
Exhiben sus ocho millones de votantes como un fetiche, pero se olvidan de decir que han perdido dos millones de votos respecto a las últimas elecciones, las generales de 2008. Peor pinta esta situación para el PSOE, que ha perdido importantes bastiones y más de cinco millones de votantes desde esas mismas elecciones. Parece que muchos ya se dieron cuenta de que, desde 1982, no son ni socialdemócratas ni obreros. En cualquier caso, las dos caras del bipartidismo tienen muy poco que celebrar. Pese a que muchos aseguran que estos resultados deslegitiman las protestas del movimiento 15-M, lo cierto es que el auténtico dato crucial de estos comicios es el de aquellos que no han votado a ninguno de los dos partidos. El voto en blanco ha alcanzado su máximo histórico, atrayendo a medio millón de personas, a las que se sumarían los más de cuatrocientos mil que optaron por los votos nulos. Sumadas, ambas opciones serían la cuarta fuerza política, la del desencanto, que ha crecido exponencialmente, empujadas por la indignación generalizada.
Pero, una vez más, nos olvidamos de un factor realmente importante, el de la abstención. Los convocados a las urnas que han decidido no hacerlo suponen una vez más la opción mayoritaria en las elecciones. El supuesto ganador de los comicios puede reclamar para sí el apoyo del 24% de los más de treinta y cinco millones de personas convocadas a votar, mientras que la abstención supone un 33%. En román paladino, uno de cada tres decidieron no votar. Y probablemente, tienen razón. Los que sí hemos votado tenemos que preguntarnos si sigue mereciendo la pena jugar cada cuatro años a este juego llamado democracia, aunque no lo sea. Lo cierto es que las huestes de Génova se desgañitaron el domingo festejando una mayoría que, vista de cerca, palidece. La auténtica mayoría decidió expresarse con un silencio más que revelador. ¿Qué dirá ese tercio de nosotros el día que levante la voz?
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