La guerra de nunca acabar


Esta madrugada, una declaración del presidente de EEUU, Barack Obama, ha llamado poderosamente mi atención. "La guerra en Irak ha terminado"-afirmó- "nos retiraremos el 31 de agosto, como estaba previsto". A cualquiera hubiese pasado desapercibida semejante reiteración rutinaria del calendario de salida de las tropas de ocupación estadounidenses, salvo por un detalle. ¿La guerra de Irak ha terminado? ¿Estamos seguros de ello? Para los que estuvimos indirectamente implicados en el conflicto, como manifestante antibelicista en las calles de un país ocupante, esta sencilla frase de Obama remueve algo doloroso en nuestro fuero interno. Aquellos días en los que medio país se echó a la calle contra el "trío de las Azores", en los que aprendimos a situar en el mapa la resistencia insurgente de Fallujah y la barbarie de Abu Ghraib, vuelven siete años después a recordarnos nuestra derrota. La guerra siguió adelante, sin que pudiésemos detenerla, llevándose por delante la vida de un millón de irakíes y cuatro mil soldados yankis. Ahora, Obama dice que todo ha terminado, aunque, tras la retirada, más de 50.000 efectivos de su ejército permanecerán en el país.



Algunos habíamos asumido que la invasión de Irak comenzó el 20 de marzo de 2003, pocos días después de que medio mundo saliese a manifestarse en contra, y continuaba desde entonces, pero habíamos dado por buena la afirmación del exalmirante en jefe, George Bush, cuando anunció el 1 de mayo de ese mismo año que su misión había sido cumplida. Pese a la resistencia civil a las tropas ocupantes, asumimos la derrota del pez chico ante la enorme maquinaria bélica de los renegados de la ONU. Se celebraron elecciones, las minorías retomaron ciertas cotas de poder, se aprobó una constitución, Saddam fue ahorcado por el nuevo gobierno y cada día se volvió cotidiano contar las bajas de la guerra civil soterrada en Mesopotamia. Todo ello bajo la tutela rifle en mano de los "invitados occidentales". 



Ahora, siete años, cuatro meses y catorce días después de la invasión, Obama anuncia desde su impostada superioridad moral que todo acabó para poder centrar su dinero y sus marines en ahogar Afganistán en más y más campos de amapolas. Justo en uno de los momentos más delicados del nuevo régimen irakí, incapaz desde hace cinco meses de decidir una coalición de gobierno, y en uno de las etapas más cruciales de la ofensiva de la OTAN contra los talibán, diezmados cada día por la nueva deserción de un aliado sobre el terreno -ayer fueron los holandeses, algún día se retirarán los "soldados de paz" enviados por Zapatero. Precisamente la misma semana en la que la justicia española ha decidido volver a juzgar a los soldados yankis culpables de asesinar a José Couso por hacer su trabajo. Todo cuadra visto desde el prisma más macabro, pero no consigo entender su sentido. ¿Es que ya terminaron de robar todo el petróleo? ¿O es que los 736.000 millones de dólares que ha costado la "operación" ya han sido suficientes? 

 
Pasan los años, nos volvemos más cínicos, pero no olvidaremos jamás quién fue quién aquella primavera de 2003, quién juró que existían armas de destrucción masiva, quién contribuyó con su silencio y quién hizo lo que pudo por detener la barbarie. Por obra y gracia de Obama, magnánimo y contradictorio Premio Nobel de la Paz, tenemos permiso para lamer ya nuestras heridas en pacífica postguerra.

3 divagando:

karen disse...

:)

Cristina disse...

Muy bueno Adri

BeN-HuR VaLDéS LLaMa disse...

Un placer perderme entre tus lineas ... un placer como siempre.





Un saludo desde CANTABRIA

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