Dobles lecturas del domingo francés


Tras conocerse los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, salta a la vista una doble lectura. En los titulares, se muestra la derrota de un Sarkozy menguante, consumido por su propio papel mediático y por los escasos resultados de su alianza con Angela Merkel en la lucha contra la crisis de la zona euro. No se apresuren a firmar la necrológica del presidente saliente. Esta derrota puede resultar engañosa de cara a la segunda ronda, en la que el presidente saliente debe verse las caras con el socialista François Hollande, un candidato impensable hace apenas un año. Debajo de los titulares, destaca el enorme respaldo recibido por la heredera de Le Pen, que consigue la cota más alta del Frente Nacional, superando incluso las cifras que marcó su padre hace una década para colarse en la segunda vuelta con Chirac. Algunos medios y analistas definen el voto hacia el partido xenófobo como una apuesta antisistema, radicalmente distinta del electorado gaullista de la UMP. 

Más allá del folklore, los resultados de estas elecciones arrojan una victoria de la derecha frente a la izquierda que rondaría los diez puntos. Este hecho, aunque no sitúe necesariamente a Sarkozy en posición de favorito para repetir la presidencia en el mano a mano con Hollande, puede influir de manera decisiva en los resultados de la segunda vuelta y también en los de las legislativas que tienen que celebrarse este año. Desde el inicio de la recesión, el factor crisis ha hecho reaccionar a los votantes europeos de maneras muy diversas, aunque siempre siguiendo el patrón de despojar del poder al gobierno para entregárselo a una oposición sin ideas nuevas para frenar el frenazo económico. Sucedió en Reino Unido, en Grecia, en Portugal, en el estado español y todo apunta a que puede suceder en Francia. Mientras, en la segunda línea de la política, la ultraderecha ha aprovechado un período de incertidumbre y desempleo para resurgir con fuerza, ofreciendo poco músculo ideológico y una vía de escape a la rabia de una clase media que ve peligrar su día a día. Hoy, en Francia, cosechan cifras de récord, como antes lo hicieron en Holanda, donde ayer mismo abandonaron la coalición de gobierno al negarse a aceptar las exigencias presupuestarias de la UE. Por eso, la capacidad de mimetizaje de los discursos de Sarkozy con el lenguaje intransigente y duro del Frente Nacional puede darle un nuevo mandato en la jefatura de Estado gala.

El ascenso de la derecha radical es alarmante, aunque entra dentro de lo predecible en este escenario. Lo realmente sorprendente son los magros resultados de la izquierda en un tiempo en el que la contestación y el desencanto parecían dar a entender un renacer reivindicativo. Hace sólo unas horas, los medios predecían que el candidato del Front de Gauche Jean-Luc Mélenchon sería la sorpresa de estos comicios. Había conseguido movilizar un electorado consistente para presentar una respuesta contundente de la izquierda ajena a la oposición blanda del PS y los sondeos parecían responder a sus proclamas anticapitalistas. Sin embargo, las estimaciones de primera hora le otorgan un escaso 10%, muy por debajo de sus aspiraciones pero superando con creces los anteriores resultados de la izquierda no socialdemócrata. Por cruda que se ponga la situación, por mucho que se apriete la soga de los recortes, los partidos que se oponen desde la izquierda a la senda marcada por Bruselas no logran aglutinar el descontento social. Líderes sin carisma como Merkel, Hollande o Cameron prosperan mientras los problemas se acumulan. Dirigentes sin el refrendo de las urnas como Mario Monti o Lukas Papademos recogen el testigo cuando sus políticas se demuestran inútiles. El camino hacia la precaridad parece dibujado de antemano y las urnas dan una y otra vez su consentimiento. 

Presas del desencanto, nos arrojamos en brazos del primer cambio que se nos ofrezca, siempre que ese cambio sea lo suficientemente sutil para no producir ningún resultado sustancial. Mientras tanto, las predicciones económicas siguen empeorando, el crecimiento se pospone otros tres años y las soluciones siguen sin aparecer. Y la izquierda, tampoco. En Francia, los dos candidatos que se disputarán la presidencia del país tienen programas casi calcados en los temas realmente importantes. No es nada singular, pasa en la mayoría de los países avanzados. No hay cambio posible, sencillamente porque las alternativas que se ofrecen no calan, no tienen la repercusión necesaria y no activan a un electorado dormido, atónito ante sus pantallas mientras la vida pasa y se encarece a un ritmo que no podemos permitirnos. El cambio, la necesidad de emprenderlo y el beneficio de alcanzarlo deben estar en primera plana, más allá de las tediosas campañas de imagen que sólo engordan el desencanto. Entre tanto, seguiremos viendo pasar los trenes mientras nos vacían los bolsillos.
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