
Hoy, horas después del cruel asesinato de Magomed Yevloyev, los jefes de Estado y de Gobierno de la UE se reunirán para decidir la postura común ante la agresión rusa a Georgia. Ni se plantearán debatir sobre la libertad de prensa en el imperio del zar Putin y lo más probable es que se echen atrás en su propósito de imponer cualquier tipo de sanción a Rusia por invadir a su vecino y violar su intergridad territorial. Ya lo dijo ayer el embajador ruso en Londres, Yuri Fedotov, si Europa sanciona a Rusia, los europeos sufrirán las peores consecuencias. Sí, es una amenaza, y sí, la UE no va a hacer nada al respecto.
Ser periodista en Rusia significa que te pueden detener en cualquier momento si no cedes ante la dictadura gubernamental; significa que te pueden acusar de terrorismo por hacer tu trabajo; significa que te pueden aplicar la ley de fugas por el mero hecho de que tu vida, en Occidente, no valdrá más que un par de titulares.
Tal documento non puido ficar á marxe da polémica, quizáis porque naceu co objectivo de provocala, entre forzas políticas e sociáis de distinto signo. Gracias a ista repercusión, moitos xa comezaron a aproveitala apoloxía do evidente, cos contidos soterrados de centralismo, para sumar apoios a súa causa, antinacionalista de nome, mais españolista nas formas. Afirmala necesidade dunha língua común e a armonización das distintas línguas peninsulares é de caixón, mais non si se emprega para frenalos avances en materia de normalización lingüística que se levaron a cabo nos derradeiros trinta anos. Algúns semellan esquecer cales foron as falas proscritas de iure da educación, a lei e a vida política durante varios séculos, despreciando a loita calada á forza de moitos falantes que mantiveron a duras penas tres idiomas vivos pese á persecución. Aínda viven moitos de aqueles que sofriron palizas, multas e cadea por expresárense en público en galego, catalán ou euskera. Todavía non coñezo ninguén que fose perseguido por falar castelán, nin creo que o vexa por malos que sexan los presaxios dos agoreiros interesados. As línguas vernáculas aínda loitan por refacerse de tantos anos de desventaxa, perdendo na actualidade máis falantes que en ningún período da historia pasada. E aínda así o castelán é o que se ve ameazado, segundo eles.
Fálase moito do exemplo da “imposición do catalán” no ensino, a administración pública e o negocio privado, ó tempo que o próprio texto defende explícitamente a innecesariedade de que só persoal bilingüe atenda ó público nos centros oficiales. ¿Non é o mesmo? Quizáis sexa que lles amola a competencia, aínda que sexa a modesta porción de euskaldunes –un trinta por cento de falantes habituais-, catalanoparlantes –ó redor dun sesenta por cento en Cataluña- ou falantes de galego –do que se calcula un coñecemento do noventa por cento e un uso cotián en torno ó sesenta por cento-. Centrémonos un intre, aínda que só sexa por non empregar de exemplo os tan cacareados modelos catalán e vasco, no proceso de normalización lingüística da língua galega. Unha de las línguas máis antigas da península, vehículo cultural de reis casteláns como Alfonso X e unha das máis denostadas nos séculos pasados. A diferencia do catalán, o galego foi considerado pola intelectualidade oficial –de Pardo Bazán a Pemán- coma un dialecto rural, indigno de ser língua de cultura, próprio de xentes incultas. E o máis triste é que este odioso prexuizo diglósico aínda prevalece e é necesario loitar contra el, favorecendo unhas institucións e un ensino en galego que permitan ós castelanfalantes actuar sen perxuizo da súa elección lingüística. Tampouco na Galiza áchase o fenómeno da violencia política ou coacción gubernamental de signo nacionalista, co que non é axeitado falar en ningún caso de imposición, senón de xusta recuperación do seu espacio natural. E sen embargo, eles prefiren ver unha ameaza na supervivencia da miña língua materna, ese dialecto de agricultores que fai séculos diron por morto e que, en verbas de Castelao, os seus cinco séculos de imperialismo frustrado foron incapaces de borrar. E seguirémolo falando.

A súa dialéctica interesada sobrevive a base de consignas goebbelianas, centradas nos prexuizos e as meias verdades. Chegouse a afirmar con afoutado desprezo da verdade e de boca do mismísimo xefe do estado, que o castelán non foi xamáis imposto polo estado. Uno agardaría atopar maior siso nun grupo de intelectuales, pero é fácil decatarse que tras esa faciana pseudocultural agóchanse os fíos da baixa política, esa que apela ós máis baixos sentimentos a falta de argumentos válidos. As súas accións e declaracións evidencian a súa ignorancia e o seu rexeitamento ó entendimento entre tódolos españois sexa cal sexa a súa língua, defendendo explícitamente a supremacía do castelán sobor dos dialectos bárbaros.
O castelán conta cuns cincocentos millóns de falantes en todo o mundo, mentres que o catalán suma uns siete, o euskera ó redor de dous e o galego menos de cinco millóns. O seu victimismo carece de senso nunha sociedade con grandes meios de comunicación que emiten constantemente programación na língua común, fechando espacios ás línguas minoritarias ata no ámbito familiar. ¿Quén ameaza a quén? ¿Non son tódolos idiomas vehículos válidos da comunicación e parte da cultura de este país? Eles reclaman o seu dereito a expresarse en castelán. Non creo que ninguén nos seus cabales llo negue. Pero, ¿qué dirán cando pidamos o noso dereito a non expresarnos no seu idioma? A súa tolerancia é asimétrica e a súa ignorancia, manifesta.
Un día, cuando menos lo esperas, te sorprendes a ti mismo considerándolos hábitos y comprendes que no serías el mismo sin ellos. Hace tres años, dos meses y catorce días que empecé este cuaderno abierto al mundo. Hace exactamente un lustro que me enganché a la radio. Hace ocho veranos que emigré a Madrid. Y hace casi cuatro que llegaste a mi vida de puntillas, para convertirte en el refugio necesario, la palabra exacta, un reflejo en el que reconocerme y apoyarme en lo personal y lo profesional. Sonará frío y cerebral, pero sabes leer mis garabatos torcidos.
CUADERNO DE BITÁCORA DE LA CIUDAD INVISIBLE - 24 de JUNIO
CONTROL.- SINTONÍA CUADERNO DE BITÁCORA
LOC.- Nuestro vigía ha huido a la bodega y soy yo, un simple galeote, el encargado de escudriñar el horizonte. Continuamos nuestra singladura errante a través del espacio tiempo, mientras el sol castiga a los pocos que lo sufren sobre la cubierta. El mar nos mece en una cadencia somnolienta, mientras el calor comienza a afectar a nuestra tripulación, sumergiéndonos en una bruma densa que embota los sentidos.
[RÁFAGA]
LOC.- El sol comienza a deslizarse cielo abajo y la luz juega a dibujar figuras extrañas sobre el agua. La vista se nubla y en nuestra mente comienzan a brotar ideas extravagantes, pasiones ocultas y tentaciones insospechadas. Sin darnos cuenta, la procelosa mar de las ondas hertzianas nos ha ido guiando hacia el corazón del espejismo.
[RÁFAGA]
LOC.- Por un momento, dejamos de ser conscientes de lo que nos rodea para sumergirnos de lleno en nuestra propia ensoñación. La piel quema, pidiendo el contacto con la piel ajena y dejándose llevar por el deseo. No me preguntéis por qué, pero acabo de darme cuenta de que en esta tripulación escasean las mujeres y abundan, en cambio, los torsos desnudos y sudorosos de nuestros compañeros. Supongo que, por ello, algunos se entretienen imaginando cuerpos ajenos y figuras deseables en la niebla, mientras seguimos navegando a través del bochorno. ¡Una ráfaga de aire, por favor!
[RÁFAGA]
LOC.- El viento ha acudido a nuestro rescate, hinchando las velas y despejando los fantasmas entre la bruma. El vigía ha despertado de su siesta y me toca volver a mi puesto junto a los remos. Recobrada la cordura, nuestra nave vuelve a surcar el éter sonoro, mientras el timonel pone rumbo incierto a nuestra anhelada Ciudad Invisible...
CONTROL.- FUNDIR CON SINTONÍA CON CUÑA
En estos primeros compases de la segunda venida de Il Cavaliere, con las calles y las conciencias agitadas por los saludos romanos, las quemas de campamentos gitanos y las vías napolitanas llenas de basura, la podredumbre del sistema se ha hecho más patente que nunca. La desmovilización de la mayoría del electorado y la radicalización de los extremismos son las causas fundamentales de esta decadencia institucional, pero para encontrar la raíz del retorcido desarrollo de la vida política italiana, hay que remontarse hacia atrás en la historia.
En la falsa transición de
El resultado de este orden orquestado desde el extranjero fue un sistema de tres partidos –la democracia cristiana, los socialistas y los comunistas de Errico Berlinguer-, diseñado al detalle para apaciguar la convulsa sociedad italiana y conducirla a derroteros más controlables, análogos a cualquier otra democracia “aburguesada”. Pese a la escasa soberanía del pueblo italiano sobre sus instituciones, las connivencias con el crimen organizado y al desgobierno tácito, Italia se mantuvo en equilibrio precario, potenciando su industria y participando en proyectos tan relevantes como
La imagen del primer ministro Giulio Andreotti encarcelado por sus tratos con
La gangrena de la democracia italiana se hacía patente, mientras el país, dejado en manos de los ciudadanos mientras sus gobernantes se entretenían legislando para evitar la cárcel, se mantenía en un clima de bonanza económica, estable pese al expolio de las arcas públicas a manos de la clase dirigente. La izquierda, mientras tanto, sumó voluntades a imagen de su antagonista, unificando decenas de siglas y puntos de vista a menudo dispares en la frágil Margarita. Sirva ésta como ejemplo de falta de mensaje por propia indefinición y suya la culpa de esta segunda venida y tercer mandato de Berlusconi. Tan sólo un mensaje, falto de convicción: “no somos tan malos como él”.
Ninguno de los múltiples defectos del presidente, como su labia barriobajera, el discurso clasista o las múltiples cuentas pendientes con la justicia zanjadas por decreto, han conseguido que la izquierda multicolor conserve el gobierno. Tampoco su indeseable coalición con los estrafalarios xenófobos del norte adinerado y los despojos del llamado posfascismo –como si existiese un futuro para semejante distopía-. Una sociedad desencantada y nihilista ha vuelto a elegir a un líder de incapacidad probada. Será por falta de aspirantes o por falta de costumbre de un gobierno real.
Tras el triunfo electoral y la reconquista de la alcaldía romana, se han sucedido los gestos de autoafirmación. Las bravatas sobre los “fieles armados con fusiles siempre calientes”, la sempiterna loa al torpedo contra las pateras, la quema de ghettos para gitanos e inmigrantes y las decrépitas ceremonias con regusto a Nuremberg regadas de fascistoide panoplia tricolor. Nadie recuerda la caída de Mussolini, linchado, colgado y pisoteado por los milaneses ni que Nuremberg, escenario de los enormes desfiles nazis, fue también sede del tribunal que ajustició al fascismo.
De fondo, la sociedad, hastiada de políticos ladrones, se ha ido acostumbrando a gobernarse ella sola, pese a sus mandatarios. Manteniendo la estabilidad social en un país en el que los extremismos tienen lugar en las capas más elevadas del poder, tan lejos de la realidad que no hay apenas nadie que les haga caso. Italia no es sólo el crimen entronizado y el cenit del populismo. No es sólo el descrédito de la democracia y el pábulo del fascismo. Italia es la confirmación empírica de la anarquía, el más claro ejemplo de la ineficacia de un sistema en el que, en la práctica cotidiana, es el pueblo el que se gobierna a pesar de quien salga elegido en las urnas.

- José María Portell Manos, director de la Hoja del Lunes de Bilbao y redactor-jefe de La Gaceta del Norte, mediador entre gobierno e izquierda abertzale, asesinado de un tiro en la nuca el 28 de junio de 1978 por ETA.
- José Javier Uranga, director del Diario de Navarra, tiroteado el 22 de agosto de 1980, sobrevivió a veinte disparos de ETA.
- La corresponsalía de Agencia EFE en Donosti, reventada por una bomba de ETA el 17 de julio de 1982.
- Francisco Javier Galdeano, corresponsal de Egin en Bayona, acribillado a balazos el 30 de marzo de 1985 por el GAL.
- Carmen Gurruchaga, periodista de El Mundo, su domicilio fue atacado con explosivos por ETA en abril de 1996.
- Una unidad móvil de Canal Gasteiz reventó sin causar víctimas por una bomba lapa de ETA.
- Mikel Muez, periodista de El País, su domicilio fue bombardeado por ETA en septiembre de 1999.
- Carlos Herrera, periodista de Onda Cero, ETA le envió una caja de puros llena de explosivos el 27 de marzo de 2000.
- José Luis López de Lacalle, periodista de El Mundo, asesinado de un tiro en la nuca el 7 de mayo de 2000 por ETA. Su vivienda había sido bombardeada tres meses antes.
- Aurora Intxausti y Juan Palomo, periodistas de El País y Antena 3, respectivamente, su domicilio fue bombardeado por ETA en noviembre de 2000.
- Gorka Landáburu, periodista de Cambio 16, perdió un dedo y sufrió heridas graves el 15 de mayo de 2001 por una carta bomba de ETA.
- Santiago Oleaga, directivo del Diario Vasco, asesinado a tiros por ETA nueve días después.
- Santiago Silván, periodista de RNE, Marisa Guerrero, periodista de Antena 3, y Enrique Ibarra, directivo del Grupo Correo, recibieron el 17 de enero de 2002 tres paquetes bomba enviados por ETA.
- La sede de Onda Cero en Eibar, volada por una bomba de ETA el 3 de marzo de 2004.
- La sede de COPE-Cadena 100 de Donosti, bombardeada el 26 de junio de 2005 por ETA.
- La sede de Radio Nacional de España en Vitoria, bombardeada diez veces por ETA desde el 1 de febrero de 1995 al 10 de febrero de 2006.

Si vuelvo, os enteraréis los primeros. Si no, no preguntéis por mí. Salut!
Os tengo abandonados y lo sé. Tengo poco tiempo libre fuera de la radio y el que tengo lo suelo dedicar a cosas más tangibles como las cañas o los amigos a los que casi no tengo tiempo para ver. Sonará a promesa vacía, pero en breve volveré a la vieja costumbre del post casi diario. He vuelto a escribir, gracias a cierta musa noctámbula, y sigo investigando el mundo a través del objetivo de la cámara. Y en cuanto sepa cómo se hace, os colgaré retazos sonoros de mi trabajo en la radio.
Mi vida volverá pronto a su ritmo acostumbrado y volveré a tener tiempo para asomarme y compartir lo poco que tengo a la vista. Pero eso será a la vuelta de mi escapada parisina, en busca de ese amigo desenfocado que huyó una mañana de enero a pelear su sueño fotográfico. Y allí sigue.Ya os enseñaré a la vuelta. Párrafo corto. Pronto, muy pronto, mucho más que ver. Hasta entonces, echadme de menos.
Hace setenta y siete años. Madrid. Eibar. Barcelona. Vigo. Ha pasado demasiado tiempo en silencio y ahora vuelve a estar en la calle, conspirando en las esquinas y los bares.

Si por ellos fuera, moriríamos todos de SIDA. Si por ellos fuera, Dios nunca se separaría del poder. Si por ellos fuera, desde sus púlpitos se dictarían las leyes. Irán, Pakistán, Israel, Arabia Saudí o el Estado Vaticano. Sus banderas sólo son las del odio. Su propaganda es sucio proselitismo, apología de la mala conciencia. Y en esta falsa paz, su manipulación se filtra en las conciencias obtusas.
No hay nada más desesperante que intentar parecer normal, intentar que nadie le descubra en mi forma de andar, en mis dudas, en los puños crispados intentando mantener la calma. Mis días son largos, entretenido en mantener un rostro, mientras todo se viene abajo entre bambalinas. Tras este rostro gris, languidece la razón y se pudre la cordura, aunque nadie sea capaz de verlo. Ese es mi arte. No existe descanso ni camerino para este actor, atrapado entre los delirios que se filtran desde más allá del letrero de peligro y la absurda cotidianeidad de esforzarse en ser invisible mientras te dejas ir cada vez más en la espiral descendente.
A veces son cosas tan cotidianas como asomarse a la ventana las que encienden las alarmas. La mano se quiebra en el quicio mientras cierras los ojos con fuerza para intentar detener el ansia, el ambiguo estremecimiento del vértigo, los cantos de sirena que llaman desde el fondo de un puente. Marga dejó de venir conmigo en coche. La última tarde, en una curva de esas con acantilado, un segundo de duda con el pie enterrando el acelerador fue suficiente para despertar sus sospechas. Sé que lo ha contado a los demás y por eso me rehuyen, como si les espantase de mi lado la pestilencia de los que ya han muerto. Y puedo jurar que a veces deseo estarlo.
Por eso ahora estoy en el metro, a las siete de la mañana escasas. Nadie tiene buena cara a estas horas, nadie da un duro por su vida a primera hora de la mañana, cuando nada parece merecer la pena. No soy como ellos, ni siquiera de la misma especie. Yo, en cambio, acostumbrado como estoy a mimetizar mi paranoia en público, encuentro en estos momentos el placer de actuar con naturalidad. Nadie se fijará en mí, la práctica acumulada de años de camuflaje ha terminado por quedarse impregnada en mi piel. A las siete de la mañana, nadie parece del todo cuerdo. Por eso, no se darán cuenta de que, según se aproxima el próximo tren, mis pies se acercan a la línea amarilla que separa el andén de la caída a los raíles.
No puedo apartar la mirada del punto, cada vez más próximo, en el que el raíl desaparece engullido por la máquina. Una muerte horrible, no digo que no, pero el alivio defintivo exige tributos, ofrendas de sangre en los más oscuros altares. Fue esta mañana, frente al espejo, cuando decidí lanzarme al metro. Fue su mirada de superioridad, su odiosa mueca lunática que tanto esfuerzo me cuesta esconder, frente al despojo derrotado de cada mañana, cada vez menos dueño de mis actos, cada vez menos que salvar en esta batalla. Dije basta.
Las mejores ideas que he tenido se me han ocurrido en la ducha, pero esta nació frente al espejo, con la mirada perdida en el surco esteril bajo mis ojos. Es muy dificil enfrentarse a la sensación de estar harto de pelear por uno mismo, de saberse causa perdida por la que nadie va a pelear, ni siquiera uno mismo. Tan sólo un soldado harapiento firmando el armisticio, entregando el escaso despojo que queda tras la contienda. Ahí es donde florece mi impulso suicida, rodeado de cuchillas de afeitar y botes de pastillas. Algunos alaban la resistencia heroica de los que se saben mártires, otros nos dejamos seducir por el encanto afilado de la rendición. No al estilo posmoderno, trágico en su insignificancia, burdo en su ejecución. Una lucha como ésta merece un final a su altura, precipitado entre los raíles y el tren, despedazado y purificado al fin entre el amasijo de hierro y carne, sumergido para siempre en el apetecible nunca jamás.Mientras se aproxima el metro y los viajeros de primera hora se desperezan, yo empiezo a pasar revista a esos momentos que uno quiere recordar antes de desvancerse hacia el olvido perpetuo. Los primeros años con Marga, la playa, la casa del abuelo, las tardes de sábado, el cumpleaños en que me comí media tarta y luego me puse malo, los dieciocho, ... todo se mezcla en un remolino de imágenes cálidas y a la vez dolorosas, que ya no sé si me empujan a la vía o me aferran al andén.
Se acaba mi tiempo y puedo comenzar a notar el alivio en la punta de los dedos, en el centro de mi cabeza, en el cielo del paladar. Enfrente, reflejado en el cristal del primer vagón, me sonríe mi alter ego, invitándome a demostrarle de la manera más cruda de qué materia estoy hecho. Me invade una sensación tan fuerte de vértigo e irrealidad que casi creo que puedo volar. Un paso. El final. Otro paso. El silencio lo envuelve todo. Mis piernas se aflojan. Todo se vuelve negro, confuso y descendente.
El ruido y el aire del vagón al pasar despejan el sudor de mi frente y despiertan mis sentidos. Por un momento he olvidado dejar de escuchar esa voz, por un momento me he dejado llevar en su seductor espejismo, pienso mientras me arrellano en un asiento, con la compostura a medio recuperar. Desvaneciéndome en la encrucijada, elijo el caos al silencio. Por un momento, dejé de saber por qué tengo que seguir fingiendo.

Con el cigarro mordido en los labios, vuelve a ver el mundo tal y como él prefiere verlo, a través del filtro del visor. La realidad servida entre encuadres, fotómetros y ruletas de enfoque, convenientemente lejana para no tener que formar parte de ella. Vuelve metódicamente sobre sus pasos, las palomas, la acera, los viejos, las sombras sobre el adoquinado,… todo en su sitio. Arruga el ceño. Algo se ha colado en la lente, algo no previsto, escapado de su vistazo inquisitivo. Sus manos recorren los anillos del objetivo, ajustando el encuadre, alejando y acercando su presa, enfocando y desenfocando sus rasgos. Su ceja sobresale repentinamente por encima del visor. Es muy bella, ¿cómo no ha podido fijarse antes? El vuelo elegante de la caída de su ropa, la postura sinuosa de su cruce de piernas, el viento jugando a rehacer y despeinar su flequillo, el gesto distraído de su mirada, clavada en el suelo, y sus labios entreabiertos, en los que sólo podría anidar el más rasgado de los suspiros. Labios carnosos, apetecibles pero sin color. Rehizo la medición lumínica y comprobó, perplejo, que aquel extraño brillo carente de vida seguía desafiando la luz del mediodía. Levantó la vista del visor. Ninguna mujer sentada en aquel recodo de la plaza. Volvió a comprobar si el visor estaba empañado, pero ella seguía allí, sentada en aquella esquina con las piernas cruzadas. En ese momento, le recorrió una electricidad atávica por la espalda. Su mirada perdida le observaba fijamente al otro lado del juego de espejos. Entonces supo que no estaría si volvía a levantar la mirada. Entonces comprendió que tenía que sacar aquella imagen de su retina y plasmarla en negativo. Aquella era su foto.
Mientas su mente se deja mecer por el traqueteo de estas divagaciones, el tren se introduce por completo en el túnel. Un parpadeo. Las ventanas sólo dejan ver la oscuridad que emanan las entrañas del subterráneo. Otro parpadeo y al abrir los ojos todo está súbitamente a oscuras. Como si el pasadizo hubiese engullido el vagón, nadie se mueve y no puede oír sonido alguno. Instintivamente, su garganta se seca. Sumido en el negro absoluto, puede percibir que ya no hay nadie a su alrededor. El tren, sin embargo, parece seguir moviéndose, cada vez más rápido. En medio del pánico, puede comprender a dónde se dirige. Poco antes de desvanecerse para siempre en el laberinto de catacumbas, su mente piensa con inesperada claridad. Acaba de recordar que nunca compró un billete de ida y vuelta.Pero nunca me ha gustado nadar en la dirección que marca la corriente y tampoco he escrito la típica lista de buenos propósitos para el 2008 -dado que 2007 me enseñó, entre otras cosas, que V no puede tener un plan que no termine por joderse del todo-, así que he decidido que lo mejor que puedo hacer para finalizar el año es haceros reír. Carcomido como estoy por la resaca y con esta gracia tan escasa con la que nací, mejor será que de las risas se encargue uno de los vídeos que más feliz me ha hecho y que más carcajadas ha arrancado de la gente a la que se lo he enseñado. Algunos, incluso, me han propuesto formar una secta de seguidores de su obra. Y acepté, asi que ya me diréis que os parece. Feliz calendario nuevo, meus...
golimar, mar, mar, ...
Recuerdo la primera vez que escuché su nombre, probablemente porque fue la primera mujer elegida primera ministra de la que tengo memoria. En 1988 y, nuevamente, en 1993, Benazir Bhutto consiguió algo que hasta entonces parecía utópico: una mujer al frente de un país musulmán, aún más, una mujer dirigiendo un país creado originalmente como patria espiritual para los musulmanes hindúes. El pasado 27 de diciembre, por la mañana, todos estos años de lucha por la democracia fueron desbaratados a golpe de gatillo.
La historia, como casi siempre, viene de lejos. Su padre, Zulfiqar Ali Bhutto, uno de los artífices de la independencia y fundador del Partido del Pueblo, gobernó el país hacia la modernidad durante los años setenta hasta ser depuesto y ejecutado por uno de tantos golpes militares que ha sufrido Pakistán en las últimas décadas. Demasiado occidental para los islamistas, demasiado demócrata para la cúpula cuartelera. Benazir, la hija mayor, fue encarcelada en régimen de aislamiento durante cinco años, mientras sus hermanos eran torturados y pasados por las armas. Ella se libró del pelotón –que no de la tortura- por su condición de mujer, por que representaba poca amenaza a los ojos de los generales de la dictadura tradicionalista.
Desde el exilio londinense, preparó el terreno para su venganza. En 1986, una década después del golpe de estado contra su padre, Bhutto regresó triunfante a su país, aclamada por una inmensa mayoría, que incluía tanto a los intelectuales de su Karachi natal como a los pastores nómadas del remoto norte. A su regreso, supo aprovechar la debilidad del gobierno militar, desprovisto del apoyo político y económico de EE.UU., que por aquel entonces comenzó a interesarse más en armar a los muyahidines afganos de Osama Bin Laden que luchaban contra la invasión soviética. En 1988, con sólo 35 años y una mayoría de votos aplastante, entró en el Parlamento, bella y desafiante, para ser proclamada la primera mujer musulmana en acceder al cargo de primera ministra.
En sus dos períodos de gobierno tuvo que enfrentarse a todo y a todos para evitar que Pakistán se convirtiese en un peón más de la geopolítica occidental en Oriente, pasando por encima de la élite militar, los dirigentes religiosos y las sucesivas acusaciones de corrupción que salieron a su paso. Sólo con el viejo método de la asonada militar, esta vez personalizada en el actual presidente, Pervez Musharraf, consiguieron apartarla de la lucha por la democracia y el derecho al progreso que había convertido en bandera de su causa.
Tras ocho años de desgobierno patrocinado por Occidente, Bhutto, había vuelto recientemente a su país para participar en las elecciones del próximo 8 de enero. En el intervalo de su ausencia, Pakistán y su enemiga íntima, India, se han convertido en potencias nucleares con capacidad de desencadenar un conflicto a escala mundial. Musharraf, aliado de Occidente en la “guerra contra el terrorismo” que asola el vecino Afganistán, ha recibido carta blanca para desgobernar su terruño mientras siga aportando bases, materiales y traductores a la esteril campaña antitalibán. Mientras, en su patio trasero, el dictadorzuelo aupado a hombros militares se sirve de esos mismos talibanes como brazo armado para frenar cualquier intento de apertura democrática.
Es por ello que, al poco de regresar del exilio londinense, un atentado suicida dirigido contra su persona provocó más de ciento cuarenta muertos. Ella salió ilesa y su imagen consolando a las viudas y los huérfanos recorrió el mundo, atronando las conciencias de aquellos que permiten el terrorismo islámico en su país mientras lo combaten en el país vecino. Fue demasiado. El pasado 27 de enero, un joven militante de Al Qaeda se le acercó al término de un mitin, le disparó al cuello e hizo detonar la carga explosiva que llevaba adherida al cuerpo. Bhutto y veinte inocentes más murieron ante la pasividad del gobierno y los militares.
Tras el atentado, sus partidarios y las fuerzas de seguridad se enfrentan en las calles. Musharraf, culpable o cuanto menos cómplice, ha dado orden de disparar a matar a los manifestantes. La tensión sube mientras se crispa el dedo que pende sobre el botón nuclear. Descansa en paz Benazir Bhutto, mientras con ella muere también la esperanza de que Pakistán deje de morderse a sí mismo. Ha muerto una mujer y, con ella, lo poco que quedaba de la inocencia de todo un país. Réquiem por Pakistán.
Publicado en Carne Cruda, de Magazine Siglo XXI, en su edición de Enero.





Ya no estoy muy seguro de saber quien soy, hay demasiados “yos”. Manan de mí como fantasmas, escabulléndose para cometer actos de los que puedo o no hacerme responsable. No sé por donde empezar. Tan sólo con aflojar un centímetro la delgada tela de araña que nos une, puedo sentir sus voces susurrándome impertinencias al oído. Como un suicida se deja ir hacia el vacío, dejo que mis pasos se pierdan en mi jardín privado de flores del mal.
Al segundo de bajar la guardia, mil puños se alzan de la nada para tomar el timón de esta nave desgobernada. Sus caminos son tortuosos y me guían por paisajes mórbidos. Me empujan irremediablemente hacia precipicios y filos de navaja, me trasportan a absurdos oníricos, intentan convencerme de que todo está en mi contra, golpean mis nudillos contra las paredes y se beben mi peor whisky. Siento su aliento frío en mi cogote, manos heladas que acarician el filo de mi espalda, pisadas en el tejado. Me arrastran a lo que no quiero o no me atrevo a hacer, llevándome cuesta abajo en la mayor de las espirales descendentes, al mismo tiempo que susurran en mi oído las viejas historias que logran salvarme de la locura. La seductora sombra de la autodestrucción junto a la búsqueda interminable de paz. Unos me persiguen, otros huyen de mí. Algunos son tan sólo recuerdos, retazos del pasado que vuelven para atormentarme con viejos reproches que creí haber amputado de mi memoria mucho atrás.
Todos desfilan ante mí, representando su propio papel en este delirio lúcido de sentirme tan extraño de mí mismo, disuelto en mil pedazos de materia que parecen desear con todas sus fuerzas no permanecer unidos. Existen, sin embargo, algunos que me embriagan, sumergiéndome en efímeros paraísos artificiales, poseyendo mi mano para escribir con mi propia sangre relatos imposibles, haciendo volar mi mente en mil direcciones opuestas. A veces, incluso, me han ofrecido refugio para pasar la tormenta. Porque a veces, y sólo a veces, todos mis avatares se unen para mantener en pie la tela de araña que nos mantiene unidos. Unidos por una melancolía sin nombre ni rostro, mis múltiples versiones y yo nos seguimos reuniendo cada amanecer, sosteniéndonos la mirada, intentando el equilibrio imposible de un puzzle con demasiadas piezas que no encajan.
Al final del día, mis otros y yo nos encontramos para que puedan continuar perturbando mi mente con sus juegos privados, envenenando mis sueños y entreteniendo mis desvelos. Encaramados al cabecero de mi cama, dormimos con los ojos abiertos para ver de cerca el abismo. Ahora mismo, acabo de reconciliarme con uno de ellos. Uno entre tantos.
Hay muchos coches de policía y ambulancias detenidos en el arcén de la carretera. Nada más llegar, el comisario Gutiérrez se interpone en su camino. Mira al suelo mientras posa su mano en el hombro del juez. Carraspea. Le habla de un conductor suicida que ha provocado un choque múltiple con varios muertos.
Tarda un minuto en asimilar que su hermano está aplastado bajo la chatarra humeante. Dos minutos apenas en levantar el cadáver de su hermano y el del conductor suicida. De fondo, el comisario intenta consolarle, aunque sabe que le da igual. Según él, no fue más que mala suerte. Se ofrece a llevarle a casa para que duerma un poco. El juez accede, sólo tras hacerse con las llaves él mismo y ponerse al volante.
La M-30
Pasa de largo la salida hacia su casa y toma un cambio de sentido. Un volantazo más y ya está dando tumbos en dirección contraria, conduciendo a toda velocidad hacia los coches que intentan esquivarle. Ahora mismo, mientras el aterrado comisario le apunta con una pistola en la sien, el juez sabe que está haciendo justicia.
Hay mentiras blancas y mentiras negras, dice, y, evidentemente, también existen tantas gamas de grises como excusas acudan a tu lengua para negar lo evidente. Algunas parecen justificables, otras se ofrecen como la única salida; mentiras, en definitiva, que ahorran el dolor con la fría eficacia de una cuchilla. Mira a tu alrededor, prosigue, todos mienten, todos agachan sus cabezas tras una máscara que les ahorre la vergüenza de asumir en lo que se han convertido. La mentira es como las navajas, más eficaz cuanto más corta sea la distancia, así que asume, amigo mío, añadió sarcástico, que nadie te mentirá tanto como tú mismo.
Aparto su voz de mi mente, alejándome de la espesa atmósfera en la que me sumergen sus delirios. Enciendo una antorcha, que alimente al dragón que duerme en mis entrañas, aletargado en mis desvaríos. Afuera es tan tarde que es casi temprano y el frío se cuela por las rendijas de la ventana. Frente al espejo, mi reflejo se esfuerza en darle la razón a mi viejo amigo, ya no queda nada más que hacer que asumir la cruda inercia de esta tragicomedia sórdida en el que vivimos. Fundido a negro. De súpeto, unha faísca fai prender un lume antergo. Una chispa. Ante mis ojos, la cálida perspectiva de la redención. Como en el final de Weeds, me aferraré al ejemplo pirómano de Nancy Botwin.
El consuelo del fénix, la resurrección de lo viejo purificado por las llamas. Los sofisticados argumentos de mi viejo demonio pueden vencer mi nihilismo en horas bajas, pero sucumben ante una buena dosis de fuego, que se lleve este poso amargo y cauterice las heridas a medio cerrar. Hojas escritas, fotos, billetes de autobús, esbozos en servilletas de papel, pequeños recuerdos, lastre que ya no vale más que como alimento de mi pira de salvación. Pira sin duelo ni luto. Una buena hoguera ante la que danzar, mientras el cielo recoge mi ofrenda de humo y mi demonio decide darme por perdido. Cada llama es un lenguetazo de destrucción y, a la vez, un golpe de palpitante esperanza de renacer de la brasa incandescente. Voy a salir a prenderle fuego a la calle, a reducir a cenizas nuestra cotidiana miseria colectiva. Cenizas y humo siempre es mejor que mentiras y culpa, dice mi viejo amigo, mientras me guiña un ojo y me pasa disimuladamente una caja de cerillas.
Cuando me despierto, aún sostenido por el bolígrafo, hay una hoja pintarrajeada por las dos caras bajo mi mano. El sol ya ha salido y, tras la noche, mi mente parece aclarar su oblicua perspectiva. Voy a bajar a desayunar algo. Hay un brillo diferente sobre mis ojeras y una quemadura reciente en mi mano izquierda. Adentro me siento ligero, mientras el dragón se despereza en mi interior, exigiéndome algo de acción. Liberado por el fuego, mi pasado ya no se divisa en el espejo retrovisor. Voy a bajar a celebrar que lo he reducido todo a cenizas y mi conciencia pesa tan poco que siento que puedo volar. Y si no, es que aún sigo delirando. Nadie notará la diferencia.voy a rasparme a ver si prendo
y recorrer de punta a punta la ciudad
quemando nuestros malos sueños"

El desierto, las serpientes, los jaguares, cada miserable brizna de hierba forma parte de una unidad que sólo él conoce y sólo él puede entender. Todo a su alrededor habla por su lengua, ungida por los dioses que habitan el cactus de la locura. Por eso todos le escuchan y nadie le hace preguntas. Porque todos, cuando él les mira, saben que él es el nahual.





