Desertando de EEUU


En los ochenta y noventa, durante mi niñez, recuerdo que la palabra desertor tomó un cariz heroico. Desertaban los berlineses orientales que se atrevían a cruzar el muro, los supervivientes de Tiananmen o los atletas del Este que aprovechaban las competiciones internacionales para escurrir el bulto a Occidente. Hoy en día, tras tirar de sus peanas las estatuas de Lenin, los voceros globales aseguran que la libertad más absoluta campa a sus anchas en el mundo entero, salvo los cuatro borrones que suponen Cuba, Corea del Norte, Irán y Siria. Sin embargo, en las últimas semanas se está resquebrajando a marchas forzadas uno de los mitos fundacionales de la postguerra fría, el que encumbra a EEUU como paladín de las libertades ciudadanas y la democracia. En nombre de esas libertades "duraderas", el Pentágono entró a sangre y fuego en Afganistán e Irak comandado por George W. Bush y para quitar de en medio a los enemigos de esas libertades, Washington abrió un campo de concentración en el enclave cubano de Guantánamo, un lugar tan recóndito que ningún abogado ha sido capaz de entrar, ni tampoco llega la jurisdicción del Tribunal Penal de la Haya ni se aplican los derechos de los prisioneros de guerra que reconoce la Convención de Ginebra. 


Cuando a Bush hijo le reemplazó Barack Obama, los heraldos del stablishment cantaron las alabanzas de un hombre que encarnaba el cambio con tanta magnitud, que se exigió que le concedieran el Nobel de la Paz antes incluso de que tuviese tiempo de merecerlo. Por eso, una legislatura después, los aviones no tripulados continúan asesinando impunemente a civiles afganos y pakistaníes, los mercenarios de Blackwater siguen custodiando la zona verde de Bagdad y los marines continúan torturando inocentes en Guantánamo. Han leído bien, he escrito tortura e inocentes. Las prácticas interrogatorias que EEUU permite a sus soldados son de sobra conocidas, al igual que un dato crucial que desveló Amnistía Internacional: sólo tres de los 800 detenidos en el penal cubano han sido condenados, mientras el resto espera un juicio que nunca va a llegar. Pese a Guantánamo, pese a la pésima gestión del Katrina, pese a las matanzas esporádicas en institutos y centros comerciales, EEUU sigue vendiendo al mundo una imagen de limpieza y democracia que la investigación y las filtraciones se están encargando de destruir. Hace poco menos de un mes, hablábamos del espionaje del Departamento de Justicia a la agencia AP y la cadena CBS y de las pesquisas ilegales del FBI en el mail de un periodista de FOXNews. Más recientemente, la pasada semana, comenzó el juicio contra Bradley Manning, el soldado analista de inteligencia responsable de filtrar a Wikileaks un vídeo en el que se ve la frialdad con la que unos militares estadounidenses asesinan a unos civiles iraquíes, entre otros documentos clasificados


Sin embargo, el culmen del descrédito para Obama ha llegado este fin de semana, con la filtración del plan gubernamental para que el NSA y el FBI espíen y controlen las comunicaciones online. Edwars Snowden, un joven de 29 años que trabajó como consultor de los servicios secretos, desveló esta información a The Guardian y al Washington Post, dejando en evidencia que la inteligencia de Washington no tiene nada que envidiar a los métodos intrusivos de la Stasi. El propio Obama cavó aún más su tumba cuando salió a la palestra para criticar la filtración y asegurar que el espionaje online es legal, evidenciando así que él mismo lo había autorizado mediante una orden secreta. Bueno, no tan secreta desde el mismo momento en el que Obama la mencionó ante la prensa, incumpliendo a su vez las leyes de protección de secretos. A partir de ahí, el guión es ya conocido. El gobierno estadounidense denuncia ante la prensa que las filtraciones frenan la lucha contra el terrorismo, Snowden deserta a Hong Kong para evitar la extradición y el juicio sumarísimo como Manning o Julian Assange y la credibilidad de Obama se va por el retrete. Las críticas le llueven y no precisamente desde el rincón republicano o desde el frente exterior, sino desde su propia base electoral, el Chicago Tribune, el New York Times y el Washington Post. ¿Les acusarán también a ellos de traidores por difundir el escándalo o de racistas por criticar al primer presidente negro? Obama, al igual que sus predecesores, ama tanto a las libertades que las asfixia a fuerza de aplicarles el abrazo del oso. 


Quizás era de eso de lo que hablaba con el nuevo dictador chino, Xi Jinping. El régimen chino y su oligarquía teñida de vago maoísmo es el modelo por el que suspiran los ultraliberales de la escuela de Viena, los inversores de riesgo y los directivos de multinacionales. Si ese es el mundo al que aspiran, las filtraciones, más que justificadas, son auténticos actos de heroísmo necesarios para defender la libertad de expresión. Los pensadores del capital miran con nostalgia la cohesión social que conseguían los viejos régimenes estalinistas a fuerza de espionaje y tortura. Por eso sus ciudadanos denuncian los secretos inconfesables del estado. Y, por eso mismo, se ven obligados a desertar para evitar la misma prisión que sufren Leonard Peltier, Mumia Abu Jamal o Bradley Manning. Quizás, como en la URSS de los ochenta, los dirigentes no sospechan que esos desertores son la primera brecha que reducirá su imperio a cenizas.
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