Obama, el enemigo de la prensa libre

Últimamente, los lunes se están convirtiendo en una penuria para la imagen del actual inquilino de la Casa Blanca. El lunes pasado, su portavoz, Jay Carney, tuvo que tragar saliva varias veces mientras intentaba explicar a la prensa por qué el Departamento de Justicia espió las llamadas de la agencia Associated Press hace un año. Por supuesto, todo ese esfuerzo de depurar responsabilidades tenía por objetivo reiterar una y otra vez que el inmaculado Obama supo de las actividades del Departamento de Justicia precisamente por la prensa. Cuando las aguas parecían volver a su cauce, ayer Jay Carney volvió a sudar ante las preguntas de los corresponsales en la Casa Blanca. En primer lugar, porque ayer salió a la luz que el alcance de la operación de espionaje en AP era mucho mayor de lo publicado, incluyendo el pinchazo de los móviles de cinco periodistas y de los teléfonos fijos de otros tres y de varios faxes corporativos. De hecho, el director ejecutivo de AP, Gary Pruitt, aseguró el pasado domingo en la cadena CBS que el espionaje gubernamental está entorpeciendo el trabajo de su nada subversiva agencia de noticias, principalmente su contacto con fuentes anónimas que temen que sus datos sean revelados por acción o torpeza de los funcionarios de Justicia. 


En segundo lugar, porque ayer se publicó que el FBI accedió a los mails de un periodista de la aún menos sospechosa cadena Fox News en 2009. El periodista en cuestión en James Rosen, corresponsal jefe de la cadena en la Casa Blanca, que en aquel entonces investigaba al régimen norcoreano. El FBI sabía que Rosen contaba con una fuente en Washington que le desvelaba información del Departamento de Estado. Pese a que la identidad de las fuentes está protegida por el secreto profesional en la mayoría de los países civilizados, la agencia federal no detuvo su investigación sobre el "topo", sino que decidió tomar un enfoque distinto. Por ello, el FBI acusó a Rosen de cooperar con Corea del Norte para poder aplicarle la normativa antiterrorista y acceder semilegalmente a su correo electrónico. Una vez dentro, consiguió la identidad de la garganta profunda del departamento de estado, que será juzgado por ello en los próximos meses. Cuando Rosen protestó por la violación de su secreto profesional, fue acusado de cómplice criminal y el FBI presionó a Google para que le facilitase el acceso a su mail cuando fuese necesario. Demasiadas trabas para la libre prensa, perseguida criminalmente en un país que se enorgullece de defender la libertad ante todo. 


Nadie sabe hasta qué punto Barack Obama es el responsable directo de ambos casos de espionaje a la prensa, al igual que tampoco se sabe hasta qué punto está dispuesto a continuar permitiendo que medio centenar de seres humanos sigan pudriéndose en Guantánamo sin derecho a juicio o a eludir la tortura. Poco bagaje democrático para el que fue premio Nobel de la Paz menos de un mes después de ser elegido. Quizás el problema es que sí, se puede, pero no, no se quiere.
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