Vías democráticas que no pasan por Occidente


El mundo árabe vive estos días sumido en tiempos de revuelta y movimientos hacia el cambio. Túnez, Egipto, Jordania, Yemen, Marruecos, Argelia, Mauritania y Arabia Saudí viven un momento convulso, en el que los gobiernos aliados de Occidente ven peligrar su statu quo. Todos ellos, salvo Argelia, son estados autoritarios y corruptos en mayor o menor medida. La alternativa que se pide a gritos en sus calles no es el fundamentalismo musulmán que algunos esperaban sino, lisa y llanamente, una democracia genuína. Como América Latina a finales de los 70 y principios de los 80, Arabia busca esa democracia ante la pasividad de EEUU y Europa. Occidente apoya y provee a los regímenes que les oprimen, como hizo con las dictaduras de la Operación Condor, y ahora asiste con el pie cambiado a estos inesperados brotes deomcráticos. Tras el 11-S, la democracia en el mundo árabe ha sido proscrita en el nombre de la seguridad, agitando el fantasma del islamismo, tal y como en Iberoamérica, tiempo atrás, se avalaron todo tipo de barbaries en nombre del anticomunismo. Se puso incluso el ejemplo de Irán, ignorando que los persas no son árabes y que su revolución islámica es consecuencia de un siglo de tejemanejes de las grandes potencias. Pues bien, llegaron las protestas y los islamistas están ahí, pero sólo como fuerza minoritaria y asumiendo desde el primer momento la necesidad de elecciones e instituciones libres, representativas y transparentes.


Fue así en Túnez y lo está siendo también en Egipto. La mayoría de los manifestantes de Sidi Bouzid, de Suez, de Sanaá, de Amman o de la plaza Tahrir son jóvenes y mayores con educación pero sin recursos ni perspectivas de futuro debido a la voracidad y autoritarismo de las autocracias que les gobiernan. Los prejuicios de algunos en el lado "bueno" del mundo nos presentan a los jóvenes árabes como material inflamable presto a caer en las garras de Al Qaeda. El tiempo se ha encargado de quitarles la razón. No esperábamos que supiesen hacer otra cosa que sufrir en silencio o inmolarse, como ya sucedió en Falluyah. Ahora, cuando los egipcios se preparan para salir a la calle a poner de nuevo en jaque al rais Mubarak, su suerte está en manos del ejército. Por suerte para ellos, esta vez Occidente ni siquiera se ha molestado en preparar a los soldados de sus dictaduras amigas para la opresión. Sólo enseñaron a sus líderes y éstos pueden hacer poco más que cortar Internet, expulsar a los corresponsales y seguir prometiendo en vano. Como sucedió en Portugal en 1974, hoy los soldados pueden negarse a cumplir órdenes y unirse al pueblo. Es la hora de la democracia para el mundo árabe y nosotros sólo podremos mirar desde lejos. Hoy marcharán un millón de egipcios y mañana nada volverá a ser igual.

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