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Rito iniciático


A menos de 24 horas para poner fin a la veintena, todo parece más o menos igual que siempre, como si el ritual de paso se hubiese olvidado de mí. Entrar en los treinta suena grandilocuente, como si la madurez estuviese asegurada y me estuviese esperando mañana a primera hora. Muchos a mi alrededor me recuerdan que esta será una fecha como otra cualquiera, en una edad como tantas otras, y que los treinta han perdido su significado de final de la juventud, en parte porque, en este mundo en recesión social, muchos cobramos sueldos de aprendiz que no dan más que para malvivir en pisos destinados a gente más acostumbrada al bullicio juvenil del apartamento a compartir. La crisis también nos ha robado los ritos iniciáticos y las ceremonias de paso a la madurez, transformándolos en un ir tirando entre día gris y día negro. 
Mirando hacia atrás, no puedo quejarme de las tres décadas que ya he vivido. De los primeros diez años, recuerdo la casa en la que me crié, las manos de mi abuela, los recreos, mi perro jugando con los charcos de lluvia y los largos veranos de bañador, bici y pelota de futbol. Los diez siguientes fueron años de querer estar en la calle, me descubrieron el mundo y me enseñaron a escribir y las cuatro cosas que sé de la vida. Casi todas, primero me las dijo mi abuelo y luego las aprendí escarmentando en carne propia. Estos últimos diez o doce años los ha dibujado Madrid a mano alzada y Galiza a dolorosa distancia, con tachones, filigranas y anarquía. En ellos, he conocido cuantos lugares han estado al alcance y he recopilado un buen elenco de personajes que merecen una caña al menos una vez a la semana. He sabido lo que ganarme lo que es mío, a veces dejándome pedazos sangrantes de mi interior por el camino. Aprendí que el árbol se dobla, pero no hay viento capaz de desarraigarlo, y que hay que amar lo que se tiene como si fuese a perderse en cualquier momento.
Decía que nada varía ahora que terminan mis veinte y algo, pero visto de cerca, todo parece a punto de cambiar. La radio sigue llamandome a horas intempestivas, aunque hay socios y proyectos que prometen darle emoción a mi hoja de vida laboral. Escribo desde la terraza, encaramado sobre la Guindalera, pero pronto embalaré mis bártulos en cartón y me iré a vivir con ella. Adecuado cambio de escenario, en la compañía deseada, para jugarse en un mano a mano el reto de desafiar la rutina. No podía encontrar una aliada mejor para iniciar esta etapa. He ajustado cuentas con mi karma y puedo decir que he plantado un árbol, he hecho puenting, he cruzado el charco, he dormido al raso, he trabajado en lo que de verdad me gusta hacer, he botado con Rage Against the Machine, con Iggy Pop, con Soziedad Alkohólica y con Los Suaves, he probado los placeres amargos, he desfilado en el Mardi Gras, he enterrado a un amigo, he seguido aprendiendo y he escrito este libro sin páginas que ya tiene siete años. A menos de 24 horas de los treinta, estoy en paz conmigo mismo aunque me deje llevar por mil demonios. Si no, no sería lo mismo.

El Gran Norte

Cuando llegas al Gran Norte, la luz puede cegarte por un instante. Una vez que tus pupilas se han acostumbrado al cielo abierto, hace mucho menos frío de lo que parece. Copenhague está en ese punto en el mapa que marca la frontera hacia el norte indómito y desconocido. El escenario está a la altura de tal título. Encaramada entre las islas de Selandia, Christianshavn y Amager, a medio camino entre el Mar del Norte y el Báltico y a pocas millas de Suecia cruzando el estrecho del Sund, la ciudad ejerce de puente flotante entre Centro Europa y Escandinavia. Todo esto puede verse a pie de calle. Los furiosos vikingos de antaño viajan en viejas bicicletas y un número inesperado de bares acogen, probablemente, el mejor jazz a este lado del Atlántico. Sólo hay que calzarse las zapatillas adecuadas y dejarse llevar por la corriente de los tres canales.


Sólo una ciudad así escondería una fortaleza amurallada en su interior y no presumiría de ella. Como un London Tower con puente levadizo, cañones, molino de viento, barracones de cuento infantil y trincheras de cesped. Al igual que tres islas y tres canales, hay también tres palacios; Christianborg, hogar del parlamento; Amaliemborg, sede de los Schleswig-Holstein; y Rosenborg, custodia de las joyas de la corona. Buscando un poco, uno puede ver sorprendentes colecciones de pintura europea de los treinta primeros año del siglo XX. Más allá del lujo, Copenhague escribe sus mejores historias en las casas ocres de Nyboder, en los bares escondidos de Verstebro, en el sunny side que hace rielar el puerto de Nyhavn y más allá de las fronteras de la ciudad libre de Christiania.

Copenhague, KBH para los locales y CPH para los turistas como tú y como yo, tiene muchas caras y casi todas son amables y hablan mejor inglés que tú. Todo está al alcance de unas zapatillas tercas y un bolsillo sufrido, que echa el resto para devorar smørrebrød y festejar estos dos años juntos con delicias thai y pintas de cerveza en los bajos fondos de Istedgade. Es otra vida, nenos. Un modelo de convivencia que se prueba a sí mismo cada día, sin dejar de permitirse abismos como los mostradores de Pusher Street y el arte salvaje de Loppen, más al estilo punk de Tacheles que al de Chapitô. Días que no volverán, pero que hacen tu vida mucho más interesante. Algo de ti y de mí nunca se irá de allí, jugando con el objetivo macro a las orillas del lago de Ørstedsparken. 8-1-5-0-1, ¿recuerdas? Algún día, puede ser, habrá que refugiarse en una cabaña con parabólica y leña en el patio. Quién sabe, hay mucho Norte por delante para seguir explorando.

Ultramar

Una semana al otro lado del charco. Ése era el trato, y se ha cumplido con creces. Todo comenzó en un caos de maletas, escalas, colas de seguridad y kilómetros de carretera. Casi veinte horas para saltar de Barajas a Philadelphia, de Atlanta a Montgomery, Alabama, hogar de la primera Casa Blanca de los confederados. Y al día siguiente, el destino deseado, Nueva Orleans. Todavía no se ha disipado el jetlag y aún puedo sentir cómo era estar allí, con mis cuatro compadres, vagando por desfiles y conciertos y siempre de bar en bar. Resuena en mi cabeza la banda sonora de todas las bandas y charangas que desparraman swing por las calles y garitos de la Big Easy.


Junto a ese sonido vibrante y divertido, guardo memoria de la amabilidad incondicional de cientos de extraños que se cruzaron en nuestro camino. Como Lucy, la cincuentona neoyorkina que vino a la ciudad de vacaciones hace más de dos décadas y ya no quiso marcharse. Sus recomendaciones nos llevaron a probar los po'boys de carne de aligator y el jambalaya de Coop's. Su cerveza Naw'leans convirtió el Johnny White en un centro de gravedad en plena calle del pecado, la mismísima Bourbon Street.


También recuerdo a Jerome, nuestro colega en el Mardi Gras más castizo. Nunca olvidaré su cara de asombro y orgullo cuando se enteró de que aquellos cinco blanquitos con los que compartía cervezas venían desde más de cinco mil millas al este para ver su barrio, el emblemático Treme en el que fuimos los únicos rostos pálidos aquel martes de carnaval. Disfrazados de presidiarios, deambulamos por los desfiles de Saint Charles hasta Canal Street, detenidos cada cien metros por espontáneos que nos pedían entre carcajadas hacerse una foto con nosotros. Debíamos de ser una imagen pintoresca, cinco europeos sonrientes siguiendo a las charangas y pidiendo collares a las carrozas.


Más allá de la pobreza extrema, del drama humano constante, de las cicatrices visibles del huracán en el Ninth Ward, aquella gente nos recibió como a hijos pródigos, nos ofreció orientación en el tumulto, conversación franca y música hasta altas horas. Los trajes imponentes de los jefes indios y su alegría subversiva son una lección de dignidad en ese escenario de tragedia constante. En Frenchmen Street, aprendimos que no hay mejor auditorio que el cruce de dos calles y creímos codearnos con Antoine Baptiste en el Spotted Cat. Sólo los predicadores oportunistas y los fanáticos del dios del odio pudieron cortarnos el rollo, profanando la fiesta de Nueva Orleans con sus rezos y proclamas sobre el infierno. Los sin dios nunca irrumpiremos en vuestras misas para echaros en cara vuestros millares de defectos. Preferimos mecernos al calor de un saxo, mientras chirrían las tablas de lavar y atruenan bombos y contrabajos.


Después, tras el Mardi Gras, llegó Atlanta, de la que sólo cabe rescatar el Sweet Auburn, el barrio donde Martin Luther King inició la insurrección de los hombres libres. Ahora, ya de vuelta, la realidad reclama atención constante y avecinan cambios en el horizonte. Terminado este paréntesis de libertad en Ultramar, toca remangarse para bregar aún más duro. Mientras picamos piedra y abrimos veta, tararearemos Carnival Time, de Al Johnson, y soñaremos con el atardecer en Louisiana. Laissez les bons temps ruler, mes amis.

Vendredi avant Mardi Gras


Mañana, a estas horas, estaré sobrevolando el Atlántico Norte, a pocas horas de una escala, otro avión, un coche de alquiler, un motel de carretera y varios cientos de kilómetros en la autopista 86. Todo este maratón tiene un único sentido, coronar el Mardi Gras en las callejuelas de la Crescent City, la vetusta Nueva Orleans mártir de huracanes y campeona de mil madrugadas. De vez en cuando, uno necesita desaparecer, desvincularse por un momento de sus rutinas y sus más cercanos para sacar la cabeza de la pecera y mirar más allá, aunque sólo sea para poder darse la vuelta y poder decir "éste es el punto más al oeste al que he llegado". Acaba mi invierno con dos huidas, una con cuatro gambiteros al Carnaval criollo de Louisiana y la señorial Atlanta, otra con ella a ver despuntar la primavera en Copenhague. Maletas, mapas, cambios de divisa, terminales, callejuelas y miles de fotos. Ingredientes de un año que se ha empeñado en contradecir la corriente general y no deja de premiarme con sorpresas, planes y descubrimientos. Hay tanto por hacer que asusta. Nos dejaremos llevar por las calles que resistieron al Katrina, guiados por las brass band e intentando no parecer demasiado pintorescos en una second line. Verde, amarillo y violeta son los colores de guerra, hay una decena de bares míticos en una chuleta y unas zapatillas viejas para dejarse llevar allí donde suene el blues. A veces, merece la pena desaparecer, aunque sólo sea para decir, "llegué hasta allí, y os eché de menos". En una semana, sabreis de mi. No os preocupeis, volveré.

Saboreando lo inminente


Entran y salen de plano las olas de frío y, con la broma, vino febrero y yo con la maleta a medio hacer. Pocos días, buena compañía y billetes del Bayou al Øresund. El horizonte es apetecible y hay ganas de recorrer el camino. Mientras tanto, voy viviendo de fin de semana en fin de semana, apurando los minutos en el aire y elevando los listones más allá de lo que debería. Si no, no funciona como a mí me gusta. Hay algo vicioso en la sensación de mantenerse en vilo, mientras fluyen los segundos y hago malabares para que no me falte el aire entre titulares. Ya rebajaremos las tensiones de la tediosa vida diaria en aquella planta 29 al crepitar de las burbujas y que se rinda Madrid a nuestros pies. Quiero lo que tengo, quiero lo que viene. Capeando las oleadas de la recesión, uno aprende a soplar los vientos a su favor. Requiere su trabajo saber apreciar lo que se tiene y lo que se consigue y, por encima de todo, cómo se consigue. Ahí está la gracia de todo este asunto. No quedan más cojones que ser feliz aunque todo a tu alrededor se esté yendo rápida e imparablemente a la mierda. Afuera, hace mal tiempo. Salgan a la calle y sonrían, aunque sólo sea por llevar la contraria.

Mañá de reis


Traballar en Madrid na noite de reis non ten moitas satisfaccións, de non ser polo intre impagable da saída. Voltar á casa polas rúas baleiras, fai que un se sintao dono de toda a cidade, despois de bregar todo o nadal con beirarrúas ateigadas e megáfonos que berran panxoliñas tétricas. Nesta hora, a miña hora, o ceo regálame o primeiro agasallo desta mañá e saúdame misturando nas nubes cores de lume e xeo. Os demáis agasallos chegarán despois, tren mediante, na capital da crúa Castela que agocha para mín o reencontro máis agardado da miña vida. Agora, mentres se apagan as farolas ó meu paso, vou de camiño á churrería do barrio a mercar o almorzo para as feras que durmen no fogar ou, se cadra, agardan espertas para acompañarme mentras fecho as maletas. Para mín, comezará o novo ano en cando chegue o teu carón e poñamos en hora os nosos reloxos.

Solaina de inverno


Solpor a carón do mar. Abraia ver como os mesmos espazos que se enchen no verán do balbordo dos bañistas semellan fóra de lugar ó pasar setembro. Agochan en sí unha beleza desolada, coma se unha catástrofe nos empurrase fóra de circulación mais deixase intacta a paisaxe, os recunchos que fixemos nosos tantas e tantas veces. Os mesmos edificios, o mesmo océano infindo e os areais que o cinguen semellan moito máis bonitos sen nós. Unha praia en inverno e o lugar perfecto para desfrutar da soidade desexada, do intre de reflexión de quen precisa do silencio para escoitarse a sí mesmo, aínda que só sexa por unha tarde. Morre o serán a beira do mar, esgótase o ano na terra nai, a man relaxa os músculos para volverse a tensar de novo nun puño fechado ó desacougo. Que teñades un aninovo ledo e, se tedes un intre que sexa só para vós, regaládevos un paseíño pola praia antes de que remate o inverno. Paga a pena atoparse cun mesmo, aínda que só sexa por botarvos un chisco máis a faltar.

Luz


Mientras se abren las persianas y se desahucian los edredones, es hora de que las criaturas que habitamos la noche nos retiremos bajo la roca de la que provenimos. A esta hora de la mañana, cuando el día comienza a atreverse a amanecer, las primeras luces me recuerdan a ti. Supongo que te preguntarás qué tendrás que ver tú con estos desvaríos trasnochados del que vuelve a su cueva mientras el resto se deja ir de mala gana en la dirección contraria. Me explicaré. Mientras me encamino a casa, el nacimiento del día va venciendo el negro fundido. En este mismo instante, esa oscuridad profunda se resquebraja poco a poco, aunque todavía conserva un brillo característico, como si una luz intensa intentase atravesar un telón tupido. Ese cielo a medio amanecer me recuerda a ti, que te desperezas en este mismo instante en la otra punta de la ciudad. Recién levantada, tu piel se viste de mármol y tus ojos oscuros lanzan destellos que incendian las sábanas. Como el último resplandor de una llama antes de apagarse o el color indescriptible de este cielo sobre el que cuelgo el cartel de fin de la jornada. Blanco y negro, día y noche, abrazo y mordisco. Tendrás que perdonarme si te parece una cursilería, pero no es que lo diga yo, es que cada mañana está escrito en el cielo. A esta hora de la mañana, me agarro a lo que hace brillar este día a día manchado de tonos grises y malas noticias. Y reluce tan fuerte que, al despertarme, ya entrada la noche, nunca me faltan los ánimos para salir a encender de nuevo las farolas. Nada vale más que quien arroja un poco de luz a este mundo en permanente fundido a negro.

Reencuentros en mi cocina


De un tiempo a esta parte, vivimos una época severa, de ceño fruncido y músculos en tensión. Te agarra por el cuello y te obliga a mirar sólo por tu subsistencia, olvidando cualquier aspiración creativa. Conseguir o conservar un trabajo, mantenerse al tanto del mundo y de los tuyos, defender una postura, hacer frente a facturas y demás atracos y sacar diez minutos para dejar la mente en blanco. Así se van los días sin apenas darnos cuenta. Demasiado preocupados por tener en este tiempo de escasez, que no dudamos en sacrificar placeres por meras promesas de futuro. Por eso, de vez en cuando, uno tiene que clavar los dos pies en el suelo y poner todo su empeño en frenar el ritmo vertiginoso que te aleja de ti. Todo va tan rápido que, a veces, podemos desconocernos a nosotros mismos. Me ha pasado hace cinco minutos. Redescubirir un sonido, un espacio, una cualidad. Yo soy capaz de hacer eso, no voy a decir el qué porque cada cual tiene lo suyo. Mientras allá afuera encienden presidentes como si fuesen cerillas esperando que se haga de día, aquí dentro hay que sacar partido a lo mucho que podemos hacer para no hundirnos en el barrizal. Avisados quedan. No, señores, yo no estoy en crisis. Si lo estuviera, jamás habría llegado hasta aquí por mi cuenta y riesgo.

Veinticuatro horas despierto


Son las ocho de la mañana y acabo de volver del trabajo. Hace veinticuatro horas, cuando abrí los ojos, estaba en Bruselas. En una habitación de hotel a pocos metros por encima de las terrazas cerveceras de la place de l'Agora, dos cuerpos desperezan la última mañana de su escapada a Brujas, Gante, Amberes y la supuesta capital europea. Tras el envoltorio, este regalo de cumpleaños escondía mejillones, miles de paseos, cuadros de Magritte, kissing-points, fachadas góticas, bares de blues en directo y todo tipo de cervezas desconocidas. La última mañana tuvo un poco de todo eso, escudriñando los mapas en busca de puntos estratégicos que conquistar a medias. Desayuno, vagabundeo monumental, una bière que todavía no habíamos probado y una mesa para dos sobre la que devorar el último hallazgo gastronómico. El escenario y los personajes -benditos personajes bizarros- nos mostraron un país desconocido, que sobrevive con mucha dignidad a año y medio sin gobierno. Bélgica vive en la anarquía y le va mejor que nunca. La economía ha remontado y, por primera vez en décadas, valones y flamencos unen sus voces bilingües para denunciar la impunidad de la crisis y reírse de sus políticos. Una muestra más de lo bien que se gobierna la gente cuando el estado se limita a garantizar la sanidad, la educación y el asfalto sobre las calles.

Con la excepción de una pequeña siesta sobre su hombro suave antes de subir al avión, todavía sigo despierto. A la vuelta, tras una despedida con sabor a reencuentro y una parada en casa con la familia al completo, trabajo. El reloj empieza a hacerse cuesta arriba y te invade una sensación de irrealidad. De camino a la radio, juro que me topé un monte de hielo de un palmo de alto junto a la acera y, dos calles más allá, con una enana bailando con un barbudo. Con la costumbre de gastar zapatilla bien aprendida en los campanarios de Flandes, los pies me llevaron solos hasta mi mesa. Ocho horas descifrando teletipos, discursos y fuentes, intentando esconder al micro el precio del desvelo en la garganta. Pasado el umbral del sueño, la espalda se entumece y la capacidad de improvisación se embota, pero surge de la nada una energía inexplicable y primitiva que mantiene el cuerpo en pie. Y si no, se tira de oficio. Al volver a casa, ordenador encendido, fruta, cereales y algo de ejercicio para regresar a la vida real. Veinticuatro horas más tarde, ato los cabos de este día en dos países completamente distintos, el de las vacaciones compartidas y el de la rutina de informativo. Me viene a la mente la Delirium Tremens. Pero ya es hora de apagar las velas de este cumpleaños. Superado el reto de la vigilia, es otra vez de día y me toca volver a soñar con una ciudad nueva, dos maletas en el portaequipaje y sus palabras en el idioma que me pone los pelos de punta.

Recompensa al estilo Flandes


Veinticinco madrugadas después, toca volver a las trincheras. Tras mes y pico en primera línea de seis a ocho -o de seis a siete, depende del día-, me toca asumir de nuevo el papel de suplente y abandonar el desafío autodestructivo de dirigir y presentar un cotarro informativo que sale adelante con la elegancia justa y muchas dosis de heroísmo colectivo. Ahora, volver a ocupar la segunda voz y a rellenar madrugadas puede saber amargo, pero sigue mereciendo la pena el esfuerzo. Nadie podrá decir que se faltó una sola vez a la verdad, que cada dato no fue verificado con varias fuentes independientes y que no se separó convenientemente la información de la opinión. Lo justo para sentirnos orgullosos del trabajo que exponemos cada mañana a la oreja pública. Imponerse este código espartano de la objetividad no te ayuda a hacer amigos en la dirección, pero tiene sus recompensas.

La primera, este fin de semana, me lleva hasta Brujas, Gante, Bruselas y puede que Amberes. Todo ello, gracias a mi cómplice habitual. Nuestras maletas vuelven a cruzarse en el altillo del avión, como en las mejores fugas a dos. Esta vez, nos deslizaremos sobre las vías del tren para descubrir el país llano de fachadas góticas del que vienen las buenas cervezas. Tú y yo y después, todo lo demás. Qué gran regalo. El mejor final para el mes que inaugura los veintinueve. Y queda tanto por hacer... Con el inicio del otoño, una radio libre puede renacer en Bejar Street, mientras bullen todo tipo de proyectos. Va a ser un año movidito y, por si acaso, ya hemos empezado a entrenarnos para recuperar la forma física perdida hace una década. Vivimos tiempos extraños y difíciles y hasta los tiraos más impenitentes necesitamos una dosis de vida sana para seguir resistiendo. Comienza el año cuatro de la era de la recesión y, lejos de esperar mansamente a que surjan los brotes verdes, no queda otro remedio que rearmarse para la época más dura de nuestras vidas. Menos mal que nos quedan las coles de Bruselas.


Estranha forma de vida


Me pilláis de paso, entre andenes y puertas de embarque. Ayer, en Lisboa, hubo reencuentro con escenarios históricos y se forjaron nuevos recuerdos, hechos para perdurar y reforzarse. Secundado por mi cómplice favorita, los largos, los becos y los tranvías fueron aliados de una huida dibujada en vinho verde y arena de playa. Portugal acudió esta vez al rescate, al contrario de como graznan los mercados. Sólo así pudieron dilatarse esas setenta y ocho horas para dar cabida a las conversaciones, los descubrimientos y las miles de imágenes que atesora la retina de la Nikon. Tengo que agradecer un paréntesis necesario que nos mantuvo al margen de las cobardes puñaladas fascistas del norte y de la constante letanía de malas y peores noticias. Habrá que recordarle una vez más a la ultraderecha quién perdió la II Guerra Mundial. Más allá del mundo real, mi portugués terminó de oxidarse y hubo que aguzar el ingenio para dejarse llevar, atravesando a duras penas las puertas del comboio. Todo concluyó al final del rail del 28, encaramados a la vieja colina, observando las luces de la ciudad sumergirse en el Tejo y jugando a tener varios siglos a la espalda. Volveremos cuando florezcan los claveles y, mientras tanto, rehago por tercera vez la maleta para volver a hundir los pies en el Atlántico. Julio está cumpliendo sus promesas y ahora seré yo el que haga honor a las mías en agosto. Hasta entonces, echadme un poco de menos.

Seis


Hoy estamos de celebración, y por partida doble. Este país dos placeres amargos celebra su sexto cumpleaños y lo hace con su post número cuatrocientos. Recuerdo aquel mes de mayo de 2005 y de cómo se gestó esta idea gracias a un amigo desenfocado y a una solitaria en Kyoto. El tipo que comenzó este recorrido no era muy diferente del que ahora escribe, aunque todo a su alrededor haya cambiado miles de veces a lo largo de estos seis años. Me viene a la mente mi primer post, o el momento en el que empecé a conocer en persona a muchos de los que dejaban caer un comentario de cuando en cuando, o alguna de mis proverbiales desapariciones, tras las que apetece volver y contarlo. Una parte muy importante de mi vida está reflejada entre líneas en este blog. Juntos, aprendimos a sobrellevar la amargura de noviembre, a saborear ávidamente las pequeñas cosas y a vagabundear para evitar males mayores. Este ha sido desagüe de las amarguras, almacén de imágenes inconexas, vía de escape de ideas delirantes, escenario de historias imposibles y memoria cruda de un tiempo irrepetible. Vehículo de una melancolía que, como buen hijo de mi país, me ha de acompañar hasta el final. Y no sé por qué pero, si la estadística no engaña, cada día sois unos pocos más los que seguís al otro lado. Mentiría si dijera que lo hago por vosotros, pero me alegro de tener compañía en este viaje. La ruta, ya la iremos trazando. En la calle, suenan fuegos artificiales y me subo a las alturas a comenzar a tramar que vendrá después del sexto peldaño.

Mudanza


Cambia el viento y, con él, el paisaje. No os asustéis que no estoy intentando dejaros. Pero sí, lo cierto es que en mi pequeña esquina del mundo se avecina una etapa nueva, con personajes y escenarios diferentes y, para que negarlo, muy prometedores. Lo fundamental sigue en pie. Mi compañera de vinos, viajes y aventuras -tres V nada casuales-, ésa que está entre líneas párrafo tras párrafo, sigue a mi vera. La verdad, no sé que haría sin su sonrisa achinada y su suave estar en calma en mitad de todo lo verdaderamente importante. No se te olvide nunca, idiota. Mi vicio radiofónico y sus malvivires mercenarios -y a ratos heroicos- tampoco me abandonarán. Los incondicionales, ésos saben dónde están y que se les necesita a mano. Entonces, qué cambia, os preguntaréis. Cinco años y miles de historias después, se acerca el momento de abandonar mi madriguera. Dejar atrás el BorderSticks físico y abrazar uno más abstracto, pero al mismo tiempo más fuerte. Emigrar de Arganzuela y sus azoteas no será fácil, porque nunca podré desprenderme de ciertos lugares y algunos recuerdos que irán siempre entrelazados a los adoquines de sus calles. La culpa, la tiene la codicia de las inmobiliarias, pero tampoco quiero hacer de esto un drama social. Cambió el viento y se llevará a este flaco, aunque no demasiado lejos. Empezaré otra vez, pero no de cero. Lo vivido me lo guardaré en el zurrón y lo demás, o cabe en una furgoneta o se lo llevará el fuego. Y en el próximo capítulo, si os portáis bien, os contaré a dónde irán a parar mis cuatro cacharros y este saco de huesos que, en el fondo, sabe que le temblarán las piernas en el último momento, cuando se separen las espadas de madera del dúo más jujanero.

departures

A praza do Ferro, Rosa Luxemburg Platz e o peirao de Barcelona. Voltar a escribir o día a día en billetes usados e esvaecerse un intre longo do escenario habitual. Xa vos contarei á volta, meus...

Algo diferente


Un día, el que menos te lo esperes, te darás cuenta de todo lo que ya has recorrido. Aún hay tanto que hacer, y sin embargo, cada vez son más los recuerdos que merece la pena rescatar. Crece la sensación de dirigirse hacia algo concreto, algo deseado, y, de la misma manera, se hacen más importantes los pasos dados, sus escenarios, sus protagonistas y sus personajes secundarios. No me importa si suena tópico, es la única descripción honesta. He aprendido a valorar lo pequeño, a atesorar lo fugaz, a tirar de anecdotario, a correr riesgos sin calcular probabilidades y a no dar nada por sentado. Es mejor así. Hay victorias memorables, regates ajustados y pérdidas irreemplazables, pero ninguna derrota. Paso a paso, dibujando una trayectoria errática que narra la historia que quiero contar. Ya no moriré con la edad de Hendrix y me convencí de que puedo llegar a donde quiero. Sé que suena autosuficiente, pero no voy a negar que sí, mi vida me hace feliz. Trabajito que me cuesta, todo sea dicho de paso, pero las cicatrices y la compañía merecen la pena. Todo esto merece la pena. Doy gracias por ello y me sirve para apretar más fuerte y atreverme más allá. Sé que este no es mi discurso habitual, pero, de cuando en vez, tenéis que permitirme que me marque algo diferente. A fin de cuentas, hoy es mi día.

Swan song


No quiero escribir, pero lo estoy haciendo. No hay otra cosa que pueda hacer para acallar el grito sordo, mudo y ciego que trepa por mi garganta e incendia mis pulmones. Pienso en la ausencia, pero no quiero cederle tinta. Prefiero hablar del pasado, pero tampoco voy a hacerlo. No aquí. Cualquier recuerdo a medias es más valioso si evito exponerlo a miradas ajenas, porque para compartir las nostalgias, las preguntas y las heridas abiertas están ya los incondicionales. Todos los demás no sabéis nada, y es mejor así. La gente sigue paseando por la calle, el mundo gira en su cansino malvivir y, cada día, hay hombres que se enamoran de una desconocida en un vagón cualquiera del metro. Puede que, en memoria del hermano que marchó, esta vez se atrevan a vivir sin miedo. Por su recuerdo, llenaré un vaso; en su honor, recorreremos los caminos que faltan. Y aún así, nunca será suficiente.

Exorcismos periodísticos

Son las cuatro de la mañana y estoy en la oficina. Sí, blogueo en horas de trabajo, podéis denunciarme por improductivo. Hace un par de horas escuché a uno de esos tertulianos enterados que los trabajadores del estado español son de los menos productivos por el enorme absentismo laboral. Lejos de quedarse ahi, el orondo creador de opinión mostró como prueba que dicho absentismo había bajado por la crisis. Quizá el iluminado de turno no ha pensado que muchos hemos acudido enfermos a nuestro trabajo este año para evitar perderlo. Será por eso que, como soy un vago improductivo que vive a expensas de su empresa, he terminado mi trabajo hace un rato con varias horas de antelación y puedo permitirme el lujo de escribir en ese ratito que me queda entre el boletín informativo de las 4 y la llamada a nuestro corresponsal en Nueva York para grabar su crónica diaria de Wall Street. Tan poco apasionante que ni tengo ganas de ironizar al respecto.

Mientras pasan con lentitud estas horas sin sol, me entretengo buceando en medios extranjeros, del Süddeutsche Zeitung al South China Morning Post, del Ankaragüku Hürriyet al Nihon Keizai, pero ninguno consigue entretenerme tanto como el propio diario del grupo innombrable. En su edición de hoy, abren su sección internacional una entrevista a Marine Le Pen, hija del odioso octogenario fascista y actual lider del Frente Nacional. Llamar entrevista a este ejercicio de proselitismo ultraderechista es poco. La misma palabra ultraderecha sólo se hace constar, y de pasada, en la entradilla de la sección. Ninguna pregunta crítica con su xenofobia, sino más bien, se le cede a la delfín del viejo mariscal neonazi una tribuna para vender su mensaje de odio, incluído el clásico "somos 5 millones de parados, ya no cabe nadie más". ¿El título? "Marine Le Pen contra la Europa totalitaria". Vaya un juego de palabras repulsivo cuanto menos. Cae sobre tu conciencia, C.S.

Podrá consolarse pensando que no es el único, ya que en la edición de hoy, por poner un ejemplo al azar, R.C. intenta emponzoñar el nacionalismo periférico relacionándolo con el nazismo en un ejercicio de hipocresía centrípeta cuando no de lesa originalidad. Se suma también al juego del periodismo de dudosa ética M.B., defendiendo fuera de las páginas de opinión la inocencia del expresidente de las Illes Balears, Jaume Matas, ante su jucio por corrupción y enriquecimiento ilícito; A.M., en su llamada a la resurrección del anticomunismo; J.A., en su denuncia del abandono que "sufre" el Valle de los Caídos y así un largo etcétera. No tengo palabras, sólo espero el momento en que una oferta de trabajo me aleje de esta cloaca de la información. No todos los profesionales que trabajan en este grupo merecen entrar en este grupo de mercenarios, algunos demuestran día a día cómo se puede ser un buen periodista trabajando para un mal medio. De ellos aprendo y gracias a ellos sigo aquí. Mientras tanto, sacaré la cabeza por la ventana para refrescarme las ideas, maldecir a los escasos fiesteros que pasean su borrachera en los aledaños de la Castellana e intentar no pensar cómo sería mi vida si todavía viviese bajo vuestros horarios. Puede parecer que no, pero, asomado al ventanal, sonrío.



Earth, Wind and Fire - Getaway

Limpeza estival


Chegou xa a primavera, mais o sol ven con retraso. Tanto me ten, nunca lle tiven medo ós neboeiros e prefiro iste decorado de fondo para o meu domingo, o primeiro de moitos que non me trae penitencias. Mudou a estación e semella que se achegan tempos de luz. Terei que aproveitalo, en vista do caras que se mercan as horas soleadas. É o intre exacto de abrilas fiestras, botar auga para refrescalo chan e deixar que se renove ó ar. Estiven longo tempo afastado de min mesmo, orfo sen me decatar da miña propia ausencia, acorando no espertar dun continuo lusco e fusco. Ata o derradeiro venres do inverno. Coma acostuma, non vin vir o desxeo, como tampouco lembro a súa chegada. Agora sei que non teño porque me converter no que nunca quixen ser. Iste é o momento de ceibarse dos vellos remorsos, o momento de fuxir do desacougo e esparexer de novo iste fato de ósos con mellores compañas que as que adoita. Non é doado saber de certo que é o que se supón que teño que facer. Unha vez máis, chegará o serán para atoparme improvisando.


Jimmy Page - Your Time Is Gonna Come (Live At The Greek Theatre)

Panta rei

Los sospechosos habituales y los más avispados de la casa ya se habrán dado cuenta hace días. Este humilde País de los Placeres Amargos, después de 58 meses de vida y 313 entradas, ha cambiado de imagen. El hecho de prescindir de la vieja plantilla "Minima Black" que trae por defecto nuestro proveedor de alojamiento no ha sido pura vanidad. Ha sido cuestión de incapacidad, la mía de comprender el arcano manejo del HTML y en general todo lo que tenga que ver con el diseño web. No me estoy explicando y llega la hora de señalar culpables. Vayamos a los hechos cronológicos.
A finales del mes pasado, sin previo aviso y a traición, el proveedor habitual de música para las ya míticas recomendacións da casa, la hasta entonces altruísta e intachable Goear, decidió de manera unilateral pasarse al lado oscuro. Un veintipocos de febrero, al despertarme ya avanzada la tarde, descubrí que los reproductores externos de mi web que dependían de esta joven y ambiciosa compañía vasca se habían convertido en la quinta columna de una conocida marca de refrescos empalagosos para poligoneros. No contentos con insertar publicidad sin permiso en sitios que, como éste, carecen de publicidad por motivos estéticos e ideológicos, los nuevos desertores del freeware decidieron afear lo más posible su interfaz, de tal modo que título e intérprete de las canciones adjuntas es ya invisible.Y por eso decidí quitar todos sus enlaces de mi página y migrar mis bandas sonoras a otros servidores. Y ahí comenzaron mis problemas.
No voy a quitarme responsabilidad. Soy un patán testarudo que prefiere equivocarse por su cuenta y por eso, en el proceso de cambiar los enlaces musicales a ListenGo, Youtube y tu.tv, no preguntéis cómo pero descuadré totalmente la plantilla del blog. A partir de ahí ya no hubo vuelta atrás y, después de remover medio interné buscando una plantilla no demasiado cantosa, me decidí por la que ahora ilustra este espacio, manteniendo el blanco sobre negro como seña de identidad y las banderas alzadas para que nadie las pise. Todo lo demás seguirá como hasta ahora, con periodicidad anárquica, carne cruda en cada párrafo, imágenes inconexas marca de la casa y banda sonora selecta. No es una historia apasionante, lo sé, pero después de tanto tiempo contándoos mi vida es un poco tarde ya para callarme ciertas nimiedades. Si alguien tiene algún consejo estético o informático, que hable ahora o calle para siempre. Para todo lo demás, ya saben dónde encontrarme. Todo cambia ante mi asombro, ¿quién dijo que yo no sabía cambiar?

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