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Same old song


Nueva Orleans de nuevo bajo la tormenta. Justo ayer se cumplieron siete años desde que el huracán Katrina arrasó la ciudad, inundando el 80% de su superficie y dejando el resto en manos de la suerte. Hoy, los medios proclaman que la ciudad se ha salvado de una nueva catástrofe pero, como hace siete años, están olvidando parte fundamental de los hechos. El huracán Isaac, un fenómeno de menor fuerza que el Katrina y que descendió a categoría de tormenta tropical en cuanto tocó tierra, ha conseguido rebasar parte de los diques que el gobierno aseguró que mantendrían la ciudad a salvo durante siglos. La parroquia de Plaquemines, al norte, ha sido inundada de nuevo, devolviéndonos a la retina imágenes de hace siete años. Casas sumergidas hasta la segunda planta, familias subidas a los tejados esperando el rescate y supervivientes apiñados en barcazas. El horror que juraron haber solucionado se repite de nuevo y no es descabellado pensar que otra tormenta de potencia similar al Katrina vuelva a arrasar Nueva Orleans, quizá para siempre. No en vano la llaman "the city that care forgot".


Hoy hace siete años, la entonces gobernadora demócrata de Louisiana, Kathleen Blanco, ordenó la evacuación total de la ciudad, incluidos los barrios que no habían sido afectados por el Katrina. Días antes, los residentes habían sido conducidos al Superdome para que se refugiaran, confinando en un espacio inhóspito a más de veinte mil personas y permitiendo que la ley del más fuerte fuese degenerando. Robos, violaciones y peleas bajo la mirada inmóvil de trescientos guardias nacionales, cuya única misión era la de evitar que los refugiados, casi todos ellos negros, abandonasen el estadio. Uno de los evacuados se arrojó al vacío desde las gradas más elevadas, sobrepasado por la devastación y la degradación de lo que fue su hogar. Poco después, Blanco pidió al gobierno federal y a los estados vecinos el envío de tropas para frenar los saqueos. Lo que recibió fue a 24.000 soldados recién llegados de Irak que impusieron su ley sin cortapisas legales o constitucionales. Los 10.000 millones de dólares en ayudas prometidas por Washington tardaron casi cuatro años en llegar y se invirtieron en remozar el centro financiero de la ciudad y en unos diques irrompibles que ayer reventaron en dos tramos. 


El actual gobernador republicano de Louisiana, Bobby Jindal, ya ha pedido a la Casa Blanca más ayuda para paliar los daños. El huracán Isaac ha complicado mucho el plan de gentrificación de Nueva Orleans, con el que la clase política y los promotores prentenden convertir el sur del estado en una nueva Florida a la que acudan a jubilarse plácidamente ancianos acomodados de todo el país. Su plan es sencillo. La reconstrucción tras el Katrina se hizo a expensas de la población más pobre y con la finalidad de decolorar racialmente una ciudad en la que cuatro de cada cinco habitantes son negros. Por ello, algunos barrios que resistieron intactos a la tormenta han sido derribados y se ponen trabas burocráticas a quienes regresan desde Baton Rouge o Houston, como se muestra en la serie de David Simon, Treme. Pone la piel de gallina internarse en el Ninth Ward y ver como nueve de cada diez parcelas albergan viviendas en ruinas o simplemente cimientos desenterrados. Sin embargo, su plan para atraer rentas más altas a la ciudad falla en el mismo punto en el que los diques no soportan el embate de la crecida en el rio Mississippi y el lago Pontchartrain. Su codicia urbanística no había previsto la necesidad de construir barreras duraderas. Por eso, en Nueva Orleans, los meses de agosto acaban en tragedia. Inexplicablemente, no dejo de pensar en volver, mientras quede algo en pie. Sé que merecería la pena porque, de algún modo, sé que la Crescent City seguirá ahí, negándose testarudamente a convertirse en ruinas para turistas.


Complejo de superpotencia

 
Mientras EEUU repliega lentamente su presencia militar global y la economía arrastra a Europa por el fango, China continúa su marcha inexorable para convertirse en primera potencia mundial. Su crecimiento económico anual ronda el 10% desde hace lustros pese a que se basa en un sistema desequilibrado que permite grandes fortunas y salarios de miseria, mientras el resto del mundo coquetea con la recesión. Las grandes compañías internacionales, como Apple, mantienen macrofactorías en las ciudades del interior de China, de esas en las que se instalan redes en bajo las ventanas para evitar los suicidios, mientras Shanghai o Hong Kong viven de pleno el capitalismo de mercado. A este poderío financiero se le suma un estado totalitario y el mayor ejército del mundo pero falto de actividad. Por el momento. Pekín ve cercano el momento de reemplazar a EEUU en el puesto de primera potencia económica, un fenómeno que el Banco Mundial prevé para los próximos diez años. Pero la primacía financiera no es suficiente para los jerarcas chinos, que recelan de amplia presencia de tropas estadounidenses en su esfera de acción. Para superar ese complejo de inferioridad bélico, el gigante asiático ha anunciado un incremento de su presupuesto militar por encima del 11% este año, duplicando su gasto en defensa respecto a 2006 y en espera de volver a duplicarlo en 2015. Pekín sigue negando que se trate de una carrera armamentística, sino una necesidad nacional de cara a defender sus intereses económicos y territoriales.

 
China mira a su alrededor y enseña los dientes. Alejada de conflictos ajenos en Afganistán o Irak, la batalla para la que el ejército chino se prepara se librará en sus costas. Tras años centrando sus esfuerzos en reprimir el separatismo uigur y tibetano en su frontera occidental, la armada china centra ahora sus esfuerzos en el Pacífico, la nueva frontera crucial en la que sus intereses se encuentran directamente con los de Washington. Observando el mapa de la región Asia-Pacífico, Pekín se ve rodeada por aliados del Pentágono como Japón, Corea del Sur, Australia, Taiwan, Filipinas o Tailandia, mientras que viejos amigos como Vietnam, Indonesia o Malasia se muestran cada vez más beligerantes. Prueba de ello es el conflicto del Mar del Sur de China, en el que hasta seis países se disputan la demarcación de las fronteras. Estas aguas, por las que transcurre el 50% del tráfico global mercante, albergan reservas de petróleo y gas comparables a las de Kuwait o Qatar y el 8% de las capturas pesqueras globales. El 80% de las importaciones energéticas chinas y más de un billón de dólares en comercio estadounidense atraviesa el estratégico estrecho de Malaca. Por eso, EEUU y China parecen haber elegido este escenario como primera etapa en la lucha por la hegemonía global. Los halcones del Ejército Popular desplegaron a principio de año un contingente militar desde el Índico al Pacífico y han reclamado la totalidad de las aguas en disputa, lo que ha sido contestado por el Pentágono reforzando con tropas y armamento sus bases militares y ampliando los fondos a los enemigos directos de China en la región. Entre estos nuevos amigos de EEUU está nada más y nada menos que Vietnam, que en los setenta repelió la invasión yanqui y en los ochenta defendió sus aguas territoriales en varias batallas navales contra el imperio chino.


El futuro del Mar del Sur de China, o Mar de Filipinas Occidental, según a quién se le pregunte, puede decidir el próximo liderazgo mundial. El modelo de dominio unilateral desde Washigton podría dejar paso a otro capitaneado por Pekín o a un nuevo orden multilateral en el que las potencias emergentes pueden tener mucho que decidir. De China depende si su poderío económico se dispersará en aventuras militares como las del imperio americano. De momento, sus complejos de inferioridad militar pueden limitar el desarrollo de un país que, más que victorias bélicas, necesita urgentemente libertad política y dignidad laboral.

Visado de turista


A veces no os echo nada de menos, voy y vengo y, al poco, cambio disimuladamente de tema. Me dejo llevar por el trajín de las maletas y desaparezco de la circulación unos días, aunque sólo sea por no seguir otro camino que el que yo elija. Llamadlo turismo, a mí me sabe a libertad. Llamadme simple, pero es cierto me gustan los aviones y tachar ciudades del mapa. Colecciono puñados de tierra de todo el mundo y en mi pared hay planos usados de las calles donde quemé zapatilla. Me gasto los cuatro cuartos que gano en ir y venir para perderme y perderos un rato de vista. Puede que sea común, pero también es un placer amargo. Sabes que, por mucho que corras, nunca podrás estar en todos los lugares que quieres conocer, una vida no es suficiente, aunque, pensándolo bien, es mejor que sea así.


Cierras los ojos y, de pronto, estás en otra parte y todo parece nuevo a estrenar, todo está por vivir. En parte es la luz y en parte es el olor. Cada ciudad tiene su proporción única de estos dos elementos y uno no puede descubrirla solo. Por eso, hay que dejar que los pies vaguen a sus anchas, saber demorarse donde lo merezca, atreverse a cruzar otra calle, mezclarse, distanciarse y observar. Y, sobre todo, saber irse, saber volver. Por eso, la clave no sólo es el dónde, sino que casi siempre reside en el con quién. Cada ciudad es una historia que necesita personajes, trama y metraje, por fugaz que sea. Copenhague, tú y yo, dos años detrás y mucho guión por delante.

Those were the days



Escuchar tararear a Mary Hopkin este hit olvidado de finales de los sesenta me devuelve a un pasado tan lejano que no consigo recordarlo con claridad. Me trae imágenes difuminadas, de un niño muy pequeño que juega a apilar cubos sentado en una tabla de madera, mientras su abuela cose a máquina y su madre trajina por la casa. El resto, son flashes inconexos de mi infancia y demás parafernalia de los ochenta. Hoy he vuelto a escuchar esa canción, por mera casualidad. Leyendo el periódico, he acabado buceando en la historia de Guinea Ecuatorial, el país más rico del mundo con mayor población viviendo en la miseria.


El clan del dictador Teodoro Obiang mantiene el poder aboluto gracias a las vastas reservas petrolíferas del país y la complicidad de socios tan recomendables como Mohamed VI, Condoleeza Rice o El Pocero. Poco bueno se puede decir de un sátrapa que acumula riquezas insultantes al igual que denuncias por vulnerar los derechos humanos. La oposición denuncia en voz baja sus atropellos, que incluye ejecuciones sumarias, torturas e incluso canibalismo, obviados por los medios occidentales. Su amistad sonroja y enriquece a partes iguales a socialistas como Bono y conservadores como Trillo, mientras sus herederos dilapidan su riqueza entre París, Las Palmas y Venice Beach.


Pero no es del cleptócrata Obiang de quien quiero hablar. Uno de los pocos actos acertados de este tirano guineano fue el de derrocar a su tío Francisco Macías Ngema, que pasará a la historia en el capítulo de los más infames. Ngema, megalómano al estilo norcoreano, fue el líder local en quien el ministro franquista Manuel Fraga depositó el poder tras la apresurada descolonización española y éste no tardó en ofrecer pruebas de su "valía". Entre otras ocurrencias, prohibió el uso de zapatos y medicinas, algo que el dictador consideraba antiafricano, al tiempo que hundió todos los barcos y botes del país para evitar que sus ciudadanos huyeran al extranjero. En su delirio, llegó a proclamarse único dios, se declaró seguidor de Hitler y obligó a sus súbditos a llamarle "gran maestro de la educación, las ciencias y la cultura". Todo ello poco después de haber prohibido la enseñanza y perseguido a todos aquellos que hubiesen recibido educación, que llevasen gafas o tuviesen en su poder cualquier libro.


Entre 1968 y 1979, Macías convirtió Guinea en lo que los historiadores han llamado el Auschwitz de África, asesinando brutalmente a un 15% de la población de su país y precipitando el exilio de muchos más. En el colmo de su locura, ordenó ejecutar a 150 opositores el dia de navidad de 1975. Ese día, en el estadio nacional de Malabo, una banda interpretaba sin descanso Those were the days, mientras los soldados asesinaban uno a uno a los condenados. Cuatro años después, él también acabaría frente a otro pelotón de fusilamiento, en este caso de mercenarios marroquíes a sueldo de su sobrino Teodoro Obiang. Sin embargo, esa escena de música mezclada con el repiqueteo sordo de las ametralladoras, pervivirá en la memoria universal de lo infame. Esa imagen, chocante y patética, es un reflejo de lo más mezquino y sonrojante de la condición humana. En mi cabeza, paradójicamente, esa melodía irá siempre acompañada por uno de los recuerdos más felices de mi niñez.

Ultramar

Una semana al otro lado del charco. Ése era el trato, y se ha cumplido con creces. Todo comenzó en un caos de maletas, escalas, colas de seguridad y kilómetros de carretera. Casi veinte horas para saltar de Barajas a Philadelphia, de Atlanta a Montgomery, Alabama, hogar de la primera Casa Blanca de los confederados. Y al día siguiente, el destino deseado, Nueva Orleans. Todavía no se ha disipado el jetlag y aún puedo sentir cómo era estar allí, con mis cuatro compadres, vagando por desfiles y conciertos y siempre de bar en bar. Resuena en mi cabeza la banda sonora de todas las bandas y charangas que desparraman swing por las calles y garitos de la Big Easy.


Junto a ese sonido vibrante y divertido, guardo memoria de la amabilidad incondicional de cientos de extraños que se cruzaron en nuestro camino. Como Lucy, la cincuentona neoyorkina que vino a la ciudad de vacaciones hace más de dos décadas y ya no quiso marcharse. Sus recomendaciones nos llevaron a probar los po'boys de carne de aligator y el jambalaya de Coop's. Su cerveza Naw'leans convirtió el Johnny White en un centro de gravedad en plena calle del pecado, la mismísima Bourbon Street.


También recuerdo a Jerome, nuestro colega en el Mardi Gras más castizo. Nunca olvidaré su cara de asombro y orgullo cuando se enteró de que aquellos cinco blanquitos con los que compartía cervezas venían desde más de cinco mil millas al este para ver su barrio, el emblemático Treme en el que fuimos los únicos rostos pálidos aquel martes de carnaval. Disfrazados de presidiarios, deambulamos por los desfiles de Saint Charles hasta Canal Street, detenidos cada cien metros por espontáneos que nos pedían entre carcajadas hacerse una foto con nosotros. Debíamos de ser una imagen pintoresca, cinco europeos sonrientes siguiendo a las charangas y pidiendo collares a las carrozas.


Más allá de la pobreza extrema, del drama humano constante, de las cicatrices visibles del huracán en el Ninth Ward, aquella gente nos recibió como a hijos pródigos, nos ofreció orientación en el tumulto, conversación franca y música hasta altas horas. Los trajes imponentes de los jefes indios y su alegría subversiva son una lección de dignidad en ese escenario de tragedia constante. En Frenchmen Street, aprendimos que no hay mejor auditorio que el cruce de dos calles y creímos codearnos con Antoine Baptiste en el Spotted Cat. Sólo los predicadores oportunistas y los fanáticos del dios del odio pudieron cortarnos el rollo, profanando la fiesta de Nueva Orleans con sus rezos y proclamas sobre el infierno. Los sin dios nunca irrumpiremos en vuestras misas para echaros en cara vuestros millares de defectos. Preferimos mecernos al calor de un saxo, mientras chirrían las tablas de lavar y atruenan bombos y contrabajos.


Después, tras el Mardi Gras, llegó Atlanta, de la que sólo cabe rescatar el Sweet Auburn, el barrio donde Martin Luther King inició la insurrección de los hombres libres. Ahora, ya de vuelta, la realidad reclama atención constante y avecinan cambios en el horizonte. Terminado este paréntesis de libertad en Ultramar, toca remangarse para bregar aún más duro. Mientras picamos piedra y abrimos veta, tararearemos Carnival Time, de Al Johnson, y soñaremos con el atardecer en Louisiana. Laissez les bons temps ruler, mes amis.

Reencuentros en mi cocina


De un tiempo a esta parte, vivimos una época severa, de ceño fruncido y músculos en tensión. Te agarra por el cuello y te obliga a mirar sólo por tu subsistencia, olvidando cualquier aspiración creativa. Conseguir o conservar un trabajo, mantenerse al tanto del mundo y de los tuyos, defender una postura, hacer frente a facturas y demás atracos y sacar diez minutos para dejar la mente en blanco. Así se van los días sin apenas darnos cuenta. Demasiado preocupados por tener en este tiempo de escasez, que no dudamos en sacrificar placeres por meras promesas de futuro. Por eso, de vez en cuando, uno tiene que clavar los dos pies en el suelo y poner todo su empeño en frenar el ritmo vertiginoso que te aleja de ti. Todo va tan rápido que, a veces, podemos desconocernos a nosotros mismos. Me ha pasado hace cinco minutos. Redescubirir un sonido, un espacio, una cualidad. Yo soy capaz de hacer eso, no voy a decir el qué porque cada cual tiene lo suyo. Mientras allá afuera encienden presidentes como si fuesen cerillas esperando que se haga de día, aquí dentro hay que sacar partido a lo mucho que podemos hacer para no hundirnos en el barrizal. Avisados quedan. No, señores, yo no estoy en crisis. Si lo estuviera, jamás habría llegado hasta aquí por mi cuenta y riesgo.

Veinticuatro horas despierto


Son las ocho de la mañana y acabo de volver del trabajo. Hace veinticuatro horas, cuando abrí los ojos, estaba en Bruselas. En una habitación de hotel a pocos metros por encima de las terrazas cerveceras de la place de l'Agora, dos cuerpos desperezan la última mañana de su escapada a Brujas, Gante, Amberes y la supuesta capital europea. Tras el envoltorio, este regalo de cumpleaños escondía mejillones, miles de paseos, cuadros de Magritte, kissing-points, fachadas góticas, bares de blues en directo y todo tipo de cervezas desconocidas. La última mañana tuvo un poco de todo eso, escudriñando los mapas en busca de puntos estratégicos que conquistar a medias. Desayuno, vagabundeo monumental, una bière que todavía no habíamos probado y una mesa para dos sobre la que devorar el último hallazgo gastronómico. El escenario y los personajes -benditos personajes bizarros- nos mostraron un país desconocido, que sobrevive con mucha dignidad a año y medio sin gobierno. Bélgica vive en la anarquía y le va mejor que nunca. La economía ha remontado y, por primera vez en décadas, valones y flamencos unen sus voces bilingües para denunciar la impunidad de la crisis y reírse de sus políticos. Una muestra más de lo bien que se gobierna la gente cuando el estado se limita a garantizar la sanidad, la educación y el asfalto sobre las calles.

Con la excepción de una pequeña siesta sobre su hombro suave antes de subir al avión, todavía sigo despierto. A la vuelta, tras una despedida con sabor a reencuentro y una parada en casa con la familia al completo, trabajo. El reloj empieza a hacerse cuesta arriba y te invade una sensación de irrealidad. De camino a la radio, juro que me topé un monte de hielo de un palmo de alto junto a la acera y, dos calles más allá, con una enana bailando con un barbudo. Con la costumbre de gastar zapatilla bien aprendida en los campanarios de Flandes, los pies me llevaron solos hasta mi mesa. Ocho horas descifrando teletipos, discursos y fuentes, intentando esconder al micro el precio del desvelo en la garganta. Pasado el umbral del sueño, la espalda se entumece y la capacidad de improvisación se embota, pero surge de la nada una energía inexplicable y primitiva que mantiene el cuerpo en pie. Y si no, se tira de oficio. Al volver a casa, ordenador encendido, fruta, cereales y algo de ejercicio para regresar a la vida real. Veinticuatro horas más tarde, ato los cabos de este día en dos países completamente distintos, el de las vacaciones compartidas y el de la rutina de informativo. Me viene a la mente la Delirium Tremens. Pero ya es hora de apagar las velas de este cumpleaños. Superado el reto de la vigilia, es otra vez de día y me toca volver a soñar con una ciudad nueva, dos maletas en el portaequipaje y sus palabras en el idioma que me pone los pelos de punta.

Cifras obscenas


La información económica hace pocas cosas buenas por ti, pero sin duda te vuelve extremadamente resistente a la naúsea. Hay quien dice que trabajar entre números te separa de la realidad, de las caras, los sentimientos y las tragedias que se esconden tras ellos. Y eso es verdad, aunque sólo en parte. Esta mañana, la portada de Público nos desvela el coste económico bruto del rescate a la banca con el que se buscó sin éxito poner fin a la crisis económica. Nada más y nada menos que 2 billones de euros con b de bancarrota, un enorme robo a gran escala de dinero público al que hay que sumarle otros 3 billones procedentes de los bancos centrales. El resultado no puede ser más desolador. Los bancos se han recuperado completamente de su ruleta rusa bursátil, han eliminado a la competencia, absorbido a las cajas y, para mayor escarnio, demostrado la supremacía del poder financiero frente al poder político, la autoridad judicial y la soberanía popular. No contentos con eso, tienen la excusa perfecta para negar créditos a quien los necesita para poner la economía en marcha. Y, por si no leen los periódicos, seguimos al borde de una nueva recesión.

Es nauseabundo pensar que esos 5 billones sólo han servido para que bancos y otras grandes corporaciones eleven sus beneficios a niveles de récord. Sobra decir la cantidad de catástrofes evitables que podrían haberse resulto con un pequeño porcentaje de esa cifra. Hambre, desigualdad, analfabetismo, marginación, servicios públicos, vidas dignas. Nada de eso merece un sólo euro. El dinero de nuestros impuestos se emplea en bonus a grandes empresarios, ejércitos privados, inversiones de riesgo, financiación opaca y otras maniobras de enriquecimiento obsceno. Mientras tanto, y por seguir el hilo de las cifras, el IVA ha aumentado un 2%, el IRPF muerde más al currela que al dueño del Audi, la jubilación se ha alejado 2 años y las hipotecas cubren vidas enteras e incluso sobrevivirán a sus dueños. La usura se ha adueñado del mundo y armada con números, balances y cuentas pretende que no nos demos cuenta. Su violencia social, la que nos arroja cada día a las fauces de la pobreza, supera en depravación la caída de todas las torres gemelas del mundo. Menos mal que aún nos queda la capacidad de sorprendernos y asquearnos. De momento. Sigan viendo la televisión y ya verán lo pronto que desaparecen esos molestos síntomas.


Retorno al caos

Otra vez es lunes y, mientras continúa el chaparrón de malas noticias, parece que la tormenta perfecta vuelve a estallarnos en las narices. Y por muchos sacrificios que ofrezcamos a los dioses caprichosos, nada parece ser suficiente para calmar su cólera. Me explico. Las bolsas caen a un ritmo endiablado, crece el nerviosismo y los agoreros dicen ver a lo lejos una nueva recesión tras cuatro años de transitar en el desierto. Más paro todavía, más recortes sociales y menos lógica en los mercados es lo que se avecina. Más de lo mismo, sólo que en formato aún más salvaje. Es lógico, hemos dejado que el mundo financiero pruebe la carne humana y ahora ya nada puede saciarle. De nada sirve que convirtamos nuestros contratos laborales en poco más que remedos del feudalismo medieval o que renunciemos a una sanidad gratuíta, una educación de calidad o a una jubilación merecida. Incluso hemos sido capaces de permitir que mutilen al gusto de los inversores esa constitucion inamovible de la que tanto se enorgullecen los mediocres y los desmemoriados y que ya nunca más reflejará un consenso democrático.

Alguien ha decidido que nos vamos a venir abajo y nada de lo que podamos ofrecerles podrá conseguirnos una salida airosa. Quieren todo lo que tenemos y no tienen porqué ofrecernos nada a cambio para conseguirlo. La culpa es nuestra. Les dejamos legalizar la piratería financiera y ahora ya no podemos quejarnos de que nos roben la cartera, los derechos laborales, la educación y la sanidad públicas y gratuítas. ¿O acaso alguien espera que los corruptos a los que hemos entregado los gobiernos persigan a los usureros y especuladores que les llenan los bolsillos? La culpa es nuestra por no haber sacado la guillotina en 2008, cuando el primer iluminado sugirió que había que rellenar los agujeros de la banca y las grandes corporaciones con dinero de nuestros impuestos. Terminó el verano y la crisis, infatigable compañera de los últimos años, ha vuelto de vacaciones con ganas de recuperar el tiempo perdido. Bienvenidos de nuevo al caos constante en el que todos tienen la mano metida en tu bolsillo mientras gritan en tu oído pidiéndote calma. Ahora, ya sólo nos queda esperar sentados a la orilla de la playa mientras el tsunami sigue cogiendo altura antes de estallarnos en la cara. Pero no seamos tan pesimistas, que seguro que los nuevos amos nos dejan ver la tele entre latigazo y latigazo.

Intolerantes


Vivir en Madrid durante la última semana ha supuesto un auténtico examen práctico de tolerancia. Y yo, al igual que muchos otros, lo he suspendido. La Jornada Mundial de la Juventud, ese macroevento católico dedicado a captar nuevas vocaciones y lavar la sórdida imagen de la Iglesia, ha tomado las calles, los parques, los andenes de metro y los titulares de los informativos. Imposible ir a trabajar, ver un telediario o pasearse por el centro sin cruzarse con docenas de jóvenes cantarines aspirantes a catequistas, ataviados con sus mochilas amarillas, sus gorros patrocinados y sus banderas nacionales. Reconozco que he hecho todo lo posible por evitar el contacto con ellos. No entiendo ese impulso idólatra que les lleva a rendir culto a una persona, como Italia hizo con Mussolini, la URSS con Stalin o China con Mao. Más allá del evento en si, con todos los problemas de limpieza, movilidad y seguridad que crea una Jornada que "milagrosamente" durará cinco días, lo más criticable no tiene que ver con las previsibles críticas de Ratzinger al laicismo y la sociedad moderna, sino con la parte que corresponde al estado español, sus dirigentes y los grandes empresarios.

Por una parte, la financiación de esta exaltación papista ha levantado críticas de amplios sectores de la sociedad, que ve como los grandes bancos que niegan créditos o las empresas que acortan sus plantillas otorgan fondos a la iglesia para patrocinar las jornadas y, además, desgravar casi todo el dinero aportado. Las distintas administraciones, que ya aportan al clero cerca de 10.000 millones de euros, han ofrecido "desinteresadamente" pases libres para los transportes públicos, alojamiento gratuíto en colegios públicos y tickets de comida. De este modo, los peregrinos apenas han dejado dinero en los comercios locales que deberían haberse beneficiado de este plus extra de turistas en pleno agosto. Los viajeros ajenos a la visita papal, como muchos habitantes de la ciudad, han huído de la capital para evitar la riada de fervor.

Sin embargo, todo esto quedaría en un segundo plano de no ser por la violencia policial injustificada contra los ciudadanos ajenos a la visita del papa católico. Los mandos del Ministerio del Interior, la Delegación de Gobierno y el ayuntamiento lanzaron a los perros de presa contra manifestantes laicos que protestaban de manera pacífica contra la financiación de la JMJ. Sucedió el miércoles, cuando los antidisturbios cargaron sin provocación previa contra una manifestación autorizada, después de permitir horas antes que grupos de fanáticos religiosos generaran tensión, interponiéndose en el recorrido de la protesta pactado previamente con el Gobierno. Volvió a suceder el jueves, cuando la policía acordonó a los manifestantes que se concentraron en la Puerta del Sol contra la actuación violenta de esos mismos agentes apenas unas horas antes. Horas después, tras quedarse con sus caras, empujaron hacia la calle Carretas y les golpearon con saña para hacerles huir. A los que escapaban, les esperaban partidas de antidisturbios para apalizarles aleatoriamente, como sucedió a una menor de edad y al fotógrafo que inmortalizaba la brutal agresión.

Todos hemos visto esas imágenes, en las que esos agentes sin placa a la vista se ensañan con personas indefensas. Seis compañeros de la prensa han sido agredidos por la policía y muy pocos medios españoles lo han denunciado. Detrás de esa inexplicable barbarie fascistoide, los responsables políticos han respaldado cada una de las agresiones, cada uno de los porrazos contra ciudadanos como yo, que nos volvemos incómodos al salir a la calle a protestar por el boato papal pagado con nuestros impuestos. Autodenominados socialistas han defendido el segundo mayor despliegue policial de la historia de la democracia, mientras que la oposición conservadora se ha limitado a criticarles por ser excesivamente blandos en la imposición del estado policial en la capital de un país que se dice democrático y aconfesional. Avanzamos hacia atrás. Mientras los antidisturbios cargaban, el juez Andreu dejó en libertad a José Antonio Pérez Bautista, un joven mexicano becado en el CSIC que juró lanzar gas sarín contra ateos y maricones. Nadie investigó sus conexiones con la JMJ en la que participaba como voluntario este estúpido émulo de Breivik que buscó secuaces para su cruzada fundamentalista por Internet.

En cualquier caso, estos pocos días han servido para demostrarme una vez más que no somos pocos los que estamos hartos del orden establecido. Una vez más, mis previsiones se quedaron cortas para medir a la marea humana que se concentró contra el Papa en Tirso de Molina, Jacinto Benavente y Sol. En las calles, en cada vagón de metro, reconfortaba reconocer en las miradas de los demás el mismo sentimiento ante la marea católica y sus perros de presa. Somos muchos los que esta semana hemos descubierto que somos intolerantes. Intransigentes con el dogma y la violencia con la que se aplica, con los excesos de policías y antidisturbios y con los jefes políticos que dieron las órdenes. La iglesia sigue teniendo mucho poder sobre el estado y nos preguntamos por qué. Y por eso, nos reciben con porras.


Aterrizaje forzoso

Medio retornado de la vacaciones, miro a mi alrededor y veo que el caos se ha convertido en la canción del verano. Arden los barrios de Londres, Manchester y Liverpool como sucedió años atrás en la banlieue de París. Entonces, como ahora hace el premier David Cameron, el presidente Sarkozy se limitó a acusar a la chusma de los saqueos, sin resolver las causas que llevan a miles de jóvenes al saqueo de tiendas y centros comerciales. Y, precisamente por eso, estos estallidos de rabia están condenados a repetirse. La exclusión social, la carencia de oportunidades y una educación precaria ofrecen pocas perspectivas de solución para cientos de personas expulsadas del bienestar europeo. Y a esto hay que sumarle los desmanes de la crisis, los recortes draconianos y la impunidad de los culpables del caos económico en el que vivimos. Nada justifica el robo y la violencia callejera, aunque puede argumentarse que los jóvenes ingleses sólo siguen el edificante ejemplo de políticos, inversores y demás ralea.
El euro está bajo el ataque constante de especuladores extranjeros y por eso las bolsas caen cuando Bruselas da pasos para resolver sus problemas financieros. Mientras, suben los transportes públicos, las facturas y los sueldos de los cargos públicos recién elegidos. Hoy hemos sabido que la energética alemana E.on, dedicada a los reactores nucleares, estudia despedir al 13% de su plantilla, unos 11.000 trabajadores de catorce países, entre ellos España. El bienestar y la normalidad parecen estar en peligro de extinción. De vuelta de un paréntesis necesario, la realidad presenta turbulencias constantes que fuerzan un aterrizaje forzoso. Aunque sólo sea por llevar la contraria, me niego a dejarme arrastrar por el desánimo general que se nos ofrece a diario. Aunque sólo sea por llevar la contraria, hay que seguir exigiendo la vuelta a una normalidad necesaria de la que nadie se vea excluído. ¿Y qué es lo normal? ¿Una vivienda asequible, un salario justo, servicios públicos y un gobierno sin corrupción? Lo que se exige es tan lógico, que nadie puede negar el derecho a reclamarlo. Por eso se esfuerzan en mantenernos agobiados. Que tengan un feliz aterrizaje.

Estranha forma de vida


Me pilláis de paso, entre andenes y puertas de embarque. Ayer, en Lisboa, hubo reencuentro con escenarios históricos y se forjaron nuevos recuerdos, hechos para perdurar y reforzarse. Secundado por mi cómplice favorita, los largos, los becos y los tranvías fueron aliados de una huida dibujada en vinho verde y arena de playa. Portugal acudió esta vez al rescate, al contrario de como graznan los mercados. Sólo así pudieron dilatarse esas setenta y ocho horas para dar cabida a las conversaciones, los descubrimientos y las miles de imágenes que atesora la retina de la Nikon. Tengo que agradecer un paréntesis necesario que nos mantuvo al margen de las cobardes puñaladas fascistas del norte y de la constante letanía de malas y peores noticias. Habrá que recordarle una vez más a la ultraderecha quién perdió la II Guerra Mundial. Más allá del mundo real, mi portugués terminó de oxidarse y hubo que aguzar el ingenio para dejarse llevar, atravesando a duras penas las puertas del comboio. Todo concluyó al final del rail del 28, encaramados a la vieja colina, observando las luces de la ciudad sumergirse en el Tejo y jugando a tener varios siglos a la espalda. Volveremos cuando florezcan los claveles y, mientras tanto, rehago por tercera vez la maleta para volver a hundir los pies en el Atlántico. Julio está cumpliendo sus promesas y ahora seré yo el que haga honor a las mías en agosto. Hasta entonces, echadme un poco de menos.

Arqueólogos, saqueadores y majarajás

En India, un grupo de investigadores y de bomberos encontraron el sábado pasado un tesoro escondido en las bóvedas subterráneas del templo hindú de Sree Padmanabhaswamy, cercano a la ciudad malabar de Kerala. Estatuas de oro macizo, toneladas de joyas suntuosas y cientos de piedras preciosas ocupan una cueva oculta en el panteón de los antiguos majarajás de la región. Se trata de uno de los mayores tesoros hayados por el hombre, algo más apropiado para una novela de Verne que en la cruda realidad india. Las autoridades del Estado de Kerala, feudo tradicional de la izquierda laica hasta las elecciones de mayo, han desplegado a la policía y a varias unidades del ejército para evitar el saqueo de esta reciente riqueza, valorada por la agencia Reuters en cerca de 12.000 millones de euros. Detectores de metales, cámaras y patrullas armadas con largas porras protegen ahora el santuario, que ha guardado durante cinco siglos su secreto.


El problema fundamental de encontrar un tesoro, según el gobierno local, no reside en su búsqueda, sino más bien en el segundo después del hallazgo. El estado federal indio es dueño de la mayor parte de los templos del país, en parte para preservar el patrimonio milenario pero también para sacar más rendimiento del turismo. Sin embargo, este templo en concreto alberga la cripta de los reyes de Travancore, uno de tantos estados títeres en los que los británicos delegaban el gobierno de su vasto imperio. Por ello, los dueños del templo son los descendientes del último majarajá, que todavía ostentan su título en el seno de la democracia más poblada del mundo. Nueva Delhi ya ha puesto a trabajar a los jueces del Supremo para mantener el tesoro, mientras en Kerala algunas voces ya hablan de emplearlo para mejorar la vida de sus habitantes. Según las agencias, una masa enfurecida atacó la casa de un activista que propuso que se emplease para financiar mejoras sociales, sanitarias y culturales en la región. Nadie sabe si actuaron movidos por sectarismo religioso o por la ambición del heredero del rey cipayo, Uthradom Thirunal, gobernante sin poder de facto de una monarquía largo tiempo abolida.


India es lugar de contrastes. Uno de los países más ricos del mundo en población y recursos que se muere constantemente de hambre. Una de las democracias más estables de la región, pese a los tres mártires de la familia Gandhi. Uno de los países más poblados y sociológicamente más diversos, pero acostumbrado a los conflictos religiosos y étnicos. Un centro crucial para la investigación científica, aunque en él pervivan atávicos sistemas de casta. Puede suceder de todo con ese tesoro, aunque lo más improbable es que termine convertido en carreteras, hospitales o escuelas. Hay quien ha propuesto cobrarse los desequilibrios financieros de países menos pintorescos, como Grecia o Italia, expoliando su riqueza artística o natural. Dinero llama a dinero y, tras él, vienen un montón de bastardos.

Arganzuela-Guindalera


El viernes sonaron los Suaves toda la tarde en mi cuarto. Bueno, el que era mi cuarto. Mientras embalaba libros y descolgaba posters, 5 años de mi vida han pasado ante mis ojos. Muchas tardes comentando la jugada en un salón construído con ingenio y con cuatro trastos cogidos de la calle. Demasiadas madrugadas viendo series o inventando brainstormings para encontrar la idea definitiva que nos sacase de pobres. Comidas multitudinarias, huéspedes de sofá, confidencias con la china de enfrente, postales de países remotos, botellones mano a mano, horas tiradas en la azotea despejando la neurona. Y, sin movernos de la azotea, esas grandes fiestas de inesperado renombre con dj y luces en las que pusimos a prueba la capacidad de carga del edificio y la paciencia de los vecinos. Ahora ya da igual. Mi cuarto no es el mío y al fondo del pasillo no está el Piter, ni Juako, ni Berna, ni ninguno de los habitantes sucesivos de esta casa. Si vivo en Madrid es gracias a ellos y a dos dígitos: 2-26. Distrito de Arganzuela, barrio de Palos, mirador de BorderSticks donde da la vuelta el viento y al que he llamado orgullosamente hogar durante un lustro. Pero eso, a falta de varios flecos burocráticos, ya es historia. La que tocará contar a partir de ahora cuenta con un escenario distinto y nuevos personajes, a varios kilómetros al noreste del viejo hogar.


Por delante, un nuevo lugar desde al que mirar frente a frente a las nubes, encaramado sobre un barrio con solera, al sur de la Prospe rebelde y al este del Parque de Breogán, embajada oficiosa de la Galicia doliente. Entre las nuevas paredes de mi nueva madriguera, da la impresión de que no van a caber tantos recuerdos. La conexión manchego-galaico-yankee echa a andar en un mes en el que, inevitablemente, el recuerdo de ausencias e incondicionales viene conmigo, escondido en el zurrón. En una esquina de la calle Béjar, a veinte metros escasos del botellín más barato de la capital, empieza a escribirse un nuevo capítulo de una historia que comenzó hace casi una docena de años en Metropolitano, siguió por el Manzanares hasta la calle Mozart, se demoró un lustro en Arganzuela y ahora se reescribe acechando la retaguardia del barrio de Salamanca. Ya sólo queda terminar de poner orden en una tonelada de cajas y trastos. Que no me pase nada. Sólo dos nuevos dígitos, 4-44.


Lembranzas dunha vieira galega


Na Galiza, o esquecemento é algo cotián. Queixámonos de que, alén do país, os que mandan nunca se lembran de nós para termos unhas estradas decentes, un governo de seu ou un fato de cartos que non nos empurre a migración constante. Os mesmos romanos, chegados as nosas lindes fai dous mil anos, tiveron medo de cruzar o río Limia, xa que crían ter topado co famoso río do Esquecemento, o Lethes que separa o mundo dos mortos do dos vivos e que só un fero Caronte sería quen de desafiar. Esquecer dásenos ben os galegos, malia a fama de sentidos e saudosos que nos precede. Poucos lembran o espírito irredento que mora en nós e que, de século en século, xorde sen dar aviso nunha xeira de carraxe e teimuda dignidade. Na historia están escritos os exemplos dos ártabros céltigos que deteron unha dúcia de anos as invencibles lexións romanas, dos suevos destemidos que só rendían culto ó porco bravo e ó dragón ou das revoltas irmandiñas que venceron os exércitos casteláns da reconquista e choutaron a sete bispos ó río Miño sen temerlle nin un chisco á cólera do seu deus. E sen embargo, todos eles foron esquecidos e deixados nun lado caseque anecdótico da nosa historia.

Esvaéronse coma tamén desapareceu o baril ourensán Alfonso Graña, coñecido como Alfonso I da Amazonia, que chegou a ser rei de cinco mil xíbaros nos anos vinte do século pasado. Ou o noso único astronauta, Fernando "Frank" Caldeiro, falecido fai catro anos en Texas, onde se lle rendiron honores, mentres na terra dos seus pais ninguén soupo del. Conquistadores coma Vimara Pérez, Pedro Sarmiento, Rodrigo de Quiroga ou ídolos do rock coma Jerry García, pai da psicodelia, alma dos Grateful Dead e neto da mesmísima Coruña. Postos a nubrar a nosa memoria, mesmo esquecimos que un dos mellores xogadores de fútbol de tódolos tempos é o herculino Luís Suárez. Eles non teñen a sona de outros, como o generalito, Rouco Varela, Jesús Vazquez ou o mesmo Julio Iglesias. Ises son os galegos que todos coñecemos e sufrimos. Mais persoaxes de semellante catadura non dan para moita fachenda, dado que eles mesmos semellan ter esquecido á súa terra e a súa fala.

O que hoxe me leva a iste exercizo de lembranza non é a reivindicación do evidente, senón un achádego tan inquedante coma revelador. Os xornais de hoxe falan dunha trama de furtivos que rianxaban vieira da ría ferrolá. Nada fóra do común se non fose porque as vieiras de marras teñen consigo unha doenza que leva a quen as come a un estado de esquecemento. Non é que tódalas vieiras teñan de por sí esas propiedades, senón que as repetidas mareas negras nas nosas costas infectaron o noso bivalvo máis emblemático coa toxina amnésica. Quizáis sexa por iso que os galegos esquecemos, por unha condena case poética. Non fixemos nada por coidar o que é noso e agora a natureza vóltanos o golpe onde máis nos doe. Na saudade e no bandullo.

Seis


Hoy estamos de celebración, y por partida doble. Este país dos placeres amargos celebra su sexto cumpleaños y lo hace con su post número cuatrocientos. Recuerdo aquel mes de mayo de 2005 y de cómo se gestó esta idea gracias a un amigo desenfocado y a una solitaria en Kyoto. El tipo que comenzó este recorrido no era muy diferente del que ahora escribe, aunque todo a su alrededor haya cambiado miles de veces a lo largo de estos seis años. Me viene a la mente mi primer post, o el momento en el que empecé a conocer en persona a muchos de los que dejaban caer un comentario de cuando en cuando, o alguna de mis proverbiales desapariciones, tras las que apetece volver y contarlo. Una parte muy importante de mi vida está reflejada entre líneas en este blog. Juntos, aprendimos a sobrellevar la amargura de noviembre, a saborear ávidamente las pequeñas cosas y a vagabundear para evitar males mayores. Este ha sido desagüe de las amarguras, almacén de imágenes inconexas, vía de escape de ideas delirantes, escenario de historias imposibles y memoria cruda de un tiempo irrepetible. Vehículo de una melancolía que, como buen hijo de mi país, me ha de acompañar hasta el final. Y no sé por qué pero, si la estadística no engaña, cada día sois unos pocos más los que seguís al otro lado. Mentiría si dijera que lo hago por vosotros, pero me alegro de tener compañía en este viaje. La ruta, ya la iremos trazando. En la calle, suenan fuegos artificiales y me subo a las alturas a comenzar a tramar que vendrá después del sexto peldaño.

La plaza es nuestra



Lo dije hace meses y no quisisteis creerlo. Vivimos en tiempos de cambios en los que sucesos extraordinarios ocurren continuamente y todo parece posible. Ayer se hizo realidad y esta noche ha vuelto a confirmarse. La Puerta del Sol pertenece ahora por derecho propio a aquellos que, armados sólo con su dignidad y su rabia, han conseguido organizarse y repeler cualquier intento de violencia policial. A las ocho de la tarde, el Kilómetro Cero era ya un hervidero de gente diversa, de edades, opiniones y procedencias distintas pero un único objetivo, reclamar la necesidad de un auténtico cambio democrático, económico y social. Las más de tres mil personas que asistimos a la concentración de Democracia Real Ya fuimos conscientes en ese momento de nuestra verdadera fuerza. En otras treinta ciudades, se estaban produciendo movilizaciones simultáneas, muchas de las cuales derivaron también en acampadas de "indignados", como en Barcelona, Málaga, Granada, Palma de Mallorca, Santander, Zaragoza, A Coruña, Vigo, Bilbao o Santiago. Otras muchas, como Ourense, Burgos, Oviedo, Sevilla, Toledo o Guadalajara, entre muchas otras, lo harán hoy a las ocho de la tarde.


Ese es nuestro poder, el de no pertenecer a nadie, un poder que nos permite estar presentes en todo el país sin necesidad de estructuras partidistas, líderes carismáticos ni redes clientelares. O lo que es lo mismo, sin recurrir a los sucios métodos del sistema que hemos comenzado a combatir a pie de calle. Combatir sin violencia, sin dar excusas a su policía para que cargue y desaloje. Ahora, los antidisturbios comienzan a darse cuenta que tras expulsar a los acampados en la madrugada del martes, volvimos pocas horas después multiplicados por cien. Así sucederá hoy en Granada tras el desalojo forzoso de hace unas horas. Ayer, los carteles anunciaban el comienzo de la revolución. Hoy, tras conseguir organizar a miles de desconocidos mediante asambleas y comités, la Puerta del Sol ya es nuestra Plaza Tahrir. Y hoy, a las ocho de la tarde, volveremos a llenarla de dignidad y rabia.


Dignidad


Esta mañana he leído una frase preocupante aunque muy reveladora. "Hay lucha de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que dirige la lucha, y nosotros ganamos". Quien firma la cita no es ni más ni menos que el multimillonario estadounidense Warren Buffett, el tercer hombre más rico del mundo y uno de los héroes mitológicos de los tiburones de las finanzas, que le conocen como "el oráculo de Omaha". Por suerte, ayer por la tarde, varios miles de desheredados salimos a la calle en cincuenta y dos ciudades de la Península a decir basta. Ya pasó en Atenas, Londres, París, Lisboa y ahora, en tu ciudad. Emocionante volver a la calle con la razón palpitando en el pecho y la verdad prendida en la garganta. Parados, subempleados, precarios, jubilados, hipotecados y demás parias exigiendo el derecho a pelear por un futuro digno, libres de usureros, corruptos y explotadores. Entre los convocantes, Democracia Real Ya, Juventud Sin Futuro, Attac y muchos otros. El sol estuvo de nuestra parte y nos sentimos multitud, no masa. Seríamos unos 20.000 y pico en Madrid, varios miles, según El País o El Mundo, decenas de miles para el Washington Post, una turba de violentos antisistema en La Gaceta. Las autoridades no se molestaron en dar números porque les asusta echar cuentas.


Poco importa cuántos fuimos, lo realmente grande fue ver dignidad a pie de calle. Ningún altercado, ningún capullo tirando botellas, sólo varias generaciones de tipos cabreados con el retroceso del bienestar, la sociedad civil y la democracia. Pasadas las nueve de la noche, los antidisturbios intentaron desalojar a los remolones que seguían en la Puerta del Sol. En lugar de responder a la provocación, la gente levantó las manos y se negó a moverse. Los policías no se atrevieron a cargar contra una multitud, que no masa, desarmada, desafiante y rodeada de cámaras filmando el plante a pocos metros del mismísimo Kilómetro Cero. Pidieron consejo por radio y se retiraron de la plaza entre aplausos y silbidos. Nunca había vivido algo así y espero no olvidarlo nunca. La prensa habla hoy de los escaparates que rompieron cuatro taraos, olvidando que la policía cargó previamente contra un grupo que cortó la Gran Vía pacíficamente para hacer una sentada. Ahora mismo, otra sentada continúa en la Puerta del Sol, alrededor del Oso y el Madroño. Es lógico, ayer los parias ganaron esa plaza con las manos desnudas. Ayer, los parias dieron un ligero golpe de timón para dejar de seguir perdiendo en la lucha que actualmente están ganando Warren Buffett y los de su clase. Mañana, quién dice que no podamos volver a tomar el Palacio de Invierno.

Gades Gaudium


Y terminó la semana insana con una agradable sorpresa, servida en tacita de plata. Una huída del caos capitalino con destino al vértice de la bahía para reencontrarse con el Atlántico, aunque fuese bajo una lluvia que finalmente fue más benévola de lo que auguraban los oráculos. Un gaditano bien nacido me dijo hace muchos años que su ciudad era sol y no le entendí. Tuve que verlo in situ para sorprenderme cuándo las nubes decidieron esquivar la Caleta, el Mentidero y el Pópulo. Nunca es tarde para conocer el valor genuíno de ciertos tópicos, como el pescaíto frito, las huevas aliñás y las copas heladas de Tierra Blanca.


Lejos de nazarenos y capuchas de verdugo, la ciudad ofrece guiños mozárabes, reminiscencias modernistas y un aroma a decadencia atlántica que recuerda a la Baixa lisboeta. Cádiz libre y desafiante que retó a Napoleón y a Fernando VII, Cádiz de las cámaras oscuras que ven más allá del primer mercado cubierto, de la Plaza San Antonio y la Mina, la Alameda y el refugio a medias en las alturas de la calle Zaragoza. Hilando horarios de aviones, autobuses y trenes de cercanías, haciendo prodigios de orientación y desgranando una conversación constante, adictiva. Nunca pensé ser feliz tan al sur, he de reconocerlo.



Amsterdam blues


Ya de vuelta, con sobrepeso de vicios y trasnoches en la maleta. Días de vagabundeos nepentes en la capital de la bohemia europeísta, esquivando enjambres de bicicletas y haciendo miles de equilibrios para no caer en los canales. Mesura frente a barbarie. Jameson con cola y cartas de menú que se encienden sólo cuando las pulsas. Las avenidas verdes suenan a vals, pero siempre desembocan en callejones tortuosos encendidos de rojo. Siguiendo círculos concéntricos escritos sobre el agua, uno puede encontrar violinistas, rastafarais, bulbos de tulipán o simpáticas vendedoras de arenques amargos. Los escaparates son tan libertinos que lo mismo guardan prostitutas que patatas fritas al estilo de Flandes. Entres donde entres, humo multicolor y batidos de chocolate. Quizás llegué un poco tarde a esta fiesta, pero seguro que no perdí detalle de lo sórdido ni de lo sublime. Lo mejor, las compañías que dilatan la retirada al Veteran para darse una vuelta más por el centro. Nunca un lugar tan plano tuvo tantas historias que contar, nunca tres flojos dieron tanto juego. Y una última lección, convertir las dos eles en una sonriente uve doble. ¿Fuimos héroes? No, pero, por lo menos, volvimos.


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