tiene sus recompensas.

La primera, este fin de semana, me lleva hasta Brujas, Gante, Bruselas y puede que Amberes. Todo ello, gracias a mi cómplice habitual. Nuestras maletas vuelven a cruzarse en el altillo del avión, como en las mejores fugas a dos. Esta vez, nos deslizaremos sobre las vías del tren para descubrir el país llano de fachadas góticas del que vienen las buenas cervezas. Tú y yo y después, todo lo demás. Qué gran regalo. El mejor final para el mes que inaugura los veintinueve. Y queda tanto por hacer... Con el inicio del otoño, una radio libre puede renacer en Bejar Street, mientras bullen todo tipo de proyectos. Va a ser un año movidito y, por si acaso, ya hemos empezado a entrenarnos para recuperar la forma física perdida hace una década. Vivimos tiempos extraños y difíciles y hasta los tiraos más impenitentes necesitamos una dosis de vida sana para seguir resistiendo. Comienza el año cuatro de la era de la recesión y, lejos de esperar mansamente a que surjan los brotes verdes, no queda otro remedio que rearmarse para la época más dura de nuestras vidas. Menos mal que nos quedan las coles de Bruselas.


Cifras obscenas


La información económica hace pocas cosas buenas por ti, pero sin duda te vuelve extremadamente resistente a la naúsea. Hay quien dice que trabajar entre números te separa de la realidad, de las caras, los sentimientos y las tragedias que se esconden tras ellos. Y eso es verdad, aunque sólo en parte. Esta mañana, la portada de Público nos desvela el coste económico bruto del rescate a la banca con el que se buscó sin éxito poner fin a la crisis económica. Nada más y nada menos que 2 billones de euros con b de bancarrota, un enorme robo a gran escala de dinero público al que hay que sumarle otros 3 billones procedentes de los bancos centrales. El resultado no puede ser más desolador. Los bancos se han recuperado completamente de su ruleta rusa bursátil, han eliminado a la competencia, absorbido a las cajas y, para mayor escarnio, demostrado la supremacía del poder financiero frente al poder político, la autoridad judicial y la soberanía popular. No contentos con eso, tienen la excusa perfecta para negar créditos a quien los necesita para poner la economía en marcha. Y, por si no leen los periódicos, seguimos al borde de una nueva recesión.

Es nauseabundo pensar que esos 5 billones sólo han servido para que bancos y otras grandes corporaciones eleven sus beneficios a niveles de récord. Sobra decir la cantidad de catástrofes evitables que podrían haberse resulto con un pequeño porcentaje de esa cifra. Hambre, desigualdad, analfabetismo, marginación, servicios públicos, vidas dignas. Nada de eso merece un sólo euro. El dinero de nuestros impuestos se emplea en bonus a grandes empresarios, ejércitos privados, inversiones de riesgo, financiación opaca y otras maniobras de enriquecimiento obsceno. Mientras tanto, y por seguir el hilo de las cifras, el IVA ha aumentado un 2%, el IRPF muerde más al currela que al dueño del Audi, la jubilación se ha alejado 2 años y las hipotecas cubren vidas enteras e incluso sobrevivirán a sus dueños. La usura se ha adueñado del mundo y armada con números, balances y cuentas pretende que no nos demos cuenta. Su violencia social, la que nos arroja cada día a las fauces de la pobreza, supera en depravación la caída de todas las torres gemelas del mundo. Menos mal que aún nos queda la capacidad de sorprendernos y asquearnos. De momento. Sigan viendo la televisión y ya verán lo pronto que desaparecen esos molestos síntomas.


Retorno al caos

Otra vez es lunes y, mientras continúa el chaparrón de malas noticias, parece que la tormenta perfecta vuelve a estallarnos en las narices. Y por muchos sacrificios que ofrezcamos a los dioses caprichosos, nada parece ser suficiente para calmar su cólera. Me explico. Las bolsas caen a un ritmo endiablado, crece el nerviosismo y los agoreros dicen ver a lo lejos una nueva recesión tras cuatro años de transitar en el desierto. Más paro todavía, más recortes sociales y menos lógica en los mercados es lo que se avecina. Más de lo mismo, sólo que en formato aún más salvaje. Es lógico, hemos dejado que el mundo financiero pruebe la carne humana y ahora ya nada puede saciarle. De nada sirve que convirtamos nuestros contratos laborales en poco más que remedos del feudalismo medieval o que renunciemos a una sanidad gratuíta, una educación de calidad o a una jubilación merecida. Incluso hemos sido capaces de permitir que mutilen al gusto de los inversores esa constitucion inamovible de la que tanto se enorgullecen los mediocres y los desmemoriados y que ya nunca más reflejará un consenso democrático.

Alguien ha decidido que nos vamos a venir abajo y nada de lo que podamos ofrecerles podrá conseguirnos una salida airosa. Quieren todo lo que tenemos y no tienen porqué ofrecernos nada a cambio para conseguirlo. La culpa es nuestra. Les dejamos legalizar la piratería financiera y ahora ya no podemos quejarnos de que nos roben la cartera, los derechos laborales, la educación y la sanidad públicas y gratuítas. ¿O acaso alguien espera que los corruptos a los que hemos entregado los gobiernos persigan a los usureros y especuladores que les llenan los bolsillos? La culpa es nuestra por no haber sacado la guillotina en 2008, cuando el primer iluminado sugirió que había que rellenar los agujeros de la banca y las grandes corporaciones con dinero de nuestros impuestos. Terminó el verano y la crisis, infatigable compañera de los últimos años, ha vuelto de vacaciones con ganas de recuperar el tiempo perdido. Bienvenidos de nuevo al caos constante en el que todos tienen la mano metida en tu bolsillo mientras gritan en tu oído pidiéndote calma. Ahora, ya sólo nos queda esperar sentados a la orilla de la playa mientras el tsunami sigue cogiendo altura antes de estallarnos en la cara. Pero no seamos tan pesimistas, que seguro que los nuevos amos nos dejan ver la tele entre latigazo y latigazo.
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